Son CEO que viven desde la lógica de la colaboración y no de la competencia. Aún más. Que viven con una lógica de gratuidad y no del tipo: “te doy para que me des”. Estamos hablando de dueños de empresas que se la juegan y deciden contratar a chicos que han delinquido, que han cumplido su condena, que han recuperado su libertad y están formados y listos para reinsertarse debidamente al mundo laboral.
Es el caso de los Espartanos. Ese grupo cada vez más numeroso de hombres y mujeres que dentro de sus respectivos penales han recibido, durante largos meses o años, el apoyo y la formación de la Fundación que lidera Eduardo “Coco” Oderigo desde 2009, que, a través del rugby, el estudio, la capacitación profesional y la espiritualidad busca rescatarlos.
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El número que desvela hoy a este líder nato y padre espiritual es el 17. Son diecisiete los chicos y chicas que están libres; bien entrenados en habilidades blandas y duras, y preparados para comenzar a trabajar. Pero las oportunidades aún no llegan.
Es que el programa creció exponencialmente durante los últimos años, lo cual hace que se registre un cuello de botella: cada vez más muchachos y muchachas fuera de los penales (100 por año), muchos ya disponibles para reinsertarse, pero sin un número suficiente de puestos de trabajo para satisfacer esta demanda.
LA NACION entrevistó a un puñado de organizaciones entre muchas (más de 35) que se animaron, con una mezcla de audacia y empatía, a dar el paso. ¿Qué tienen en común estas instituciones? Gerentes que entendieron que para que la Argentina mejore, es necesario que cada uno, desde su lugar, aporte su grano de arena. El cambio, -razonan-, empieza por casa. No viene sólo de afuera (la política).
Concientización
Federico Paoletti es CEO de la cooperativa Cooprogetti, (encargada de brindar servicios en el campo de la ingeniería y urbanismo y medio ambiente entre otros), cuenta que tuvo un fuerte despertar cuando, siendo entrenador de rugby del Club Biei se topó con David, un muchacho humilde y correcto. “Llegaba puntual con la ropa limpia, no faltaba nunca. Era distinto”, señala. Quiso conocer a su madre, Roxana, y una frase de ella lo dio vuelta como una media. David había sido becado para participar de una gira de rugby a Chapadmalal y desde allí, había enviado fotos a sus parientes. “Por primera vez conocí la sonrisa de mi hijo”, le dijo su madre al entrenador al ver a David radiante en la costa. ¡Claro era la primera vez en la vida que viajaba!
“Con tan poco podemos hacer tanto; cambiarle por completo la vida a una familia”, afirma Paoletti. Ese comentario de Roxana lo transformó por completo. Se dio cuenta de que, si la persona lo merece, no importa de donde venga, o que haya hecho las cosas mal en el pasado: si está dispuesto a cambiar, hay que darle otra oportunidad. “Somos todos iguales. Me hace feliz dar sin pedir nada a cambio”, afirma este CEO.
Y esa lógica lo llevó luego a tomar la decisión de contratar cuatro espartanos. Los describe como personas responsables, que llegaron muy bien preparados desde la Fundación y que por nada del mundo, descuidan sus tareas. Por supuesto que esta experiencia no se repite siempre. En algunas organizaciones han tenido casos de espartanos que no pudieron continuar con sus responsabilidades por haber quedado atrapados en viejos vicios y malas compañías (drogas, mentiras, hurtos).
Como es natural, Paoletti tuvo que enfrentar cuestionamientos puertas adentro de su cooperativa cuando quiso que ingresen estos muchachos; sobre todo de quienes se desempeñan en el área de legales. “Si con chicos educados y formados reciben demandas laborales, es entendible que tuvieran resquemores; con ex reclusos, la cosa podría ponerse pesada”, señala.

También Banco Macro tuvo que atravesar resistencias internas. A muchos empleados les costó aceptar que sus propios hijos, recientemente graduados de la universidad, no lograran acceder a su primera oportunidad laboral, mientras la empresa para la cual trabajaban, brindara segundas chances a personas que han delinquido. “Hubo que trabajar en la comunicación y la cultura organizacional. Pero se logró. Y salimos todos enriquecidos”, cuenta Maricel Carretti, gerente de Sustentabilidad Corporativa y Gestión Social. Hoy, muchos de esos trabajadores descreídos están orgullosos de pertenecer a una organización financiera que “no se pasa el día sólo contando plata sino buscando también crecer en inclusión y humanismo”.
