Hay historias que no terminan cuando termina una guerra. Historias que quedan suspendidas en el tiempo, como si una parte de ellas se negara a cerrarse. La de Renato Ruiz, nacido en Castelar pero radicado en Mendoza, es una de esas. Durante más de 40 años, guardó en su memoria el rostro de una joven enfermera que, en medio del dolor más profundo, lo ayudó a salir adelante. No sabía dónde estaba, ni qué había sido de su vida. Pero nunca la olvidó.
Una fecha grabada en el cuerpo
El 9 de junio de 1982 es una fecha que no necesita anotar en ningún calendario. La tiene grabada en el cuerpo. Y en la memoria.
“Aquel día, estando en Malvinas, salimos con un compañero a buscar turba por última vez a un lugar donde prácticamente ya no quedaba nada, y fue en ese momento cuando tuve la mala fortuna de pisar una mina antipersonal argentina que estaba en el lugar, lo que provocó la explosión y me dejó gravemente herido”, reconstruye, con una claridad que impresiona.
La escena siguiente es puro vértigo, pero también compañerismo.
“Recuerdo que mis propios compañeros, los que estaban en las secciones cercanas, me levantaron, me pusieron en una camilla y me trasladaron unos 200 metros hasta un camino donde podía llegar la ambulancia, que había sido avisada por radio, y desde ahí ya me llevaron directamente al hospital militar en las islas”, cuenta.
Lo que vino después fue la primera gran batalla personal.
“Me operaron de urgencia, me amputaron la pierna derecha por debajo de la rodilla y también tenía heridas en la pierna izquierda producto de las esquirlas de la explosión. Horas más tarde, después de haber sido intervenido, me desperté ya arriba de un avión Hércules que me trasladaba al continente”, relata.
Ese vuelo, incluso, tuvo su propia tensión.
“El avión había sido detectado por fuerzas británicas, entonces no podía volver por el mismo lugar, tuvieron que hacer una maniobra larga hacia el sur, parar en Río Grande para cargar combustible y recién después seguir hasta Comodoro Rivadavia”, explica.
Ahí comenzó otra etapa. Menos visible, pero igual de dura.
“En Comodoro me atendieron en un hospital de campaña, donde una enfermera me cuidó toda la noche, y al día siguiente me trasladaron al hospital regional, donde ya había un sector preparado especialmente para todos los que veníamos heridos de la guerra”, dice.
Luego vendría el Hospital Militar de Campo de Mayo. Y ahí, el tiempo se detuvo.
“Esa fue mi cama prácticamente desde el 11 de junio hasta el 19 de octubre del 82, meses en los que tuve que empezar a asumir todo lo que me había pasado, a recuperarme físicamente, pero también a tratar de salir adelante desde lo emocional”, cuenta.
“El pabellón estaba lleno; demasiado lleno”
“Éramos muchos, muchísimos, con diferentes heridas, amputaciones, quemaduras, y en ese contexto lo que tratábamos de hacer era darnos ánimo entre nosotros, porque la verdad es que todos estábamos atravesando situaciones muy duras”, recuerda.

