De la imitación al liderazgo: China redefine su plan de expansión global

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Hace apenas unos años habría sido difícil imaginar a marcas chinas triunfando en Estados Unidos. Sin embargo, hoy los compradores de Manhattan pueden pasar por la tienda de 2800 metros cuadrados de Urban Revivo para llevarse alguna de las prendas de moda del retailer chino que es furor en TikTok, la app de videos cortos propiedad de ByteDance, otra empresa china. Pueden acompañar la salida con un latte de Luckin Coffee, que empezó a abrir locales en la isla el año pasado, o tomarse un helado en Mixue, otra cadena china que se instaló recientemente en Nueva York.

Año tras año, la presencia de los negocios chinos en el exterior se vuelve más fuerte, tanto en países ricos como pobres, y en una gama cada vez más amplia de industrias. El año pasado BYD, fabricante chino de vehículos eléctricos (EV), superó en ventas a Tesla. Más de una quinta parte de sus autos se vendió fuera de China, frente al 10% de 2024. Los modelos chinos de inteligencia artificial ya se usan en todo el mundo, no solo en el sur global sino también por empresas occidentales como Airbnb.

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Esta última ola de expansión global se destaca tanto por su velocidad como por su amplitud. En 2024, las empresas chinas que cotizan en bolsa generaron 15 billones de yuanes (US$2,1 billones) en ventas en el exterior, frente a 11,6 billones de yuanes en 2021. Hoy las compañías chinas invierten más fuera de su país de lo que las extranjeras invierten en China. Pero igual de llamativos son los cambios en la manera en que las firmas chinas encaran su salida al mundo, apostando a construir una presencia física mayor en el exterior en medio de un contexto geopolítico complejo.

El empresariado chino ya atravesó otros períodos de globalización. A partir de los años 90, y con un fuerte impulso tras el ingreso de China a la OMC en 2001, empresas como Haier, fabricante de electrodomésticos, y Huawei, productora de equipamiento de telecomunicaciones, comenzaron a vender en el exterior los productos baratos que fabricaban en casa, aunque les costó sacarse de encima la percepción de que eran de menor calidad.

El año pasado BYD, fabricante chino de vehículos eléctricos, superó en ventas a Tesla

Otra ola llegó a mediados de la década de 2010, cuando algunos conglomerados chinos —entre ellos Anbang, Fosun y HNA Group— desembolsaron decenas de miles de millones de dólares para comprar bancos, hoteles y otros negocios en el extranjero. El experimento fue breve. Los gobiernos occidentales, cada vez más recelosos de China, empezaron a bloquear operaciones, y varios de esos compradores, excesivamente endeudados, terminaron colapsando. Tuvieron más éxito afuera las empresas estatales chinas que aseguraron enormes contratos para construir puertos, ferrocarriles y minas en todo el sur global bajo la iniciativa de la ruta de la seda, lanzada en 2013.

Plaza complicada

La ola más reciente, que comenzó con la reapertura pospandemia de China, es en parte producto de un panorama económico doméstico sombrío. El crecimiento se desaceleró y las guerras de precios son feroces. Entre 2019 y 2024, el margen operativo promedio de las empresas chinas que cotizan en bolsa cayó de 12,4% a 11,2%. Los analistas de Goldman Sachs estiman que el margen de las operaciones en el exterior suele ser más alto que el del mercado interno.

Pero la expansión internacional también refleja una oportunidad tentadora. Tras observar de cerca a las multinacionales extranjeras que operaban en su propio territorio, las empresas chinas aprendieron a fabricar todo tipo de productos avanzados, desde robots industriales hasta equipamiento médico.

Además, firmas pioneras como ByteDance (TikTok) y el gigante de la moda Shein demostraron que China puede innovar y no solo imitar. Fabricantes occidentales como Volkswagen hoy quieren aprender de las empresas chinas la tecnología que desarrollaron para los vehículos eléctricos.

Trabajo en el terreno

Para prosperar en el exterior, las empresas chinas están descubriendo que deben replantear su forma de hacer negocios. Durante mucho tiempo, la mayoría procuró mantener la mayor parte posible de sus operaciones en China. Eso ayuda a explicar por qué el stock de inversión extranjera directa (IED) saliente del país equivalía en 2024 a apenas 17% de su PBI —en gran medida concentrado en infraestructura y recursos naturales en países en desarrollo— frente a 38% en Estados Unidos y 57% en Japón, según el Institute of International Finance, un think tank con sede en Washington. El stock de IED china en el exterior representa solo 4% del total mundial, aproximadamente la mitad del de los Países Bajos.

Eso está cambiando. Impulsadas por el aumento de los costos laborales y los aranceles occidentales, las empresas chinas construyen fábricas en el exterior a un ritmo acelerado, muchas de ellas en el sur global. Proveedores de servicios en la nube como Alibaba, que atienden a un número creciente de clientes internacionales —incluidas las filiales extranjeras de otras firmas chinas—, están levantando más centros de datos fuera del país.

