Acostumbrada a poner la lente en aquellos detalles que pasan inadvertidos aun para su interlocutor y de buscar y obtener respuestas alejadas de los lugares comunes, ahora es ella quien se expone como entrevistada, un rol en el que también brilla. Leila Guerriero escribe como alguien que entra en una habitación en penumbras. Escucha, duda, se queda, mira, no impone, registra. Y de esa paciencia nace un estilo riguroso que sabe iluminar zonas poco visibles. Vamos a conversar con una de las grandes narradoras del periodismo en lengua española, una eximia retratista de historias y personajes inmortalizados en libros como Los suicidas del fin del mundo, Frutos extraños, Una historia sencilla, Opus Gelber, Teoría de la gravedad y La llamada, entre otros.
¿Cuándo comenzaste a sentirte reflejada, identificada, con algo que habías escrito?
-Yo creo que eso pasó de una manera muy omnipotente, muy temprano. Pero la voz es algo que cambia mucho con el tiempo. Siento respeto por esa persona que era yo y que soy yo. Supongo que con el primer libro pasó algo, con Los suicidas del fin del mundo, que publiqué en 2004, 2005. Ahí hubo algo de haber encontrado una fortuna, una fortaleza, una voz bastante propia. Creo que una vive esperando un destello, como sorpresas en la propia escritura. El camino entre una voz más consolidada y una nueva voz es bastante tortuoso.
¿Qué es para vos la creatividad, es un oficio, una forma de estar en el mundo, una identidad?
-Creo que son palabras muy adecuadas. Es un oficio. No es una profesión en el sentido de que no se estudia. Es una manera de estar en el mundo, es una manera de mirar. A mí me pasa que llevo muy mal los periodos en los que no logro escribir, por lo general porque no tengo el tiempo de sentarme a escribir o porque estoy viajando, porque estoy en un tren, o en un avión o lo que sea. Y el día en que escribo se completa, me llena mucho más que con cualquier otra actividad. Para mí el día que puedo escribir un párrafo, una columnita de 360 palabras, es un gran día.
¿Y qué te hace decir “acá hay una historia”?
-Es algo que tiene que ver con la intuición, no sé. A mí me gusta trabajar como por encargo, digamos, en términos de que un editor me proponga un tema y aceptarlo si me parece, pero en general la escritura de larga distancia, el proyecto largo, el libro, requiere de una curiosidad enorme, muy propia, también de una paciencia muy grande. De pronto despierta una curiosidad tuya muy antigua, que no habías podido cumplir o que no habías podido satisfacer, quizás adormecida, latente. Mi curiosidad es muy diversa, desde los suicidas hasta Truman Capote, pasando por asesinos, artistas, escritores. Es algo enorme. Supongo que estoy muy interesada en la naturaleza humana. Pero eso es tan general como decir que me interesa la galaxia. Cuantas más entrevistas hacés y más conocés gente, más entendés lo intrincada que es esa naturaleza y cómo conviven la maravilla y la miseria, a veces en una misma persona.
-La llamada, publicado el año pasado, es un libro que se convirtió rápidamente en un éxito, en el que hacés un retrato de Silvia Labayru, exdetenida en la última dictadura. Y ahí hablás de algo muy interesante que es de qué manera acercarse, pero también cómo estar distante del entrevistado.
-Eso se logra con los años de práctica, supongo. Me acuerdo de que cuando me tocaba entrevistar a una actriz, actor o director que me encantaban, era mucho más melosa, como admirativa, y no está mal. Pero creo que hay que mirar de cerca y escribir de lejos. Hay que evitar que el entrevistado te encadene a su show. Hay que perder la candidez y mantenerte atado al mástil como Ulises en el canto de las sirenas. Si vos hablás con una persona durante mucho tiempo no hay ninguna posibilidad de que una máscara se sostenga, y te colocás como periodista en un lugar bastante menos simpático de lo que podías estar al principio, cuando todo era un poco más amable. Ahí empezás a confrontar, a hacer preguntas más incómodas, y eso logra una distancia.
¿Qué te pasó con la historia de Silvia Labayru, que fue secuestrada, violada, había sido montonera, se exilió y hoy piensa que se equivocó en un montón de cosas y que los montoneros también estaban equivocados? – Silvia Labayru es una voz incómoda. Yo lo que intenté evitar en el libro es caer como en los lugares comunes de lo que se supone que se debe decir acerca de determinadas cosas. Silvia Labayru piensa determinadas cosas acerca de la organización a la que perteneció y no todas las personas que aparecen en el libro, incluso personas muy cercanas a ella, están de acuerdo con lo que dice. Las reflexiones que hay en el libro no son sobre lo que pasó en los años 70, sino acerca de mi oficio, de cómo una se acerca a una persona, de cómo sos capaz, siendo periodista, de preguntarle a alguien notablemente fuerte como Silvia cosas muy tremendas como la tortura. Entonces, tuve todo el tiempo muy en claro la idea de que el libro iba a ser un perfil de Silvia Labayru, cómo una persona atraviesa todas esas peripecias y cómo llega hasta acá, con fortaleza, con lucidez y con contradicciones. Es una mujer que estuvo secuestrada en la ESMA, desde el 76 hasta el 78, que la liberaron en pleno Mundial, por razones múltiples y arbitrarias, lo cual garantiza un terror casi eterno. O sea, la pregunta “¿por qué me dejaron vivir?”, llenó de culpa y dolor a muchísima gente, no solo a ella. Es una persona que se despertó cada día pensando que ese era el día en que podían pegarle un tiro o que podían trasladarla en un vuelo de la muerte.
