La vida está llena de pequeñas derrotas. Ni grandes ni determinantes, sino de pequeñas frustraciones que alcanzan para que la paciencia se colme pero no para estallar y revolear todo por la ventana. ¿Qué es una pequeña derrota? Es levantarse temprano, calentar el agua para el mate y que no haya yerba; es acostarse a dormir y escuchar que quedó la canilla goteando; es llegar al supermercado y percatarse de que la bolsa quedó en casa.
¿Cuál es el origen de las pequeñas derrotas? La vagancia. Sí, hay que decirlo. La vagancia, la haraganería, la holgazanería, la fiaca, la pereza, el “después lo hago”, el “así está bien” o el “ya fue” forman el caldo de cultivo ideal para que después haya un rollo de papel higiénico… sin papel higiénico; o no haya jabón; o no se tenga la camisa planchada cuando uno más apurado está; o falte nafta en el tanque; o jamás se haya sacado el bife a descongelar.
Pero hay que ir más atrás, casi en modo psicoanalítico: ¿de dónde viene esa actitud? ¿Se forma durante la más tierna infancia? Y la respuesta es que sí, y si no, solo alcanza con pensar: ¿quién alguna vez no le avisó el domingo a la noche a la madre que al día siguiente había que llevar una maqueta del sistema solar? ¿o que había que llevar un disfraz de granadero? ¿o tortas fritas por el 25 de Mayo? Entonces ahí se puede encontrar el origen de esa vagancia porque hay una madre, o un padre, o una abuela, que lo resuelve y, aunque por dentro insulte y quiera gritarle improperios a la criatura, respira profundo y empieza a zurcir un disfraz de San Martín, o a repulgar pastelitos de membrillo o a pegar con Voligoma pedazos de Goma Eva para presentarle a la maestra lo más parecido a un modelo del Sistema Solar.
Y esa vagancia, esa fiaca, ese “después lo veo” crece con uno y puede encontrar dos posibles caminos: o se incrementa a lo loco, a tal punto de que después ya no hay vuelta atrás y la holgazanería provoca derrotas no tan pequeñas, como no tener la rueda de auxilio en el auto, olvidarse de pagar la luz y llegar tarde a cuanta cita se acuerde; o se aplaca y convive naturalmente, más bien como un permitido en la batería de tareas del día a día.
El gran problema es que no hay motivación para dejar de tener esa fiaca que a su vez genera esas pequeñas derrotas. Es que, básicamente, si uno cerrara bien la canilla, o comprara cuarenta paquetes de yerba o tuviera stock de papel higiénico hasta en el baúl del auto (poco práctico, pero cada cual lo guarda donde puede) no notaría ese faltante que provoca, a su vez, el pequeño malestar que a su vez activa el enojo con la fiaca. ¿Se entiende? Para decirlo sin ninguna claridad: hace falta que falte para notar que hacía falta.
Entonces, ¿alguna vez se notará que uno venció a las pequeñas derrotas porque la alacena está desbordada de tarros de café (o cápsulas, por si usted ya tiene la máquina que promocionaba George Clooney)? La única forma de darse cuenta que usted venció al sistema es tan improbable de verla que solo está en los manuales. Uno festejará por su previsión solamente en caso de una invasión del tipo zombie o ante una situación climatológica del estilo El Eternauta, donde cada lata de atún apilada es el equivalente a una Copa del Mundo. En cualquier otro caso, nadie repara en que se venció a la fiaca y ni siquiera piensa en eso. Es más: prefiere recostarse tranquilamente a disfrutar la vida sin percatarse de nada más, salvo de la canilla del baño que empezó a gotear porque la holgazanería le impidió apretarla con fuerza. Y la mente quiere evitar ese ruido molesto entonces invita al cuerpo a cerrar los ojos y a dormir profundamente. Entonces llega el descanso. Y con el reposo viene un sueño donde uno vuelve a tener diez años y va el domingo a la noche a la cocina, interrumpe a su mamá que está mirando el programa de Julián Weich y le dice, con algo de culpa, que al día siguiente tiene que ir disfrazado de calabaza. Dios, qué pesadilla.