¿Hasta qué punto tiene sentido regular la IA como reclama Ricardo Darín y la Asociación Argentina de Actores?

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Un fantasma recorre el mundo: el fantasma de la inteligencia artificial. Todas las potencias del antiguo mundo se han unido en una alianza temerosa para regular a ese fantasma: sindicatos, asociaciones profesionales, conservadores y abogados. Pero se sabe: la historia de toda sociedad hasta hoy día no es otra cosa que la historia de los ajustes a las innovaciones tecnológicas.

Esta semana, un poco de manera anacrónica pero no necesariamente inoportuna, un video de la Asociación Argentina de Actores llama la atención sobre la necesidad de regulación de la IA. Ahí están Ricardo Darín, Gustavo Garzón, Marina Belatti y Diego Gentile -gente con mucho mérito y mucha trayectoria- explicando por qué habría que regularla. Lo que despertó en el público reacciones de todo tipo, aunque en general fueron contrarias a la palabra “regular”. Desglosemos el problema.

En la medida en que aumenta la capacidad de cálculo de las computadoras y programas, la IA es cada vez más capaz de crear una réplica de cualquier persona, de sus gestos y de su voz. Cualquiera que vea reels y gags en una red social lo sabe. El problema es que la voz y la imagen son propiedad privadísima de una persona, y no se pueden utilizar a la ligera. Pero eso, el derecho al uso de la imagen, siempre estuvo regulado, desde tiempos analógicos. Salvo que se tomen imágenes de lugares públicos y quienes aparezcan sean mayores de edad (los menores sí requieren, para el uso de su imagen, una autorización firmada por padres o tutores legales bien explícita), nada se usa de modo aleatorio. Pero cuando la IA no existía, la aparición de una estrella de cine o televisión implicaba que efectivamente de manera voluntaria, y de acuerdo a una compensación pactada previamente (o un favor gratuito y explícito) la estrella estuvo ahí e hizo lo que se vio que hizo.

Hoy es posible crear un video con voz e imagen de cualquier persona, sobre todo de famosos porque hay mucho más material online sobre ellos para que la IA se entrene. Pero en realidad no es necesario “regular” en ese sentido, porque hay suficientes herramientas legales como para accionar contra quienes hacen una utilización no autorizada de tales imágenes.

Desde que la pornografía comenzó a utilizar hace más de un lustro los “deep fakes” (escenas manipuladas en las que se sustituía la imagen de una persona desconocida por el rostro de una celebridad), existe una regulación de hecho. Lo mismo respecto de publicaciones no autorizadas de cualquier índole: en la Argentina, existe el fallo “W.N.C. C/Yahoo de Argentina S.R.L. y otros S/Daños y perjuicios” de abril de 2023 (aunque la demanda se inició en 2012, tiempos de nuestra Justicia) que obligó al buscador a pagar daños y perjuicios a una mujer por difundir imágenes íntimas hackeadas de su celular. Es decir: la circulación de imágenes propias no autorizadas tiene cómo resolverse.

Pero la IA no es lo mismo: se trata de imágenes creadas, de algo que los participantes no “hacen”. Y lo que se pone en cuestión es cuándo el grado de “creación” vulnera los derechos de un tercero. Pero esto también tiene cura: en 2023, el espectáculo estadounidense (y por sus relaciones comerciales, el de gran parte del mundo) sufrió la doble huelga de actores y guionistas que causaron estragos en el audiovisual cuando aún no se había resuelto la debacle de la pandemia. Uno de los grandes temas en disputa entre los trabajadores y los estudios fue, justamente, el uso de la IA.

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Ahí el problema es este: Robert Downey Jr. interpreta a Tony Stark en las películas de Marvel. Supongamos que fallece en pleno rodaje de una secuela. El Estudio puede sustituirlo con imágenes hechas por IA. De hecho, podría hacer varias películas con el personaje y el mismo actor (algo que para el actual desarrollo del cine de franquicias sería un negoción). Algo de eso narra la película El Congreso, del israelí Ari Folman, en la que Robin Wright “vende” su imagen para el cine futuro.

Lo que entró en discusión no fue la prohibición de hacerlo sino cuánto y cómo se paga, quién es el dueño de la imagen (¿el estudio que tiene al personaje y comercializó la imagen o el actor que le dio apariencia?) y quién establece los límites de uso y compensación. Y de hecho se llegó a un acuerdo que, de todos modos, se revisa casi constantemente. También se estableció cuál es el límite para reconocimiento de autoría (en el caso de los guionistas) cuando se usa IA.

En las últimas semanas se habló de As deep as the Grave (Tan profundo como la tumba, dado el caso un nombre un poco inadecuado), una película escrita para un Val Kilmer que no pudo rodar ni una escena. Pero el realizador Coerte Voorhees, con acuerdo de los familiares del actor fallecido, lo reconstruyó para el film con IA.

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Esto abre una gran cantidad de cuestiones (si es una buena interpretación, ¿se la puede premiar? ¿Cómo se categoriza?) pero no la económica: hay un contrato con límites claros. E incluso hay quien encontró otras herramientas: el actor Matthew McConeaughey y la cantante Taylor Swift registraron como marcas y propiedad intelectual sus respectivas imágenes, cierto diseños y modismos, etcétera. ¿Una IA imita a Taylor? Hay que pagar.

Ahora bien, el punto es ¿qué implica “regular la inteligencia artificial”, algo que es casi por definición “irregulable”? ¿Prohibir, establecer un impuesto, qué? En realidad el problema es que se haga con IA algo que no le guste al dueño de la imagen. Y eso establece un riesgo cierto: coartar la creatividad y la libertad de expresión. ¿Por qué, pagando el fee que corresponde, no podría yo hacer que Tony Stark sea Ricardo Darín? ¿Debería el actor autorizar todos y cada uno de los usos de su imagen cuando se trata de IA generativa si recibe una compensación adecuada? Por supuesto que sí: el actor puede comercializar su imagen y debe autorizar el uso. Pero aparece el problema: si pagué el “paquete Darín”, ¿por qué no podría utilizarlo como mejor considere? Este es un punto gris, pero no el único.

En ese video se dice, también, que el espectador “tiene derecho de saber” que el actor hizo lo que se ve que hizo. Raro en un medio que suele utilizar dobles de riesgo (ese es quizás el argumento más flojo del video de los actores). Por lo demás, al menos por ahora, el público sabe diferenciar qué es y qué no es IA. Sería subestimarlo demasiado pensar que se cree cualquier cosa.

Si el uso de la IA parte de un acuerdo lógico entre privados, no es necesaria una regulación. Si se hace uso no autorizado, hay herramientas legales para conseguir una compensación lógica, y esa es una discusión distinta a la de una “regulación”, que en todo caso serviría para prohibir: una regulación previa atenta contra la creatividad. E incluir un impuesto a su uso, retrasa cualquier innovación, especialmente en un medio en crisis que está afrontando cambios sustanciales en producción y financiación de proyectos.

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