Cambios de relato y de praxis para el Milei II

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A los “ingenieros del caos” y de las narrativas políticas modernas quizá les convendría releer ciertos estudios de Borges sobre el Quijote y el Martín Fierro, puesto que el autor de El Aleph –no sin señalar excepciones que confirman la regla– admite que la frase “nunca segundas partes fueron buenas” es mucho más que un simple cliché. El público, asevera Borges, siempre “requiere una proeza no muy posible: la repetición de un asombro. Quiere ser asombrado por el héroe que la primera parte le descubrió, y no tolera ningún cambio en el héroe. Quiere lo mismo y quiere que lo mismo sea diferente”. Y añade que esos narradores “deben satisfacer una lealtad, pero también deben deslizar novedades”.

El outsider colérico que venía a romper todo se ha trocado por ahora en un neomenemista de la realpolitik, y lo que ha perdido por un lado lo ha ganado por el otro, aunque no sabemos cuánto aguantará la máscara y cómo seguirá la película

Este difícil mecanismo literario resulta pertinente en momentos en que se está por abrir el telón de la segunda fase histórica de los libertarios y cuando asoma con sus sinuosos interrogantes el Milei II. Que se está cocinando a fuego lento en estas semanas felizmente tediosas, y que está signado por larvadas negociaciones de diferentes niveles y con interlocutores insospechados, y por una muy notable pausa en el aparato de represión digital y una pereza visible en pisar el acelerador con la denominada “batalla cultural antiglobalista”, que en lugar de cohesionar espanta, multiplica objetores de conciencia y dispersa voluntades de coyuntura. El outsider colérico que venía a romper todo se ha trocado por ahora en un neomenemista de la realpolitik, y lo que ha perdido por un lado lo ha ganado por el otro, aunque no sabemos cuánto aguantará la máscara y cómo seguirá la película. Hay una célebre máxima aristotélica: “La victoria más difícil es la victoria sobre uno mismo”. El Presidente, que ha sido una máquina de generar enemistades, no ha tenido enemigo más grande que su propio personaje público durante los primeros dos años de gestión. Y ese personaje, sin perder identidad, parece obligado a presentar novedades y a modificarse a la sombra de un nuevo mandato social: gobernar en serio y no ser gobernado por sus impulsos, rencores, transgresiones y fragilidades. La estrategia narrativa de la hora, para que se cumpla aquí la excepción a la que alude Borges, consistiría en encarnar ese mismo “héroe” para satisfacer la lealtad de su núcleo duro, pero ser a la vez distinto para el resto del electorado, que no está encerrado en la cárcel mental de los fanáticos. Delicado equilibrio, algo para que calibre cuidadosamente Santiago Caputo. Porque el conflicto salta a la vista: el primer mandato social –agresivo, destructivo, iconoclasta– coincidía con el carácter insolente y tempestuoso y hasta con el extravagante physique du rôle del propio Javier Milei.

Hay una célebre máxima aristotélica: “La victoria más difícil es la victoria sobre uno mismo”

El mandato surgido de las elecciones de octubre, en cambio, lo obliga a ir contra su propia naturaleza, cuidar su lenguaje y temperamento, reprimir en las redes sociales su gatillo fácil, aceptar el diálogo y los pactos por encima y por debajo de la mesa, conceder fondos, reconocer la legitimidad del otro y formar alianzas parlamentarias que habiliten las reformas de fondo y una gobernabilidad sin derrotas continuas ni grandes sobresaltos. Este traje de estadista convencional ya no le resulta tan cómodo al León, que preferiría la repetición del asombro y no la depuración de su talante ni la mutación de un modus operandi que fue efectivo al inicio, pero que ya parecía agotado, aunque recordemos: no le quedan muchas alternativas si quiere acatar los pragmáticos y paradójicos consejos de Washington y, sobre todo, si aspira a ser el líder indiscutido del movimiento antikirchnerista, que está formado por ciudadanos de a pie y de variada ideología, y por librepensadores que han tenido serios reparos con su estilo, sus atropellos, sus rigideces, su desdén republicano, y con ciertos extremismos adoptados en la primera parte de la función. Pero esa nueva demanda surgida de las urnas también cuestiona directa o indirectamente su dogma económico: Milei no puede ser ni siquiera un minarquista si pretende representar el sentimiento de sus votantes ampliados, muchos de los cuales comienzan a mostrar inquietud frente a varias cuestiones candentes: la indefensión argentina en un concierto internacional donde los amos del mundo han decidido practicar un proteccionismo rapaz, la sumisión con que el gobierno libertario acata los deseos ajenos, la renuncia a planificar inserciones provechosas (la mejor política industrial es la que no existe), la insólita deserción en cuanto a aplicar medidas que el propio trumpismo practica, la certeza oficial de que su misión se limita a desregular (porque ese verbo conduce por sí sólo al paraíso) y la indolencia con que observa el cierre en cadena de pequeñas, medianas y grandes empresas, y la caída del empleo: se pierden diez mil puestos en blanco por mes y, aunque hoy la revolución tecnológica permite changas de sobrevida, el efecto psicológico y social que eso produce en los individuos, sus familias y sus amigos se multiplica y es devastador. Luego no debería causar sorpresa que las víctimas se nieguen a votar a sus victimarios y que la bandera abandonada sea aprovechada por la oposición, en un modo especular a lo que hizo el kirchnerismo cuando regaló por prejuicios ideológicos el valor de la seguridad y el orden. Un obsequio que le salió muy caro y le trajo muchos dolores de cabeza. La tensión entre un “modelo financiero y extractivo primarizado” y un “modelo productivo competitivo”, y no la combinación astuta de ambos, pone los pelos de punta de quienes vivieron en carne propia los olvidos y secuelas de la convertibilidad. Funciona aquí para muchos la memoria emotiva; cualquier veterano reconoce con alarma y dolor algunos momentos de anestesia colectiva: la “plata dulce”, el “deme dos” y el festival de las importaciones chinas, que luego trajeron problemas abismales en la economía y una destrucción irreparable del tejido laboral. Las lecciones desaprendidas son una especialidad de los argentinos. El Milei II se definirá, en gran parte, por cuánta flexibilidad e inteligencia les imprima a estos temas un darwinista de mercado seguido por “chicos bien” afectos a la venganza jocosa y a la contabilidad creativa, y proclives a ser “patriotas” únicamente con la patria financiera. Está en juego ni más ni menos que romper el viejo axioma según el cual segundas partes nunca fueron buenas. Tal vez Javier Milei, que tanto logró, consiga también esta proeza.

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