Las luces del teatro están encendidas. El escenario del Lola Membrives muestra dos sillas y de fondo un ring. El mismo en el que cada noche da pelea Rocky, una de las obras más vistas de la Argentina, de la que junto a Nicolás Vázquez, es parte fundamental. Gustavo Yankelevich sabe dar pelea en el más amplio de los sentidos.
Durante los ’90 gestó Telefé, el canal de televisión más visto del país. Le dio una identidad, una mística y un estilo indiscutible. Lo hizo desde la forma y el fondo. Grande Pa, Amigos son los amigos, Mi cuñado, Los Benvenuto, Jugate conmigo, Susana, Tinelli, son solo algunas de sus creaciones. Su pasión por el showbiz le corre por las venas al punto que Jaime, su abuelo, fue el pionero de la radio, y Samuel, su papá, de la televisión de la Argentina.
A los seis años jugaba entre los distintos sets y ya de adolescente era fanático de estudiar horarios, audiencias y contenidos. Luego fue productor y durante los ’90 se convirtió en el líder indiscutido de la TV argentina quebrando récords de ratings. Un cetro que mantuvo a lo largo de los años hasta que decidió crear su propia compañía: RGB Entertainment, una firma que mantiene en esencia los tres colores que marcaron su carrera, y que acaba de estrenar Annie en el teatro Broadway.
Yankelevich no es solo un productor. Es un estratega que piensa con la cabeza pero decide con las tripas. El que a las tres de la mañana, en un avión de regreso de Cannes, se despertó y cambió toda la grilla de programación para poner a Los Simpsons donde nadie los hubiera puesto. Pero también es un hombre sensible. Alguien que no cree en las casualidades y al que la vida lo llevó a sentir en distintos planos. La muerte de su hija Romina y la de su nieta Mila lo pusieron frente a preguntas que ningún éxito profesional puede responder. Y sin embargo, encontró la manera de salir adelante y ayudar a otros a levantarse en los momentos más difíciles.
En esta nueva edición de Hacedores que inspiran, de LA NACION + EY, un creador que lleva más de cincuenta años transformando el entretenimiento argentino y que hoy, desde el teatro, explica mejor que nadie porqué la función siempre debe continuar.
-¿En qué momento el camino te dijo que la música iba a ser tu primera señal?
-Yo no lo tenía claro. Decía que fue por casualidad, pero después aprendí que la casualidad no existe. Tenía unos amigos que hacían música y tocaban en un boliche, y mi papá en el año 67 era presidente de Telecenter, la productora de Canal 9. Me pidieron que viera si podían ir al canal. Hablé con mi papá, me dio el nombre de un productor, fuimos a hablar con él y nos dijeron que vinieran a hacer una prueba. Resulta que cuando fui a buscar a mis amigos, me dijeron que no podían. Uno estaba estudiando, el otro no sé qué. Pero como había ido con otro amigo que me dijo que tenía un grupo que sí quería, pasamos por el ensayo y eran ellos: Conexión Número 5, aunque todavía no se llamaban así.
-¿Vos les pusiste el nombre?
-No, surgió de ellos. Y a partir de ahí estaban con un hambre de gloria impresionante. Fuimos al canal, funcionó, empezaron a hacer programas simultáneamente con su primer disco. Se llamaba “Hazme una señal” y era en inglés, hacían covers.
-¿Qué te genera volver a esos orígenes?
-En esa época tenía 17 años, el estudio no me cerraba…Apareció esto, y como les iba muy bien, me dijeron que querían que fuera su manager. Yo les dije que no entendía nada, y me dijeron “nosotros tampoco, así que empecemos todos de cero”. Y así me quedé en el entretenimiento.
-Hay un dato interesante que se da con los Hacedores: no todos fueron grandes alumnos, pero cuando tu papá te decía “dejá de mirar televisión, andá a estudiar”, en realidad ya estabas estudiando lo que después fue tu vocación.
-Yo eso lo digo con cierto humor. Miraba televisión todo el día y mi papá decía “o estudiás o trabajás, no quiero un parásito en mi casa”. Yo tenía quince años. Después me di cuenta de que ya estaba trabajando. Todo lo que vi en los años sesenta, la época de Goar Mestre en Canal 13, el mismo Romay en Canal 9, después lo apliqué cuando estuve en Telefe. Los horarios, los géneros, en qué franja iba cada programa. Yo estaba trabajando cuando mi papá creía que estaba vagando. No iba al canal como cholulo, iba porque me apasionaba. Entraba por seguridad diciendo “vengo a ver a mi papá”, y no iba a verlo. Me iba a los estudios, me quedaba viendo cómo grababan, conocía a todos los técnicos. Cuando me iba para casa, pasaba por la oficina de él y le dejaba un mensaje a la secretaria para que le dijera que había pasado a saludarlo. Como siempre estaba con gente, nunca lo saludaba, pero yo blanqueaba que había ido. Vi mucho, muchísimo, y me fui formando sin saberlo.
