“Lujos cognitivos”: opciones para un renacimiento analógico en la economía de la atención

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Ni desfiles, ni cócteles de alta sociedad, ni eventos tradicionales con figuras famosas: en los últimos dos años la marca de lujo Miu Miu, una de las etiquetas de más crecimiento en el segmento de alto poder adquisitivo, centró su estrategia de marketing alrededor de “clubes de lectura”, primero en la primavera de Milán y en noviembre pasado en Shanghái, China. Cientos de clientes entusiastas y vestidos de colores pastel se acercaron a un salón en el barrio de Jing’an para escuchar charlas de escritoras curadas por Miuccia Prada, con intervenciones musicales y lectura de poesía.

En 2025, otras marcas de lujo se subieron a la tendencia y hay más clubes de lectura asociados a modelos conocidas y diseñadores que imprimen fragmentos de novelas célebres en vestidos y bolsos.

En el año en el que, según algunas estadísticas, ya en promedio estamos más tiempo frente a pantallas que durmiendo, con el consiguiente deterioro en nuestra capacidad de atención, la lectura y otras formas de gimnasia cognitiva pasaron a ser un “nuevo lujo”.

El tema de lectura y negocio de los libros es paradigmático: las estadísticas de lectura indican que la población mundial lee menos cada año, en buena medida por la competencia de atención que presentan las redes sociales. “Pero aquellos que lo hacen lo valoran más, se focalizan mejor y están dispuestos a pagar más por una buena experiencia de lectura”, asegura un informe de la consultora Bain firmado por Nicole Magoon, Laurent Colombani y Daniel Hong y titulado “Un artefacto único de magia portátil: por qué la industria editorial tiene esperanza”. Es una referencia a la famosa frase “a uniquely portable magic” que utilizó Stephen King para describir a los libros y que también usó Irvin Kershner —director, entre otras, de El Imperio Contrataca— para referirse al cine como una forma de magia que se puede transportar, reproducir y compartir en cualquier lugar.

Pero volvamos a los libros. El informe de Bain sostiene que más del 70% de los consumidores rechaza los textos hechos con IA (a los que detectan muy fácilmente) y que la experiencia de lectura es un fenómeno bastante insustituible, por lo que es posible –con una profunda reconversión del negocio- salir de la trampa del estancamiento (o en el mejor de los casos de crecimiento de un dígito) en la que están atrapadas las editoriales desde hace dos décadas. Esta reconversión recomendada incluye automatizar las tareas administrativas, formar comunidades de lectores más fuertes y gestionar mejor las franquicias de propiedad intelectual para series y películas. (Todo muy fácil de decir o escribir, más difícil de hacer).

Este fenómeno de “la vuelta de la lectura” (en intensidad y foco, no en cantidad) también tiene sus críticos. Semanas atrás, el ecuatoriano Andrés Elías, un estratega político y autor de varios libros que vive en México, escribió en redes: “Estamos confundiendo leer con consumir libros. El fenómeno del binge reading —leer mucho, rápido y exhibirlo— no es una victoria cultural. Es la aplicación directa de la economía de la atención a la literatura”.

La neurocientífica Maryanne Wolf lleva años advirtiéndolo: entrenar al cerebro en lectura rápida debilita los circuitos de lectura profunda, los mismos que sostienen la empatía, la inferencia y el razonamiento complejo. No se destruyen, pero se atrofian por desuso. “A esto se suma la presión del número: ‘Si no lees X libros al año, no eres buen lector’. Ese marco desplaza la motivación intrínseca y activa dopamina social (estatus, validación, pertenencia). La lectura deja de ser exploración cognitiva y se convierte en performance”, completa Elías.

En Estados Unidos, el porcentaje de adultos que lee al menos un libro al año cayó de 57% en 2012 a 48% en 2022–2023. En 2025 hubo varios artículos que dieron cuenta de que distintos departamentos escolares del país habían dejado de incluir en sus programas libros completos (sólo fragmentos) porque ya no hay manera de sostener la atención en niños y adolescentes para terminar una novela o un ensayo de no ficción completo.

Científicos y divulgadores como Anne-Laure Le Cunff (neurocientífica) o Mary Harrington (periodista inglesa) vienen escribiendo e investigando sobre un “renacimiento analógico” en sectores de la población a los que ya les cayó la ficha de lo costosa que puede resultar la adicción a redes y pantallas. Le Cunff destaca el boom de clubes de lectura, la vuelta de los encuentros y citas cara a cara (sin intermediación de plataformas digitales) y los retiros y rituales “sin pantallas” que comenzaron a proliferar.

Para sacarle el máximo jugo al “renacimiento analógico”, la neurocientífica propone “experimentar con hobbies predigitales, elegir cuando se pueda encuentros cara a cara, diseñar rituales y tiempos diarios sin pantalla innegociables o agendar llamadas durante una caminata en lugar de Zoom o Meet”. Y añade: “Este renacimiento no implica rechazar la tecnología, pero sí usarla de manera más intencional”.

Harrington publicó en agosto una columna en el New York Times con mucha repercusión, titulada “Pensar se está convirtiendo en un lujo”.

Con el actual ciclo de transformación se habla cada vez más de un “efecto Flynn negativo”. El “efecto Flynn”, nombrado por el investigador James R. Flynn, describe el fenómeno observado durante gran parte del siglo XX: los puntajes de coeficiente intelectual aumentaban constantemente de generación en generación en muchos países del mundo. Fundamentalmente, gracias a las mejoras en nutrición, en educación, en los sistemas de salud pública y gracias al aumento de la complejidad cognitiva del entorno. En lo que va de este siglo esta tendencia se revirtió.

“La concentración humana y nuestras habilidades verbales y numéricas están en caída libre. Las causas son muy fáciles de identificar, pero en realidad no nos hemos puesto a diseñar ninguna solución para revertir el curso actual de esta tendencia. En cambio, continuamos creando infinita cantidad de contenido que aumenta el confort de este estado de las cosas”, escribió Stefano Bernardi en su muy buen newsletter «Unruly Futures».

La buena noticia es que las posibilidades de cultivar el “renacimiento analógico” son infinitas y no se limitan a la lectura. Pueden incluir aprender alguna nueva habilidad, armar rompecabezas, jugar al ajedrez o a juegos de mesa, armar un cubo Rubik, practicar un nuevo idioma, etcétera. La bióloga y divulgadora Guadalupe Nogués, por ejemplo, explora un nuevo idioma cada año: además de tomar clases se propone ver series en ese idioma y arma su lista de canciones en Spotify también de manera acorde.

Y, por supuesto, meditar. Para la neuróloga Lorena Llobenes, las prácticas de meditación se volverán mandatorias en poco tiempo por la crisis de salud mental que se acelera y dejarán de ser una resolución liviana de fin de año de “algo que nos gustaría empezar a hacer en algún momento”.

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