La pasión exorbitante por los libros tiene una larga historia. La premisa de Antonio Castronuovo (Italia, 1954) en Diccionario del bibliómano es que la tipología de ese interés suele restringirse a unos pocos ejemplos obvios: la bibliofilia (el amor iluminado por los libros), la bibliomanía (su exceso), la bibliolatría (su insania) y la bibliofagia (su psicosis). Los tres últimos casos son una extensión más “patológica “ del primero. Patológica por su aparente absurdo. Porque, ¿qué sentido tiene guardar en los anaqueles libros que se tocarán una vez cada quince años ? ¿O que los herederos dispersarán apenas se pase a mejor vida ?
El autor explora más morbos relacionados con los libros y amplía notablemente el espectro. El suyo es un diccionario, pero tiene la densidad y estilo personal de un ensayo. Se acumulan ejemplos, pero siempre con destreza de narrador. Divido por entradas alfabéticas evidentes (de “bibliofobia” a “cleptomanía” ) o deliberadamente arbitrarias (de “infancia devastadora” a “ quien lame, muere”), el volumen es una cornucopia sobre la locura por los libros: los que deciden llevarse ejemplares literalmente a la tumba, los que coleccionan manuscritos, pero también ARC (es decir, las tiradas de adelanto o como simple prueba), los que se dedican a libros monstruosos (Mein Kampf, Los protocolos de los sabios de Sión), los que establecen con ellos una relación “libridinosa”. Son centenares de apartados que conviene leer en desorden, con el aura de esos libros enciclopédicos aliados a los de Marcel Schwob o –que figura aquí– Alberto Manguel.
Diccionario del bibliómano
Por Antonio Castronuovo
Edhasa. Trad.: Diego Bigongiari
420 páginas, $ 30.000