-¿Cómo te das cuenta cuando alguien es realmente distinto?
-Es como un don. No puedo decir que tengo una inteligencia superior, tengo un don, lo veo naturalmente. Y cuando tengo la bendición de hacer un éxito, lo primero que pienso es que me tiene que gustar mucho a mí. Y ahí estoy, casi convencido de que le va a gustar a la gente.
-Hablemos de Mesa de Noticias.
-Fue un antes y un después en mi vida como productor. Primero fui productor en el 79 de “Los Hijos de López”, un programa de Hugo Moser, muy complejo. Se terminaba de grabar a las 17 o 18 horas para salir a las 20, porque Moser esperaba la quinta edición del vespertino y con eso escribía de actualidad. Estabas en tu casa viendo una comedia y estaban diciendo lo que vos todavía no habías leído en el diario. Después pasé a Canal 13 y ahí me llamó Carlos Montero. Toda mi vida lo admiré, hoy puedo decir que lo amo. Es el más grande de todos, fue mi gurú y sigue siendo mi gurú. Me dijo que quería que hiciéramos un programa juntos, y eso fue Mesa de Noticias.
-¿Por qué fue un punto de inflexión?
-Porque era un programa muy difícil de hacer y fue un éxito enorme, con una cabeza brillante como Juan Carlos Mesa y un elenco extraordinario. Arrancamos a la noche contra los noticieros. Éramos un noticiero con toques de humor, y el rating nos iba mal. Mesa y yo formamos una dupla maravillosa y dijimos: así no podemos seguir. Lo que queríamos hacer era un programa de humor con toque de actualidad, exactamente al revés. Fuimos a hablar con Montero y le dijimos que queríamos cambiar. Carlos nos dijo: “háganlo rápido, porque el mes que viene nos levantan”. Y no era que lo pensaba, ya se lo habían confirmado desde el canal. Cambiamos de un día para el otro. Mesa escribió con comedia, los personajes pasaron a la comedia, y empezó a levantar, a levantar. Estuvimos cinco años al aire.
-En ese camino aparece Fernando Bravo, con quien compartiste muchos años y proyectos. ¿Cómo fue tu primera incursión en la radio de su mano?
-Fernando es amigo de muchísimos años. Hicimos mucho juntos: televisión, Mesa de Noticias, Siglo XX Cambalache. Él era la cara del noticiero y yo le dije que quería que fuera la cara de Mesa de Noticias. Me dijo que no podía hacer eso, pero lo hizo y fue extraordinario. La radio llegó de otra manera. Fernando tenía un programa y se iba a Mar del Plata, donde yo tenía una obra de teatro. Me preguntó si le quería producir el programa. Yo nunca había producido radio, no lo sentía para nada. Y el que produce radio, por lo menos, tiene una agenda importante. Yo no tenía agenda, no tenía nada. Al final terminé siendo el que llamaba por teléfono. Me dijo: “vení, hacemos la radio juntos y Mesa a la noche en el teatro.” Y yo, que tenía una moto, terminé yendo a comprar las facturas para traérselas a la producción. Esa fue mi incursión en la radio.
-Hablemos de Telefe. Tomaste un canal que no tenía identidad, estaba entre los últimos, sin marca, sin concepto, sin estrellas, y lo convertiste en el canal líder de los noventa. ¿Cómo surgió el nombre?
-La sociedad que se presentó en la licitación era Televisión Federal S.A. Entre los accionistas había gente muy allegada a la religión católica, y cuando tuve que proponer el nombre y dije “Telefe”, me miraron y me dijeron que no. Ellos tenían desde hacía mucho tiempo el concepto de Televisión Federal, una cadena de emisoras de todo el país. A ellos no les sonaba Telefe por “fe”, y a mí me sonaba exactamente por eso. Les dije: “para ustedes es Televisión Federal, para mí es fe”. Y al final dijeron que sí. Creo que les cayó bien lo de la fe.
-David Ratto, uno de los grandes publicistas, te preguntó una vez si habías soñado llegar hasta acá. ¿Qué le respondiste?
