¿Qué está pasando en la Argentina? ¿Cuántas Argentinas se mueven en paralelo? ¿Cuál es la Argentina que define la elección de 2027? La semana que concluyó con la muerte y despedida final del Indio Solari contiene episodios clave que sintetizan esas tres preguntas en una: ¿quién tiene hoy el poder de representar? Es decir, de captar la sensibilidad de una sociedad fragmentada y escurridiza, subterránea pero quizás mayoritaria, ruidosa digitalmente pero tal vez menos voluminosa, y dividida en dos, o más, por los efectos colaterales de la corrección macroeconómica, con unas partes castigadas y otras, más o menos beneficiadas.
Esa movilización “solarista” acorrala contra las cuerdas sobre todo al kirchnerismo, y al peronismo en general, pero también al mileísmo.
Además de la “misa ricotera”, hay otros tres hechos clave de la última semana que disparan la cuestión central de si hay alguien capaz de representar. En ese caso, interpelan a Patricia Bullrich y Mauricio Macri y a Juan Grabois y el conglomerado progresista extremo.
¿Milei ya no la ve?
La pregunta sobre la representación es una pregunta política central que deja en el aire la “misa ricotera” en homenaje a Solari. Para el proyecto de Javier Milei, es un interrogante clave. La continuidad de la reorientación de la Argentina hacia una matriz económico-productiva y social sostenible tiene como requisito el apoyo de buena parte de la sociedad. ¿La pervivencia de sectores populares abigarrados y con una experiencia común de marginalidad, como la que se vio el fin de semana, representan un riesgo para esa sostenibilidad?
Sin apoyo popular, el reformismo mileísta enfrenta peligros parecidos al del reformismo menemista: una oleada transformadora que no alcanza la popularidad de sus resultados y se revierte ante la primera alternancia política. Tuvieron que pasar casi veinticinco años para que el balance histórico echara luz sobre la potencia constructiva del reformismo menemista.
Una modernización de la Argentina sin precedentes, en parte, con efectos colaterales negativos. El paso siguiente no era volver atrás, sino una elevación más virtuosa que corrigiera los déficits de ese proceso. El kirchnerismo inaugural de Néstor Kirchner optó por la reversión casi completa del mejor legado de esos años.
Por eso la aparición el fin de semana de ese río de gente demandando deudas históricas es una señal de alarma. No están en sintonía con el oficialismo libertario. Surge una pregunta necesaria: ¿Milei y el mileísmo siguen captando y representando como en 2023 algo de la insatisfacción de los sectores que apostaron a un sueño de movilidad social acotado, pero algo más posible, con la libertad módica de las aplicaciones y la bicicleta a cuesta?
La hazaña 2023 de Milei fue su transversalidad social: logró quedarse con parte del voto históricamente peronista del conurbano bonaerense. Macri y Pro no habían logrado conquistar esa cumbre: no pudieron convertirse en una derecha popular. Milei lo hizo. ¿Lo sigue haciendo? Esa es la cuestión.
¿Kirchnerismo ciego y sordo?
Este fin de semana, la “misa ricotera” fue un caudal masivo y de carácter federal de argentinos de varias generaciones, todos con alguna idea común que Solari representó como ninguno, con voluntad de ocupar la calle. Unas patas en la fuente de nuevo cuño que trajeron a la superficie una visión de la Argentina que venía perdiendo lugar en el espacio público: están ahí, pero no se los estaba viendo. Por Solari, volvieron a primer plano. Un millón de personas movilizadas espontáneamente hasta Villa Domínico, Avellaneda, el corazón del conurbano bonaerense: es el sueño del pibe de cualquier político que busca representar.
Contrasta con la impotencia de sindicalistas influyentes, de organizaciones piqueteras adelgazadas por el ozempic Pettovello, del kicillofismo y del kirchnerismo de Cristina y Máximo Kirchner: no hay convocatoria de la institucionalidad peronista en general, por más aparateada que esté, que logre esa escala de movilización. Hay conciencia de eso entre la dirigencia kirchnerista y sindical: tanto que la CGT ni siquiera se atreve a convocar a paros y movilizaciones. Aún con la caída del salario real y con paritarias pisadas para que no superen, la dirigencia pero-kirchnerista no consigue representar esas insatisfacciones. Desde 2021, las urnas nacionales confirman lo que la calle le escatima: al kirchnerismo, la capacidad de representar se les volvió casi un imposible.
Los fans de Solari y la experiencia que transmitían ante los micrófonos en la calle dejaron algo en claro: esa sensibilidad en busca de una esperanza no desapareció transformada y reorientada por el vendaval mileísta. Apenas se llamó a silencio. El fin de semana quedó claro que es un río subterráneo que la política no expresa ni encauza.
