Llamar “perdedor” a alguien, al parecer, es algo horrible y, si usted recibe ese adjetivo, dese por insultado.
Donald Trump, por caso, llevó este supuesto insulto a sus redes sociales oficiales y definió como “perdedor” al celebérrimo cantante Bruce Springsteen, a quien también llamó “ciruela pasa seca”, entre otras cosas nada finas ni amistosas. Todo porque el artista lo había criticado.
En la Divina Comedia se señalaba que en la puerta del infierno hay un cartel que dice: “Abandonad toda esperanza los que aquí entráis”. Perder pareciera ser eso: entrar dentro de ese infierno sin esperanza destinado a los “no ganadores”, de allí que se use el término como insulto.
No se trata de perder, sino de “ser” un perdedor, una identidad infernal por sus implicancias. Por eso no es el afán de ganar lo que impulsa a muchos, sino el miedo a ser definidos como perdedores y así ganarse un lugar en el averno, muy lejos del Amor Divino.
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Lo dijo con cruda sinceridad Marcelo Bielsa, cuando señaló que su verdadero motor no es el deseo de victoria, sino el miedo a la derrota. La victoria, en todo caso, es una manera de postergar el arribo del infierno tan temido.
Sabemos que no todo en la vida se define en clave de competencia, con ganadores y perdedores, y que los que pierden no ven desaparecer por ello su dignidad, ni merecen por esa causa ser tratados ni despectiva ni condescendientemente. Pero igual así se usa el término como insulto.

Lo que señalamos no sería más que un comentario moralizante entre tantos que andan dando vueltas, si no fuera por el enorme daño sobre la sociedad que esta perspectiva genera, a nivel cultural, educativo, psicológico y hasta político, sobre todo, con efectos muy negativos en los niños.
Mientras los medios describen los despropósitos discursivos de los políticos que manifiestan, a modo de barrabravas, que perder en algo abre el camino a cualquier vejación, a los padres y educadores se les complica, frente a ese tipo de ejemplos, llevar adelante una educación adecuada para formar a chicos que deberán vivir en sociedad, respetar reglas y conocer (y conducir) sus emociones.
Cuando los ejércitos triunfantes entraban a las ciudades conquistadas, solían (suelen) saquear, violar, destruir al derrotado. Esa conducta no era producto de la alegría de la victoria, sino del afán de revancha frente a tanto miedo a perder que tuvieron en la batalla previa. Esta imagen trasciende la historia y nos sumerge en escenarios cotidianos, como el bullying, por ejemplo, al que es útil abordar viéndolo como fruto de este paradigma imperante.
Frente a todo lo antedicho, no es extraño que haya muchos chicos que sufren anímicamente, sobre todo en países con gran presión social para que se impongan en la “carrera de la vida”. En esos países los índices de salud mental son muy bajos, bajísimos, aun cuando su economía puede ser floreciente. Los que “triunfan” se sienten vacíos, y los que “pierden”, se sienten en el infierno.
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Volviendo a Bielsa, qué lindo sería incorporar a su ecuación el disfrute de jugar a la pelota. Es interesante el deporte y la competencia, el apasionamiento de ganar o perder partidos, campeonatos, mundiales, pero nada existiría si no hubiera una disfrutable relación con la pelota que rebota y vincula. De eso saben los chiquitos que en las plazas patean para cualquier lado y se maravillan con los rebotes por los rebotes mismos.
No es romantizar la infancia, sino entender cuál es la fuente. Sin esa fuente, el miedo hace lo suyo y se pierde el sentido de todo. Y el sentido original de todo no es procurar una victoria sobre otros y ser superiores, sino conectar con una noción de maravilla, de despliegue de potenciales que van despertando, de vocación que se abre camino y ocupa su lugar, no sobre otros, sino por propio volumen.
De hecho, Bruce Springsteen canta muy lindo, al menos, de acuerdo al criterio que acá tenemos. Canta ronco, fuerte, poderoso y muchas cosas más. Se lo ve disfrutar en sus recitales, no porque le gana a alguien, sino porque ama lo que hace. No se le ocurrió ganar elecciones presidenciales, tener muchos dólares para ostentarlos o jactarse de los discos vendidos en comparación con otros. Disfrutará una vida de señor rico y famoso, pero, sin esa vibración que solo da el amor por lo que se hace, nada hubiera existido. Como esos chicos que patean la pelota por patearla nomás, la música que el hombre irradia puede gustar más o menos, pero no hay dudas de que él la pasa bien y, con sus 76 años, arrugado como una “ciruela pasa seca”, ahí anda, cantando y cobrando regalías por eso.
Se ganó el pan de esa manera porque su música gustó. Si así no hubiera sido, hubiera hecho otra cosa y disfrutado tocando su guitarra en su casa, o en una plaza y, tal vez, hubiera trabajado en una oficina. No es un ganador, ni es un perdedor: juega otro juego. Ese que mejor no olvidar, para no vaciarnos de nosotros mismos corriendo tras una victoria que nos proteja falsamente del infierno.