Integración
Otro de los desafíos que enfrentan estas instituciones es el de lograr una integración plena de estos chicos con el resto del personal. Sobre todo porque llegan con la autoestima baja, se muestran sumisos, callados, y no se exponen (bajan la mirada). Carretti cuenta que, durante el primer año, se sentaban a almorzar en el comedor juntos, y separados de los demás. Un día ella los encaró y les dijo tajante: “Acá no estamos más en el penal, ustedes no son más espartanos, son colegas del Banco Macro”. Y la cosa cambió. También Pablo Princz, dueño de la empresa homónima que brinda oportunidades laborales a varios, destaca lo positivo que fue la experiencia. “Generó un gran sentido de propósito al equipo que los recibió. El desafío para nosotros fue generar una narrativa donde se reconociera el valor que estos muchachos aportaban sin estigmatizarlos”, cuenta.
Carretti de Banco Macro se saca el sombrero por quien fue el mentor de esta política: Jorge Brito padre (fundador del Banco, fallecido en 2020) que no titubeó cuando lo conoció a Oderigo. “Hubiese sido mucho más sencillo ayudar a un comedor que dar empleo a espartanos. Pero a Jorge le gustaban los retos; fue un precursor”, se admira. Y cuenta que, pragmático como era, su jefe también se daba cuenta de que ayudar a estas personas era una ecuación win win para él y para todos: dar trabajo garantiza seguridad.
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Es así. Lo demuestra la alta tasa de reincidencia del delito en el país. Quienes no logran reinsertarse social y laboralmente vuelven a delinquir en un 75%; en el caso de los espartanos la cifra baja al 5%. Y dentro de este grupo, quienes pueden sostener un trabajo estable, el porcentaje desciende al 1%. Sorprendente. Como buen ingeniero, Paoletti se centra en otros datos. Se sabe que las personas acostumbradas a robar, lo hacen 3 veces por día. “Al ofrecer empleo a un ex detenido estás reduciendo 1000 delitos al año. Con cuatro espartanos dentro de la empresa ayudamos a prevenir 4000 ilícitos anualmente”. Puede verse como una gota en la inmensidad del océano. Pero para él, cada gota cuenta. Y mucho.
El amor que sana
De todas formas, más allá de los números, es emocionante escuchar los testimonios de orgullo, gratitud y esperanza que manifiestan los espartanos protagonistas de estas historias. Carlos Ponce (39) trabaja hace siete años en Banco Macro y se quiebra al hablar. “Nunca imaginé estar donde estoy. En la cárcel conocí a Coco y a muchos voluntarios que me regalaron una vida. Pude empezar a dormir tranquilo en el pabellón, me apacigüé y conocí el amor de Dios. Un día me dije: estoy acá porque tomé una serie de malas decisiones. El error ya lo cometí. Ahora quiero sacar lo bueno de lo malo”, y ese fue su punto de inflexión.

Durante sus últimos años de encierro en el penal de San Martín, Ponce se involucró en todo lo que le ofrecía la Fundación: rezó el rosario cada viernes, terminó la primaria, se sumó a los talleres de gestión emocional, educación financiera, prácticas de entrevistas de trabajo y por supuesto, jugó al rugby. En la empresa lo quieren y lo describen como un hombre sensible y comprometido. “El primer día tenía muchos nervios. No sabía con qué me iba a topar. Fue una sorpresa encontrar jefes dispuestos a enseñarme a mandar un email o redactar una carta documento”, cuenta. Por su buen desempeño Carlos consiguió ascensos y se muestra orgullosísimo de sus logros. Fundamentalmente frente a su pareja y sus hijos. Recientemente terminó de construir su casa; finalizó la secundaria a la par de su hija, y para 2026 tiene pensado comenzar la carrera de Administración de Empresas. “Para mí es un héroe”, señala un ejecutivo del Banco consciente de que muchos de ellos, nacieron en familias donde el hurto, la droga, la prostitución son la regla.
