“Juan José estaría conforme con el lugar elegido para la donación”, dijo esta mañana el escritor y abogado Marcelo Gioffré luego de la firma del contrato de donación de la biblioteca del filósofo y sociólogo Juan José Sebreli a la Universidad de San Andrés (Udesa), en el Campus Victoria. Del acto participaron Gioffré, en su carácter de albacea, y Juan Carlos Balduzzi, como heredero, y por la institución, el rector Lucas S. Grosman y Ernesto Mario San Gil, director de Estrategia y Desarrollo. LA NACION fue el único medio presente en el acto.
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Sebreli murió en noviembre de 2024, a los 93 años. Las dos condiciones que estableció en su testamento fueron que la biblioteca se mantuviera unida y que pudiera ser consultada libremente por el público; según el contrato de donación, solo podrán separarse libros que estén en malas condiciones o que pudieran afectar a otros libros. Gioffré recordó que un Sebreli horrorizado le había contado que en la Biblioteca Nacional se había separado la biblioteca de su amigo, el historiador Rodolfo Puiggrós.
Los siete mil volúmenes de la biblioteca del escritor, que aún se hallan en el departamento de Barrio Norte, serán trasladados en cajas a Victoria, al sector Colecciones Especiales y Archivos (CEyA) de la Biblioteca Max von Buch de la universidad, que dirige Andrea Saladino. El edificio de la biblioteca, que alberga 75.000 títulos en un ambiente luminoso, fue diseñado por el arquitecto uruguayo Rafael Viñoly.
El sector CEyA, en el que trabajan Manuel San Román y Amanda Padín Amato, tiene la misión de preservar documentos vinculados con la historia de las comunidades británica e irlandesa en la Argentina y archivos de escritores, investigadores e intelectuales como Cecilia Grierson, Gregorio de Laferrère, Jaime Rest y Virginia Erhart, y Andrew Graham-Yooll, entre otros. Es de ingreso libre, previa cita acordada por mail a [email protected].
Muchos de los libros de Sebreli están anotados y subrayados por él. En vida, el autor de Buenos Aires, vida cotidiana y alienación pensó en donarlos a la Biblioteca Nacional Mariano Moreno y al Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas (CeDInCI), pero cambió de idea, ya sea por la desconfianza en la gestión estatal como por el desfinanciamiento de instituciones como el CeDInCI. Balduzzi, que temía que la donación a la Udesa pudiera interpretarse como una “privatización”, se mostró satisfecho con el lugar elegido.
Se estima que la biblioteca de Sebreli estará abierta al público en 2026; sus libros se podrán consultar en sala, sin ser retirados. Mientras tanto, en diciembre, los lectores del desafiante intelectual podrán reservar un ejemplar de su libro póstumo, Revoluciones, temblores de una historia inconclusa.
“Es un verdadero honor para la Universidad de San Andrés que hayan confiado en nosotros para donar una colección tan importante que seguramente va a ser de enorme utilidad para estudiantes, académicos y público en general. Estamos encantados de alojarla y de servir de plataforma para difundirla”, dijo Grosman. La directora de la biblioteca agradeció a los donantes. “Sin duda, va a estar procesada, cuidada y protegida, siguiendo los estándares internacionales correspondientes para este tipo de material que es único e irrepetible y que, por las temáticas que abarca, va a ser muy consultada”, consideró Saladino.
“A él le hubiera gustado que sus libros y el archivo estuvieran en Princeton, pero sabía que eso iba a dificultar el acceso de los investigadores”, confió Gioffré que, a partir de mediados de septiembre, dará el curso “Sebreli, un escritor libre desde la mirada de un amigo”.
Debido a que Gioffré encara actualmente la escritura de una biografía de Sebreli, cuya fecha estimada de publicación es 2027, el archivo con cartas, fotos, diarios y otros documentos recién se entregará ese año. En ese momento, se podrá evaluar una digitalización a futuro, para la que ya conviene ir buscando auspiciantes.
“Es una cuadra de libros”, graficó San Román sobre la magnitud de la biblioteca de Sebreli, que será distribuida en decenas de estantes para que investigadores, estudiantes y lectores indaguen en las páginas que leyó, anotó y consultó “el mayor intelectual público que dio este país en la segunda mitad del siglo XX”, según dijo el profesor Julio Montero, director de Gestión Académica de la Udesa.
A diferencia de Beatriz Sarlo, con quien compartía cierto temperamento, Sebreli se dejó asesorar y redactó un testamento muy claro; la sucesión concluyó rápidamente, sin giros de telenovela. Tras la venta del departamento, el dinero será repartido entre nueve herederos (tres de ellos fueron sus cuidadores; los otros seis son Gioffré, Balduzzi, el diputado Fernando Iglesias, el ensayista Álvaro Zicarelli y los cineastas Pablo Racioppi y Carolina Azzi, directores de El Olimpo vacío). Los derechos de autor quedaron a cargo de Gioffré y Balduzzi, y el retrato que le había hecho Guillermo Roux será donado al Museo Nacional de Bellas Artes en un acto que, pese a los cortocircuitos ideológicos, unirá al albacea de la obra sebreliana con el secretario de Cultura Leonardo Cifelli.