Los medios estatales celebran a los Labubus, muñecos creados por PopMart, una empresa china

Para dar a conocer sus marcas, las empresas chinas también abren cada vez más tiendas en el exterior. Miniso, una cadena de Guangzhou que vende artículos de papelería y pequeños objetos, ya tiene más de 3300 locales fuera de China, desde Texas hasta Tailandia. Xiaomi, que fabrica desde smartphones hasta monopatines, planea contar con 10.000 tiendas en el exterior en los próximos cinco años.

También están dominando la distribución y las cadenas de suministro locales. En Ulta Beauty, una cadena estadounidense de cosmética, los clientes ya pueden comprar labiales de Florasis, una marca de Hangzhou. Mengniu, una empresa láctea china, inauguró una fábrica en Indonesia en 2018 y desde entonces se convirtió en la marca de helados más popular del país.

Todo esto exigió un nuevo enfoque en la contratación de personal. En el pasado, las empresas chinas con operaciones en el exterior tendían a trasladar empleados desde China en lugar de contratar localmente. Eso generaba quejas en los países anfitriones, ya que implicaba la creación de menos puestos de trabajo locales. Además, los directivos chinos solían apoyarse más en proveedores del país de origen.

Ahora, en cambio, las compañías están contratando más personal local para áreas como ventas, atención al cliente, relaciones públicas e incluso gestión, observa un socio de una consultora global (aunque aclara que los cargos financieros de mayor jerarquía todavía se consideran demasiado sensibles para dejarlos en manos de extranjeros). Esta mayor apertura suele reflejar que los equipos de recursos humanos ganaron confianza para gestionar personal extranjero, en parte porque ellos mismos pasaron más tiempo trabajando fuera del país.

También está surgiendo un ecosistema de asesores para ayudar a las empresas chinas a expandirse en el exterior. Muchas de las grandes firmas globales de servicios profesionales son occidentales y tradicionalmente se enfocaron más en ayudar a empresas de Estados Unidos, Europa y Japón a ingresar en China que a la inversa. Pero estudios jurídicos, contables y otras consultoras —algunas de origen local— hoy acompañan a las firmas chinas en su proceso de globalización.

Problemas compartidos

Necesitan mucha ayuda. Las empresas chinas, en especial las que operan en sectores sensibles en Occidente, son muy conscientes de los riesgos que plantean los choques regulatorios, como el que derivó en la venta forzada del negocio de TikTok en Estados Unidos. Algunas estructuraron sus compañías para evitar problemas similares. Squirrel AI, una empresa china de educación, planea desembarcar en Estados Unidos más adelante este año. Ya estableció allí una plataforma tecnológica independiente, separada de sus operaciones en China, explica Joleen Liang, cofundadora de la firma.

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Estos esquemas agregan costos y complejidad. Tampoco está claro si serán suficientes para apaciguar al gobierno estadounidense. Este mes, la administración Trump ordenó revertir la adquisición de algunos activos de Emcore, una empresa estadounidense de semiconductores, por parte de HieFo, una firma registrada en Delaware pero controlada por un ciudadano chino.

Las multinacionales chinas también deben lidiar con la desconfianza de su propio gobierno. Funcionarios chinos se quejan de las complejas estructuras transfronterizas en las que solo partes del negocio quedan bajo su jurisdicción. Los recaudadores locales advirtieron que muchas empresas que parecen tener dificultades en China y pagan pocos impuestos prosperan en el exterior y mantienen sus ganancias fuera del país. En algunos casos, están exigiendo mayores remesas sujetas a impuestos.

El gobierno chino es particularmente receloso de las empresas que de repente trasladan a su personal y fijan su sede en lugares como Singapur. Manus, una popular empresa de IA que se mudó a la ciudad-estado el año pasado, es un ejemplo. Los reguladores en Beijing investigan su propuesta de adquisición por parte de Meta, el gigante estadounidense de redes sociales, y podrían bloquear la operación.

Aun así, muchas empresas chinas que buscan expandirse en el exterior encontrarán el apoyo de su gobierno, en especial aquellas cuyos negocios no se consideran sensibles. Las autoridades parecen haber tomado nota del poder de las marcas globales. Los medios estatales ahora celebran a los Labubus —muñecos creados por PopMart, una empresa china, que conquistaron al mundo— como una señal de creciente fortaleza cultural. El gobierno central podría empezar a flexibilizar las aprobaciones para inversiones en el exterior, hoy muy restrictivas, señala Denis Depoux, de la consultora Roland Berger. Los consumidores de todo el mundo pueden esperar encontrarse con más marcas chinas de moda.

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