Jugada maestra: Glenn Powell se luce en un relato que coquetea con el humor negro y la crítica al poder económico

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Jugada maestra (How to Make a Killing, Estados Unidos, Reino Unido/ 2026). Dirección: John Patton Ford. Guion: John Patton Ford, Robert Hamer, John Dighton, Roy Horniman. Fotografía: Todd Banhazi. Música: Emile Mosseri. Edición: Harrison Atkins. Elenco: Glen Powell, Margaret Qualley, Ed Harris, Jessica Henwick, Topher Grace, Bill Camp, Zach Woods, James Frecheville, Raff Law, Adrian Lukis, Bianca Amato. Duración: 105 minutos. Calificación: solo apta para mayores de 16 años. Distribuidora: Diamond Films. Nuestra opinión: buena.

Becket Redfellow (Glen Powell), gris empleado en una sastrería, sin demasiadas posibilidades de crecer, tiene la frustración de saber que, si quisiera, podría ser multimillonario. Su madre, de joven se enfrentó a la familia y fue desterrada del imperio financiero en torno a su apellido. Sin embargo, una cláusula irrevocable en el testamento de su abuelo dice que, si una serie de parientes muriera o desapareciera, la línea sucesoria se volcaría a su favor. La fantasía de venganza por haber sido ignorados durante tantos años, sumado a la posibilidad de cambiar su vida para siempre, reconfigura la cabeza del protagonista: ¿Por qué no ejecutar una sucesión de asesinatos “accidentales” de sus parientes, y quedarse con toda la fortuna que, por derecho, le pertenece?

Jugada maestra, dirigida y escrita por John Patton Ford, rescata del olvido en clave de remake, un film olvidado de la década del 50, protagonizado por Alec Guinness y conocido aquí con el título de Los ocho sentenciados. Quienes recuerden aquella, verán cómo esta nueva versión lleva el esquema original hacia la sátira, el humor negro y a una cierta crítica al poder económico, intocable y todopoderoso. Ejercicio que logra a medias, apelando a una serie de premisas que luego desaprovecha.

La sucesión de crímenes ejecutados por el protagonista se encuadra dentro de escenarios que funcionan como descripción hedonista del universo que busca delinear. Así se representa de manera bastante evidente el contraste entre la necesidad de Beckett y el disfrute vacío de aquellos allegados que tuvieron mejor suerte que él. En este sentido, la historia aprovecha para trazar una línea entre farsa y crueldad, para luego divertirse haciendo equilibrio en ella, entre algunos momentos dramáticos, otros mordaces, y varios innecesarios.

Margaret Qualley en Jugada maestra

Pero el formato rápidamente se agota y, conforme se suceden las muertes, va perdiendo atractivo. Los objetivos quedan a la vista, y el menguante interés termina concentrándose en el carisma del protagonista. Glen Powell, amo y señor de la propuesta, se mueve cómodo en un papel de simpático y a veces turbio estafador, registro que bien podría haberle calzado a Cary Grant, en su época de esplendor. Aparece también por allí Julia (Margaret Qualley), caprichoso, inescrupuloso y manipulado amor de la infancia de Beckett, que funciona como una suerte de espejo del protagonista: una mujer que actúa sin remordimientos, mostrando un reflejo de su lado más oscuro. Este esbozo de dilema moral, sin embargo, nunca termina de explotarse, dejando a la chica en un segundo plano y poniendo el foco en la repetitiva sucesión de elegantes asesinatos, rubricados por la canchera media sonrisa del ejecutor.

Jessica Henwick en Jugada maestra

La propuesta tiene una entretenida primera mitad, donde las motivaciones del protagonista, lo desagradable de sus parientes y lo absurdo del plan aportan a construir en el espectador el interrogante sobre “qué va a suceder”. Sin embargo, conforme se acerca a su conclusión, el relato decae, víctima de la falta de credibilidad que nace de su propio punto de partida. Tanto así, que hasta se ve perjudicado el final, que busca una moraleja sarcástica que nunca encuentra, quedando a mitad de camino entre lo que pudo haber sido y lo que fue.

Jugada maestra se deja ver. Es una película entretenida, de esas que pueden salvar una lluviosa tarde de domingo. Pero una vez concluida, queda la sensación de que sus responsables querían construir un retrato de cierta reflexión sobre los ricos, la impunidad hereditaria y los privilegios. Retrato que, lamentablemente porque los elementos estaban, no se atrevieron a pintar.

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