La amistad del novelista naturalista Émile Zola (1840-1902) y el artista plástico Paul Cézanne (1839-1906) es una de las menos difundidas de la segunda mitad del siglo XIX. Henri Mitterrand, compilador y prologuista de la edición, sostiene que es difícil de encontrar otro ejemplo de “unión moral y estética” tan profundo entre un escritor y un pintor como la de ambos. Lo prueban estas Cartas cruzadas que reúnen sus intercambios entre 1858 y 1887.
El pintor y el escritor se conocieron en el comienzo de la adolescencia en la escuela (en Aix-en-Provence, en el sur de Francia) e iniciaron una amistad de profundas implicancias que se prolongaría a lo largo de los años.
La correspondencia surge con la mudanza de Zola a París, donde, novela tras novela, construirá una prolífica carrera. Cézanne –pintor visionario– permanece en la Provenza. El reconocimiento del escritor se contrapone inevitablemente a los malentendidos que sufre la obra del amigo, que nunca dejó su lugar de origen. Las cartas muestran el afecto y los intereses compartidos. También pintan una época. Curiosamente, al principio Cézanne tiende a escribir en verso.
Históricamente se consideró que la amistad se rompió con la publicación por Zola de La obra (1886) porque Cézanne se habría reconocido en Claude Lantier, el pintor suicida de la narración. Las dos últimas cartas –según Mitterrand–, posteriores a esa fecha, probarían que no es cierto, aunque lo escueto del contenido tampoco parece concluyente. Más allá de ese misterio, el volumen permite una mirada de primera mano a la complicidad de dos figuras clave.
Cartas cruzadas (1858-1887)
Paul Cézanne y Émile Zola
Acantilado. Trad.: Caridad Martínez y Núria Petit
520 páginas, $ 46.200