La falta de previsibilidad y de seguridad jurídica es uno de los peores males de las prácticas populistas que, desde hace mucho tiempo, han convertido a la Argentina en una nación poco confiable en el orden internacional. Algunos de los muchos bochornosos episodios que han caracterizado a la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) en los últimos tiempos han hecho de esta entidad un símbolo perfecto de ese país donde el respeto por las reglas brilla por su ausencia.
Son a estas alturas innumerables los ejemplos que dan cuenta de una organización que rige el deporte más popular de la Argentina con normas y reglamentos sujetos a la simple voluntad y a los caprichos de su mandamás y sus secuaces. Porque en la AFA se hace lo que su presidente, Claudio “Chiqui” Tapia, quiere, y quien ose contradecirlo será sometido al escarnio y deberá atenerse a represalias.
A lo largo de toda la gestión de Tapia y de su cuestionado escudero y actual tesorero, Pablo Toviggino, la conducción rectora del fútbol argentino no dudó en modificar las reglas de juego en medio de los campeonatos, en digitar resultados a través de la manipulación de árbitros y hasta en anular descensos, con tal de favorecer a los “caballos del comisario”, que no es otro que el propio Tapia. El colmo se registró días atrás, cuando se decidió consagrar a Rosario Central como campeón de un torneo cuya existencia nadie conocía. Un campeonato que ni siquiera los jugadores del club ungido como ganador sabían que estaban disputando.
Los escándalos no terminaron en esa situación que, por algunos días, convirtió a la AFA en el hazmerreír del fútbol mundial. La conducción encabezada por Tapia obligó el domingo último a los futbolistas de Estudiantes de La Plata a rendir pleitesía a los “campeones de escritorio” del club rosarino con un pasillo de honor previo al partido que ambos equipos disputarían por los octavos de final del Torneo Clausura. En señal de protesta, los jugadores de Estudiantes recibieron a sus pares de Rosario Central dándoles la espalda. Rápidamente, la mesa directiva de la AFA dio a conocer un protocolo referido a los homenajes a clubes campeones, con el fin de dejar en evidencia la rebeldía del equipo de La Plata y justificar así las duras y vergonzosas sanciones resueltas en las últimas horas para el club que preside Sebastián Verón, uno de los pocos dirigentes enfrentados con Tapia. Hay sospechas de que ese reglamento fue creado con posterioridad al episodio protagonizado por los jugadores de Estudiantes, aunque Tapia y sus acólitos aseguran que esa resolución fue firmada en febrero. Un dato adicional confirma la posibilidad de que se trate de un artículo apócrifo: a lo largo de la presente temporada, otros equipos, como Talleres de Córdoba, Platense, Vélez e Independiente Rivadavia de Mendoza, ganaron campeonatos y no fueron recibidos al siguiente partido con el mentado pasillo de honor, y no hubo sanciones para sus ocasionales rivales como las que se aplicaron a Estudiantes.
La AFA se ha convertido en un caso emblemático más de la cultura del personalismo y la sumisión, junto a prácticas corruptas favorecidas por un llamativo silencio de la inmensa mayoría de los directivos de los clubes afiliados que solo puede explicarse por una tajada en el reparto de jugosos beneficios o por el miedo a las represalias
El último fin de semana, el favoritismo para los clubes amigos del titular de la AFA volvió a quedar de manifiesto, con el vergonzoso arbitraje que benefició a Central Córdoba de Santiago del Estero ante San Lorenzo. ¿Qué le hace otra mancha más al tigre?, podríamos preguntarnos. Sin embargo, hay que tener presente que el club santiagueño es apadrinado por Toviggino, cuyo ascenso en la dirigencia del fútbol argentino se asocia con su vínculo al gobernador feudal de esa provincia, Gerardo Zamora.
Podría pensarse que la mayoría de las escandalosas situaciones que viene viviendo el fútbol local se reduce a trapisondas propias de chicos caprichosos, acostumbrados a cambiar las reglas de un juego cuando les conviene. Pero, lamentablemente, estamos ante personajes con mucho poder y con vínculos con sectores políticos y sindicales, que ven en este popular deporte un gran negocio para sus propios bolsillos. Para no hablar de las tenebrosas relaciones con barrabravas que, semana tras semana, siembran la violencia dentro y fuera de los estadios ante la indiferencia cómplica de la dirigencia de nuestro fútbol.
A los no pocos negocios turbios en los que estaría involucrada la AFA, relacionados entre otros con la venta de entradas para partidos de la selección argentina, se ha sumado ahora la oscura vinculación entre la entidad rectora del fútbol local y la compañía Sur Finanzas -esponsor principal de la Liga Profesional de Fútbol y de la selección mayor-, cuyo dueño, Ariel Vallejo es un hombre muy cercano a Tapia que se ha jactado de que su empresa es “la billetera del fútbol” argentino. Hoy Vallejo está siendo investigado por presunto lavado de dinero y evasión tributaria, y una de las sedes de su empresa fue allanada en el marco de la investigación sobre la ruta del dinero de supuestas coimas en la Agencia Nacional de Discapacidad (Andis).
La AFA se ha convertido en un caso emblemático más de la cultura del personalismo y la sumisión, junto a prácticas corruptas favorecidas por el llamativo silencio de la inmensa mayoría de los directivos de los clubes afiliados. La tendencia a consentir los atropellos solo puede explicarse por una tajada en el reparto de los jugosos beneficios derivados de la corrupción o por el miedo a las represalias de un sistema que maneja recursos y arbitrajes a su antojo.
Tapia y sus cómplices podrán escudarse por algún tiempo en los logros deportivos de la selección de Lionel Messi y Lionel Scaloni, ejemplo de disciplina, esfuerzo y profesionalismo. Pero no podrán burlarse irresponsable y eternamente de quienes defienden esos valores, ni seguir imponiendo un modelo que refleja la peor cara de la dirigencia argentina.