¿Qué significó para vos contar con un trabajo formal por primera vez?, se le pregunta. “Una emoción y una gratitud inmensa. La vida me puso al lado de personas buenas que me regalaron otra manera de ser y estar en este mundo. Cuando recibí la oferta del Banco me dije: este es el tren que pasa una sola vez, o me subo o lo pierdo para siempre. Por eso cuido lo que tengo como si fuera oro”, remata.
También para Jorge Suarez (29) que se desempeña recorriendo las calles de CABA controlando a las prestatarias de servicios de higiene desde Cooprogetti, conocer Espartanos y lograr acceder a un empleo en blanco fue un renacimiento. “En el penal encontré el amor de Jesús que me regaló paz y tantos compañeros que vinieron a contarnos sus historias de superación. Ellos me contagiaron fuerza y esperanza. Sentí que yo también podía convertirme en otra persona”, dice. Por supuesto que atravesó tormentas: al salir del encierro tenía miedo de que lo miraran mal, y lo juzgaran por su pasado. Pero no fue así. Se sintió muy bendecido de encontrar personas dispuestas a volver a confiar en él.

Por supuesto que la cosa no es fácil para Jorge ni para el resto de quienes salen habiendo cumplido su condena. Viven expuestos a la tentación diaria de desviarse y volver a caer. Nunca falta algún conocido en el barrio que los invita a “ir por la mala” y le susurra al oído frases del tipo: ¿viste que no se puede? “Pero yo sé que sí se puede. Hay piedras en el camino, pero puedo mirar más lejos y creo que se me van a abrir más puertas. Esta posibilidad de ganarme la vida haciendo las cosas bien la cuido como si fuera la única y la última”, afirma.
La red
Para él es clave seguir en contacto con la Fundación y sobre todo jugar al rugby con los muchachos. “A veces llego alterado al partido los sábados y ahí me descargo y bajo los decibeles. Siento el apoyo de mi equipo”, cuenta.
Seguir cerca de la Fundación y de los espartanos en libertad es una de las claves del éxito del programa de reinserción. María Pinto, coordinadora de Educación e Inserción laboral, se alegra de que, cada año, más espartanos libres se contactan e involucran en sus programas. En 2024, lo hizo el 46% y en 2025, el 70%. Los espacios son básicamente dos: desde lo deportivo, el Club de Rugby y desde lo laboral, los programas de Entretiempo y de Inserción laboral.
El primero, consta de prácticas laborales de tres meses con jornada reducida (6 horas por día), en empresas que han firmado convenios con la fundación. Cada chico es acompañado diariamente por un psicólogo que tiene diálogo fluido también con su supervisor. Una vez que egresan, entran a la instancia de la inserción. “Cuando están en condiciones de incorporarse formalmente al staff de una organización, seguimos acompañándolos durante un año, y mantenemos una comunicación directa con la empresa para que estén todos cómodos en este nuevo camino”, explica.
Eso, se nota luego del otro lado del mostrador. Las organizaciones destacan lo bien preparados que llegan. “Me enseñaron a desenvolverme en las entrevistas, a armar mi CV, tomé cursos de electricidad y otros oficios. Me apunté en cada espacio de capacitación (“Preparación para la libertad”), que ofrecen dentro y fuera del penal”, expresa Cristian Romero Frías (38) que recuperó su libertad hace un año y medio. Es difícil localizar este activo muchacho porque trabaja de día y de noche. De 8 a 5 pm lavando materiales y envases en el laboratorio AS Global y luego a la tarde repartiendo deliveries de Rappi en su moto. “Le estoy metiendo duro quiero salir adelante. Tengo 5 pibes”, cuenta. Lo que más valora de la fundación y de quienes le ofrecieron empleo es que cumplieron con su palabra. “Me dijeron que me iban a ayudar y lo hicieron”, dice.
De eso se trata. De una cadena de eslabones que se va entrelazando entre los voluntarios, la fundación, los empresarios, y los espartanos que no se rinden. Todos juntos forman un sólo equipo, que empuja unido para el mismo lado.
