¿Qué hay después de Darín y Francella? El cine argentino necesita nuevas estrellas

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¿A dónde vamos? Al cine. ¿Qué vamos a ver? La de Tom Cruise. O la de Brad Pitt. O la de Francella. A lo mejor vamos a ver la de Tarantino o la de Spielberg. Nombres, personas que funcionan como un sello de calidad, como una marca registrada. Como la aspirina, sabemos de qué se trata cuando esos nombres aparecen en el póster o en el tráiler, y allá vamos. No necesariamente lo demás (de qué historia se trata, en qué mundo transcurre), pero sí que allí está la estrella. También es cierto que, en las últimas décadas, ese “nombre” puede ser una marca, una franquicia. “Voy a ver la de Star Wars, tengo entradas para la de Marvel; está la de Batman”. Pero en todo caso, son franquicias estelares que han tomado la posta de solo una parte del star system. A la hora de invertir lo que vale una entrada de cine, solemos apostar por lo seguro y esos nombres brillantes le proveen cierta posibilidad al retorno de tal inversión.

Sí, es una lástima, pero la curiosidad ha sido cada vez más desplazada por la necesidad de alguna ganancia. Al menos salir empatados con algo que vemos en la pantalla, ahora que las plataformas incentivan nuestra fiaca para dejar el living. Pero el star system, absolutamente imprescindible para que exista una verdadera industria, tambalea.

Algunos números: en Italia se estrenó una película llamada Buen camino, protagonizada y escrita por Checco Zalone, figura hiperpopular del audiovisual en la península. Ese film -una comedia sobre un hombre inmaduro y millonario, que termina acompañando a su hija a hacer el Camino de Santiago- recaudó 53 millones de euros. En el top ten italiano figuran también Madly, de Paolo Genovese (21 millones), y Diamonds, de Ferzan Ozpetek (19 millones). Le ganaron a grandes tanques de Hollywood. ¿Qué tienen en común? Estrellas locales. No son films de fantasía o de franquicia; no son secuelas; no tienen millones de efectos especiales ni fueron a IMAX o se ven con anteojitos 3D. Hablamos de Italia, un mercado -en cantidad de habitantes y salas, pero con una extensión mucho más pequeña- similar al de la Argentina. Aclaremos algo más: Buen camino se estrenó en diciembre, casi al mismo tiempo que Avatar: fuego y cenizas, y se convirtió en muy poco tiempo en el número uno de ese mercado.

Mazel Tov, el film de Adrián Suar

En nuestro país, las dos películas locales más vistas fueron Homo Argentum y Mazel Tov. La primera, con casi dos millones de espectadores; la segunda, con 400.000. Guillermo Francella y Adrián Suar, respectivamente, encabezaban los elencos. Tampoco son fantasías multimillonarias que apelan a la sensación, sino que su fuerte está en las historias y los personajes. Pero una es “la de Francella” y la otra, “la de Suar”. Estrellas, nombres propios, personas a las que el espectador ve tan distantes -porque forman parte del cine- como próximas, porque estos actores tienen la llave para que se identifiquen con ellos.

Nombres como garantías

Las estrellas son una auténtica garantía y, dicho sea de paso, el mejor argumento para vender una película. No hay que olvidar que sin Robert Downey Jr. (una estrella entonces en busca de redención) no habría habido Iron-Man ni el Marvel posterior. En términos económicos, una estrella es la que vende entradas sólo con su nombre.

No estamos ya en la época clásica de Hollywood, cuando el cine convertía en estrella a una figura; hoy es al revés, y el cine requiere de estrellas ya no para hacer dinero, sino para sostenerse.

Es cierto que hay excepciones, pero una película para gran público requiere de nombres grandes. Y aquí llegamos a un problema: ¿Qué estrellas podrían hacer por el cine argentino lo que Checco Zalone por el italiano? No es el único: ahí están Luigi Calagna y Sofia Scalia (protagonista de la serie de películas infantiles Me contra te, todos éxitos); Luca Marinelli (el nuevo Diabolik, megaéxito en la península) o la protagonista del suceso Siempre nos quedará el mañana, Paola Cortellesi. Hay más: en España está Santiago Segura (siempre suma, este año con Padre no hay más que uno 5), el juvenil Gabriel Guevara; Mario Casas (especialista en policiales) o los sempiternos Javier Bardem y Penélope Cruz.

Ricardo Darín en Argentina 1985, dirigida por Santiago Mitre

En cambio, aquí tenemos un gran problema. ¿Darín o Francella? Quizás entre los directores se podrían sumar Campanella y la dupla Cohn-Duprat. Dicho en criollo, hay muy pocas estrellas. No es que todo el cine las necesite, pero para que funcionen las películas más personales y arriesgadas, se necesita también que el gran público vaya a las salas. Es notable, de paso, que haya pocas estrellas femeninas.

Algo sucedió en todos estos años que disolvió el poder de los grandes nombres. Hubo un tiempo en el que Pablo Echarri o Leonardo Sbaraglia (recordemos Plata quemada, el mejor film de Marcelo Piñeyro) llevaban público por estar en la película. Hoy, no. ¿La sobrepolitización, quizás? Puede ser: nunca pasaron por una crisis más severa las estrellas de Hollywood como durante el macartismo, e incluso hoy, con los discursos anti-Trump.

Las mujeres del film Belén: Julieta Cardinali, Dolores Fonzi, Camila Plaate y Laura Paredes en San Sebastián, en 2025

Porque el gran público necesita que las estrellas sean encarnación de sus deseos y temores, pero también que sean un puente fuera de la realidad cotidiana. Lo sabía muy bien Edgar Morin, que escribió un libro magnífico al respecto llamado, justamente, Las estrellas de cine (de hecho, fue su tesis). Y falta: la Argentina basó durante muchos años el star system en la televisión, pero ya no funciona. ¿Dónde están las estrellas de mañana, que puedan atraer al público? ¿Dónde hay que mirar, buscar ese carisma, ese aura -término vuelto a poner de moda- que nos lleva a comprar una entrada? Sin ese desarrollo, es bastante difícil para un cine no basado en franquicias o fantasías desarrollarse.

Es cierto, también están los géneros (el terror tiene un público fiel) pero si se conjuga con nombres atractivos, se potencia: van los que aman los sustos y los que aman a las estrellas. La comedia vende bien, siempre necesitamos risas. Si confiamos en un comediante que siempre lo logra, bingo. Lo mismo con el suspenso, o con cualquier gran historia: queremos que la vivan esos personajes que, en la pantalla, son más grandes que la vida.

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