Y en medio de ese escenario, llegaron ellas.
“En los primeros días de julio aparece un grupo de enfermeras muy jóvenes, chicas de entre 18 y 23 años, la edad que teníamos nosotros, y venían a hacer sus prácticas. La escuela de enfermería militar se había creado ese mismo año, y la realidad es que toda la experiencia que adquirieron fue con nosotros”, dice.
Entre todas, hubo una que quedó para siempre: Noemí Julio, una enfermera entrerriana.
“Con Noemí hicimos una relación muy especial, muy cercana, porque ella era la enfermera que nos habían asignado a un grupo de seis soldados, y amistad.
“Recuerdo que una noche le tocó quedarse de guardia y nos quedamos charlando durante mucho tiempo, yo le conté mi historia, mi vida, y ella me habló de su familia, de su pueblo en Entre Ríos, de sus sueños, y realmente me encontré con una persona increíble, con una calidez humana que no era común”, dice.
Pero la guerra terminó. Y la vida siguió.
“Cuando me dieron el alta mejorado y me fui del hospital, no volví a saber nada más de ella, porque en esa época no había forma de mantener el contacto, no había teléfonos como ahora, ni redes sociales, entonces se fue perdiendo todo”, cuenta.
Rehacer su vida y una búsqueda latente
Pasaron los años. Muchos años.
Renato rehízo su vida. Formó su familia y lo atravesó otra hermosa historia: se casó con Bibiana Elizabeth Policelli, una mendocina que le escribía cartas mientras él seguía herido en el hospital de Campo de Mayo. Tuvo tres hijos y hoy tiene un nieto. Aprendió a convivir con su nueva realidad. Pero esa historia quedó abierta.
Hasta que un día decidió buscar a esa enfermera.
“Cuando apareció Facebook, empecé a intentar ubicarla, pero no la encontraba por ningún lado, hasta que en agosto de 2020, revisando la lista de amigos de un veterano conocido, veo su nombre y no lo podía creer”, recuerda.

Le escribió.
“En cuestión de una hora y media me respondió, me dijo que sí, que era ella, que se acordaba perfectamente de mí, me pidió mi número de teléfono y me llamó. Estuvimos más de una hora y media hablando, poniéndonos al día después de tanto tiempo”, cuenta.
El reencuentro ya estaba en marcha.
“Yo tenía planificado un viaje por la Ruta 40 y decidí que al regreso iba a pasar por Comodoro Rivadavia para conocerla, porque ella vivía allá, y la verdad es que los dos estábamos muy ansiosos por ese momento”, dice.
Y finalmente llegó. Ya no eran los jóvenes de entonces. Eran abuelos con la vida hecha.
El reencuentro y una amistad inquebrantable
“Nos reencontramos el 16 de enero de 2022 en su casa, junto a su esposo Luis, que nos recibió de una manera increíble, y la sensación fue que, a pesar de los 40 años que habían pasado, seguíamos siendo los mismos de aquel entonces”, relata.

Se quedaron tres días.
“No quisieron que fuéramos a un hotel, nos quedamos con ellos, compartimos todo, hablamos muchísimo, recordamos, nos emocionamos, y fue una experiencia realmente muy fuerte, muy linda”, dice.
Para él, hay algo que nunca cambia.
“Siempre les voy a estar agradecido, a ella y a todas las enfermeras, porque más allá de que no tenían experiencia, aprendieron todo con nosotros y lo hicieron con un compromiso y una humanidad que fue fundamental para que nosotros pudiéramos salir adelante”, asegura.

Para Noemí, el sentimiento es el mismo.
“Siempre doy gracias a Dios y a la vida por haberme dado la alegría de reencontrarme con quienes fueron mis pacientes, porque durante muchos años lo único que deseaba era saber que estaban bien, que habían podido rehacer sus vidas”, cuenta.
Y agrega, con emoción:
“El día que volví a ver a Renato y supe que estaba bien, que tenía una familia hermosa, sentí que se cerraba una etapa muy importante de mi vida, una etapa que había quedado abierta durante tantos años”, reflexiona.
Hoy, el vínculo sigue intacto.
Se hablan con frecuencia. Se visitan. Desde aquella primera vez, pudieron reencontrarse varias veces más: luego de Comodoro Rivadavia, en Mendoza y más tarde en Sarmiento (Chubut).
“Esto no tiene precio, para mí es una felicidad enorme poder compartir con ellos, con sus familias, sentir ese cariño, ese agradecimiento, que es mutuo”, dice ella.
Renato lo resume a su manera.
“Creo que todos los que pasamos por ahí sabemos lo que hicieron estas mujeres, que hoy son señoras, abuelas, pero que en ese momento fueron fundamentales para nosotros, y yo siempre voy a estar agradecido a la vida por haberlas puesto en mi camino”, concluye.

La historia de Renato y Noemí nunca terminó. Y lo que nació en medio del dolor, en un pabellón lleno de heridas y silencios, sobrevivió al tiempo, a la distancia y a la vida misma.