Para el kirchnerismo, la pregunta es: ¿cómo es que perdió la capacidad de representación de las demandas y las esperanzas de sectores marginados que están vivitos y coleando? La pregunta se vuelve acuciante por un dato: en cierta parte de la posición vital de los fans de Solari que ocuparon las calles, surge una línea de puntos que conecta esa sensibilidad musical con una memoria y una ilusión peronistas, o kirchneristas. Adolescentes y jóvenes sin pasado peronista, pero con esperanzas futuras de tono peronista, o cristinista o nestorista.
Esa multitud espontánea acorrala implícitamente al kirchnerismo contra el muro de la impotencia. Esos sectores están ahí, en las sombras, y sin embargo, nadie los representa. ¿Cómo es que la dirigencia pero-kirchnerista perdió su capacidad de representación de las demandas y las esperanzas de sectores marginados que están latentes, aunque no se expresen masivamente todos los días?
Bullrich y Macri, la representación de la moral
A la contundencia de la “misa ricotera” como hecho político, se suman dos hechos, más prosaicos, de la política nacional que también alimentan esa cadena de preguntas sin respuestas sobre la política y su poder de representación. Por un lado, los movimientos estratégicos de Patricia Bullrich y de Mauricio Macri. Aunque distanciados políticamente, los dos juegan en la misma cancha para alcanzar el mismo premio: ver quién hegemoniza la representación de un sector de votantes a los que les importa la institucionalidad y la república.
Los dos dirigentes captan el mismo vacío de representación: un electorado que alguna vez les perteneció y que el mileísmo deja bastante solo: el votante republicano que se indigna con la corrupción libertaria. Al mileísmo le nació una imposibilidad: la de seguir representando la promesa de cambio y purga de la casta. Adorni, $Libra, Andis, entre otras sospechas de opacidad, y la protección política oficialista le abren una ventana de oportunidad a Bullrich y Macri.
Para Bullrich, las chances de representar son más claras. Desde su derrota en la elección presidencial de 2023, Bullrich no se alejó del poder sino que apostó a la construcción de su propio coto de poder. Primero, como ministra férrea de Seguridad: ahí recuperó la voz política que perdió como presidenta. En eso se parece a Luis “Toto” Caputo: lo que no les dio Macri, un espacio para expandir su personalidad política, se los dio Milei. Bullrich no sólo tiene una visión de país organizada en torno a un mix del mileísmo en lo económico y del republicanismo macrista en lo político. También sigue teniendo vocación de poder, es decir, de contar con votantes propios, cuidarlos y hacerlos crecer. La mayor diferenciación respecto de Milei pasa por apropiarse por “la moral como política de Estado” que Milei está dejando vacante. El caso de la jueza vetada por Milei por su parentesco con el periodista Hugo Alconada Mon es el último episodio de las oportunidades que ve Bullrich y no duda en tomar.
Con la misma cuerda, vibra Macri en su regreso a la política nacional. “La sociedad puede perdonar errores, pero el quiebre moral no lo perdona nunca”: fue el cierre de su discurso en Santa Fe, el viernes. Estuvo ahí como parte de su gira nacional “El próximo paso”. Para Macri, el problema de la representación es mucho mayor que el de Bullrich. Con el desembarco de Milei en el poder, soñó con una suerte de cogobierno donde Pro aportara hombres y mujeres con capacidad de gestión en áreas clave. Esa visión nunca se concretó. Macri eligió despojarse de la ambición de poder político e identificar su proyecto de país con el mapa del proyecto mileísta.
Pro optó por llevar a la política una suerte de desprendimiento cristiano: “es hora de acompañar”, es el lema para explicar su alineamiento acrítico con las leyes oficialistas y sus silencios ante temas críticos del mileísmo. La semana pasada, Guillermo Dietrich, llevó al extremo esa vocación de servicio político”: “Si finalmente para que a la Argentina le vaya bien, el Pro tiene que desaparecer, es preferible a que la Argentina le vaya mal y el Pro exista”. Ahora Macri vuelve a la disputa por el poder, aunque sea para conservar capacidad de obstaculizar, dividir y negociar en 2027. La bandera es moral-republicana: a ese votante intenta representar.
Por otro lado, el último hecho político que despierta preguntas sobre la capacidad de representar surge de una de las fotos de la semana: la de Juan Grabois, sonriente y con mano extendida para el saludo amable, entrando a la casona del techno magnate Peter Thiel en el corazón de Barrio Parque. Fue el miércoles 3 y el encuentro duró más de tres horas.
A menos de quince días de la publicación de la encíclica papal “Magnifica Humanitas”, que alerta sobre la IA y sus consecuencias sobre la sociedad, Grabois, un aliado argentina del Vaticano, se encontró con el tecno bro dueño de Palantir, la empresa de IA dedicada a la defensa y la vigilancia global, nada menos. Ese encuentro conduce la pregunta sobre la representación hacia otro lado: ¿cómo representar en una Argentina que acumula deudas del siglo XX y que se cruza con una guerra de la globalidad del siglo XXI acelerado, y de un futuro impredecible? Grabois lo sintetizó hace algunas semanas: “Para representar correctamente, uno tiene que tener claro el rumbo. Estamos como turco en la neblina”.