Hola, ¿cómo estás? Soy Lorena Oliva, redactora de Comunidad y hoy te quiero hablar de dos notas que publicamos esta semana.
Están protagonizadas por docentes y nos hablan del rol tremendamente significativo que esta figura puede tener en la vida de sus alumnos, sobre todo cuando se trata de chicos atravesados por algún tipo de vulnerabilidad.
La primera de ellas es la “seño Inés”, o Margarita Inés Deheza, una maestra salteña que trabaja en el Hogar Escuela Carmen Puch de Güemes, donde van 800 chicos y chicas atravesados por diferentes problemáticas como la violencia o la falta de cuidados de su familia de origen.
Si abrazar la docencia en ese contexto ya de por sí es admirable, hay un dato que lo vuelve más significativo: ella creció en ese hogar.
- Si no leíste la hermosa nota que le hizo mi compañera Gabriela Vigo, hacé clic en este link para leerla

Como sus padres no eran capaces de cuidarla, ingresó de muy pequeña al hogar, donde tenía que permanecer de lunes a viernes y pasar los fines de semana con su familia. Pero muchas veces pasaba que nadie iba a buscarla y ella terminaba pasando los sábados y los domingos en la casa de sus maestras.
Así conoció la leche chocolatada, fue por primera vez al cine o al circo, o vivía experiencias de niña, como mirar la tele o jugar con otros chicos.
Inés logró estudiar con mucho esfuerzo. Cuando le tocó pensar en una carrera, no lo dudó y eligió la docencia. Hace 10 años cumplió su sueño de volver al hogar, para devolver todo el amor que recibió en ese lugar. “Veo a los niños y me veo a mí misma hace cinco décadas”, le dijo a Gabriela.
Seguramente, mucho de lo que habrán sentido las maestras de Inés en aquel entonces conecte con lo que sintió Lucila Saredi, la maestra de mi segunda historia, cuando conoció a Rocío, una de sus alumnas y pensó: “Quiero cuidarla”.
Era 2023 y Rochi tenía 9 años. Vivía en un hogar para chicos y chicas sin cuidados parentales, iba a la escuela, y en contraturno asistía a un centro de apoyo escolar porque tenía una discapacidad. Lucila, su maestra, empezó a visitarla en el hogar y a llevarla a pasear durante los fines de semana.

Enseguida las dos empezaron a conectar de una forma especial. Un día, cuando Rocío se subió al auto de Lucila le dijo: “Quiero que me adoptes”.
Cuando charlé con ella, esta psicopedagoga que ahora tiene 39 años me dijo que aquel día Rochi puso en palabras lo que estaban sintiendo las dos, porque ella también había empezado a soñar con ser la mamá de la niña.
Te invito a que leas los detalles de la historia completa haciendo click acá.
Pero para no dejarte con la intriga, te cuento que esta historia tiene final feliz: hoy son familia por adopción.
Por hoy me despido. ¡Hasta la próxima!
Saludos, Lorena
