En su libro Nuevo elogio del imbécil, el periodista italiano Pino Aprile plantea una tesis provocadora sobre el papel de la inteligencia y la estupidez en la evolución y las dinámicas sociales contemporáneas. Entre otras cosas, sostiene que, contrariamente a la creencia común sobre la inteligencia como motor principal del progreso y la supervivencia, la estupidez funciona como una ventaja adaptativa en el mundo moderno.
Con algunos cambios menores podríamos adaptar este razonamiento y escribir “el elogio del corrupto”. En el caso de la Argentina, la corrupción parece ser una ventaja adaptativa para prosperar en nuestra sociedad. Parafraseando al recordado Enrique Pinti, podríamos decir: pasan los años, pasan los gobiernos… pero queda la corrupción. ¿Por qué?
Primero, porque no existe un régimen transparente y realista de financiamiento de los partidos políticos. Esto lleva a recurrir a procedimientos non sanctos. “Robar para la corona” es una práctica ya que tiene décadas y que resiste uso y abuso.
Luego, los argentinos hemos naturalizado la corrupción, que suele ser vista con una tolerancia, incluso como un mecanismo que “lubrica” los trámites administrativos o como un costo inevitable: “Roban pero hacen” versus “roban y no hacen” parece ser la única opción que imagina gran parte de la población.
Como señalaba en mi libro Estado y mercado: verdaderas y falsas antinomias, en la Argentina estamos en el peor de los mundos posibles. Una cosa es darle discrecionalidad a un funcionario público para conceder su jubilación a una persona que tiene 29 años y 11 meses de aportes y otra para adjudicar una compra millonaria del Estado sin licitación previa. En nuestro país es más fácil lo segundo que lo primero.
En su conferencia de incorporación a la Academia Nacional de Ciencias Económicas, el prematura y trágicamente fallecido economista Alfredo J. Canavese abordó el tema de esta nota. Comenzaba definiendo la corrupción como “un delito que puede caracterizarse como el uso, por parte de un agente, de propiedad ajena para obtener beneficios en provecho propio”. Puntualizaba luego que existe una relación inversa entre inversión y corrupción. “En consecuencia, niveles más altos de corrupción implican menores tasas de crecimiento económico”, señalaba.
El análisis económico lo llevaba a concluir que la pena debería ser muy alta para desalentar completamente la corrupción, ya que el agente corrupto siempre especularía con la baja probabilidad de ser detectado y castigado. Sin embargo, advertía que un incremento de la pena lleva a un aumento en la magnitud del soborno necesaria para generar la conducta punible. El mayor riesgo se traduce en un mayor “peaje”. En todo caso, al aumentar el precio –el monto del soborno– cabría esperar que disminuya la cantidad de actos de corrupción, aunque no su desaparición.
En el sistema político argentino parece imperar una suerte de “selección adversa”. Este es un concepto de la teoría económica desarrollado por el Premio Nobel George Akerlof, que describe una situación en la que la asimetría informativa entre dos partes en una transacción da lugar a una degradación progresiva de la calidad de los bienes o servicios que se negocian en un mercado. Este fenómeno ocurre cuando la parte menos informada no puede distinguir entre los productos de alta calidad y los de baja calidad, lo que induce que predominen los de calidad inferior. Un ejemplo clásico es el mercado de autos usados, donde se venden autos de peor calidad porque los compradores no conocen la calidad real de los productos ofrecidos y solo están dispuestos a pagar un precio promedio, por debajo del valor de los coches en buen estado. La selección adversa hace que los productos de menor calidad desplacen a los mejores.
De igual modo, el “mercado político” selecciona a los que están por debajo del promedio mientras que los tienen mayor capacidad, escrúpulos o responsabilidad van siendo eliminados.
El sistema premia y reproduce a individuos con baja capacidad crítica o menor apego a la honestidad, pero que encajan mejor en roles donde la obediencia, la conformidad y la mediocridad son mejor retribuidos que la creatividad o el talento disruptivo.
Así, en el “mercado político”, donde se negocian posiciones de poder y estatus, los poco preparados o los “corruptibles” son el producto con mayores posibilidades de ocupar esos roles y “hacer carrera”, mientras que los más capaces se ven desplazados.
Este es el tipo de sociedad descrita por Aprile, donde la falta de incentivos para los más capaces (por castigos, burocratización o sistemas que limitan la innovación) hace que aquellos con menor capacidad o disposición para cuestionar el sistema prosperen, en la medida en que son útiles y funcionales al mismo.
Economista; profesor de la Universidad de Belgrano y de la UBA