-¿Cómo se relaciona el hecho de crear y creer? ¿Tenés que creer en algo para crear o a medida que creás empezás a confiar en lo que estás haciendo?
-Yo creo que hay una creencia fuerte en la potencia del material con el que se trabaja. En mi caso, la escritura. Pero creo también que la fortaleza de eso se va creando a medida que lo vas haciendo. Yo no tengo tan claro hacia dónde voy cuando empiezo a escribir, a veces me sorprendo, es como cavar, ¿sabés? Por ahí encontrás más cosas de las que esperabas. A veces tenés que ir cavando en una dirección distinta para encontrar lo que no esperabas encontrar. A mí me parece que la escritura sabe más que una misma. La escritura es un animal bastante complicado, te exige mucho, es muy demandante, y también es un animal bastante ciclotímico en términos de que a veces aparece con una euforia y unas ganas de que lo mimes y te da, te da, te da y al otro día se esconde en un rincón, se va al fondo de su cueva y te mira desde allá mostrando los colmillos. Es un animal amado que a veces se comporta de manera muy hostil. Pero siempre es una pasión.
-Leí que opinás que muchos colegas, muchos periodistas, acomodan un poco lo que está pasando según sus creencias, sus prejuicios.
-Bueno, me voy a incluir. Digo que muchos salimos más a ratificar un prejuicio o una teoría, y eso está pasando mucho hoy, más que en otra época. Es muy penoso. A veces una escucha a alguien decir “esto es dato” o “esto es información”, y a continuación lo que da no es un dato o una información, sino una opinión completamente personal, digamos. Confío que la gente se dé cuenta de esas cosas.
-¿Cuál es el antídoto para tener un periodismo mejor?
-Me parece que es un antídoto individual que es tratar de hacerlo bien, de una manera modesta y sin buscar el bombazo excepcional, porque creo que se podría reducir en una frase: no llegar primero, sino llegar mejor, que es algo que decía Gabriel García Márquez.
-Tras La llamada publicaste La dificultad del fantasma. Truman Capote en la Costa Brava. ¿Cómo fue dormir en el mismo lugar donde Capote escribió su obra maestra, A sangre fría?
-Fue un libro por encargo. Viajé a la Costa Brava, donde vivió Capote, en los años 60. Era una casa en el medio de la nada, un lugar austero, sin lujos, y tenía que investigar sobre Capote, sus rastros, cómo se había movido este hombre tan peculiar. La idea era recuperar un poco cómo habían sido los días de Capote en ese sitio. Fue muy interesante porque de alguna manera confirmó que la memoria siempre está directamente destinada al olvido.
-Capote también fue una persona contradictoria, ¿no?
-Yo creo que fue un suicida a partir de A Sangre fría. Fue un suicidio en cámara lenta porque después escribió un libro que se llama Plegarias Atendidas, en el que cuenta una cantidad de cosas íntimas de todas sus amigas, los famosos cisnes de Capote, que eran todas mujeres de la aristocracia neoyorquina, muy exquisitas, que lo adoraban y él las amaba con locura. Eran mujeres que le contaban sus intimidades, sus problemas con sus maridos, las infidelidades. Y este señor, queriendo hacer como un gran proyecto tipo Marcel Proust con En busca del tiempo perdido, escribió este libro y acabó con su vida. O sea, todas las amigas, prácticamente todas, menos una, comenzaron a detestarlo.
-Las traicionó.
-Yo creo que sí. Pero lo que pasó fue que él decidió que A sangre fría iba a tener su punto final cuando ejecutaran en Estados Unidos a los dos asesinos que él había entrevistado. Y eso es convocar una sombra de muerte tremenda. Entonces, digamos, pasó los últimos tiempos en la Costa Brava y después en Estados Unidos bajo la agitación inmensa, agónica, que implica estar esperando para terminar una obra que maten a dos personas. Fue demasiado. O sea, como narrativa es perfecto. Es el final perfecto. Pero lo pagó duro. Capote entró en un espiral de barbitúricos, anfetaminas, cocaína, alcohol y destrucción. Y creo que nunca pudo recuperar del todo sus capacidades narrativas, que es como el horror de toda persona que se dedica a algo creativo.
-Hay un concepto que atraviesa este ciclo de entrevistas, expresado por Walter Benjamin, que habla de la unicidad, del alma de una obra. ¿Eso es algo que hoy puede estar en riesgo con la tecnología y la multiplicidad de copias?
-Todos copiamos y todos robamos en algún punto. Venimos de una tradición. Escribo porque leo. La copia burda, la imitación, se nota mucho. Me parece que la historia del arte en general es una historia de sucesivos desbordamientos, digamos. A mí no me da miedo eso.Ver los caminos de las influencias es tan difícil, porque a mí no solo me influyeron los libros, también el cine, la música y el teatro. La vez pasada estaba en Madrid por trabajo y en el único día que tenía libre fui a ver una película fabulosa, Sirat. Entré sin saber de qué se trataba y salí elevada y lo primero que pasa cuando estoy en esas situaciones es que quiero escribir. Entonces, ya en mi hotel, empecé a teclear y ojalá pasaran muchas de esas cosas por semana. Pero bueno, yo creo que, hablando del aura de esa película, es algo que no se puede imitar, no se la puede quitar nadie, ni Hollywood haciendo una de camiones en el desierto.