-De ninguna manera. Soñar es una forma de fantasear, pero nunca pensé que podía llegar a armar un canal de televisión. Y cuando digo armar, lo digo en forma personal, porque nadie hace nada solo. Ratto me lo demostró desde el primer día. Me llamó a las 21 horas, me dijo que esperara, que venía para el canal. Me encontró bajando por una escalera interna. Venía con un sobre de papel madera, adentro un cartón. Me dijo: “te quiero mostrar el logo de Telefe”. Sacó tres redondeles de colores, achatados, planos. Le dije: “David, esto es de un circo. No me podés venir hasta acá a esta hora para traerme esto”. Me miró y me dijo: “yo te seguí en todas, seguime en una”. Y le dije: “te sigo”. Nunca imaginé que ese cartón iba a tomar la vida que tomó. Fueron tomando forma, cuerpo, y después tomaron vida las tres pelotas de Telefe.
-Pero son pocos los que en un avión van pensando que Los Simpsons tienen que cambiar de horario porque la van a romper. Contame eso, lo del avión y Los Simpsons.
-Yo me considero un estratega. Las estrategias las armo con la cabeza, pero las decisiones las tomo con las tripas. Todos los años me iba en abril a una feria en Cannes. En el avión de ida les pasé la grilla a mis colaboradores, ya recontrapensada, y todos decían qué buena. A la vuelta, eran las tres de la mañana y me desperté de golpe y dije: “no, esto no va acá, acá voy a poner Los Simpsons”. Me levanté, abrí el maletín, agarré una lapicera y cambié la grilla. Eso fue a cinco horas de llegar a Buenos Aires y lanzar la programación. Ahí arrancaron Los Simpsons.
-¿Cómo nació “Amigos son los Amigos”?
-Antes de entrar a Telefe estuve un año como director de programación de Canal 11. Llamé a Carlín Calvo y vino, aunque el canal andaba mal. Hicimos un programa que no funcionó, pero yo sentía que le debía porque había venido a un canal que no caminaba. Cuando entré nuevamente en Canal 11 ya privado, lo volví a llamar. Él trajo a los autores Barrios y Rodríguez. Y para el otro protagonista, Carlos Olivieri fue a buscar a Pablo Rago, que estaba en Canal 13. Ahí se formó la pareja. El título surgió yendo por la Panamericana con Romina y Tomás. Sonó el tema de Queen, “Friends Will Be Friends”, y le pregunté a Romina qué quería decir exactamente. Me dijo: “amigos serán los amigos”. Le dije: “no, amigos son los amigos”. Ella me aclaró que la traducción correcta era “serán”, y yo le dije: “sí, pero yo estoy pensando en un programa y no es serán, son”. Cuando lo dije en el equipo, todos me miraron en pausa. Yo era el director del canal, no sabían qué decir. Hasta que preguntaron: “¿qué quiere decir amigos son los amigos?” Les dije: “no lo vas a entender”. Y quedó.
-¿Cómo surgió “Grande Pa”?
-Yo había visto en Canal 13 un programa que se llamaba “Crecer con Papá”, con Alberto Martín y Lorena Paola. No hicieron muchos capítulos, pero me gustaba. Un día vino Quique Estevanez y me dijo que podía conseguir los libros. Si fuera perro, la cola estaría moviéndose de un lado al otro, pero no le demostré tanta alegría. Le dije: “puede ser, pero solo si Elio Erami me firma que puedo cambiar el título, poner más chicas, hacer los cambios que necesito”. Firmó, y ahí hicimos “Grande Pa”, que llegó a 64 puntos de rating.
-¿Cómo fue el proceso de convertir a Telefe en líder frente a un Canal 13 con figuras como Héctor Larrea y una programación consolidada?
-Fui director de programación de Canal 13 en el año 85, y el canal estaba cuarto. Después fui a Canal 11 y estaba quinto. Siempre me tocaba abajo de todo. Cuando volví a Canal 11 ya privado, también estaba quinto. Tenía más ganas que ideas, pero empecé con las pocas ideas que tenía. Lo que hice como estrategia fue guardar todo el material. En el directorio me preguntaban por qué no emitía las películas que habían comprado. Les decía que estaban guardadas. Estaba armando promociones, armando la grilla, esperando a Tinelli. Guardaba todo para lanzarlo junto y hacer ruido. Lo largamos entre fines de abril y mayo. El domingo 28 de julio del 90 me llamó Romay a mi casa y me dijo: “te felicito, sos primero.” Yo ya sabía que iba a ser primero, ya tenía los números. Y me preguntó: “¿hasta cuándo tenés contrato?” Eso era Romay. Un animal de la televisión, una bestia para trabajar, para crear. Aprendí mucho de él, de lo que sí y de lo que no. Tenía la fuerza y el poder, y si le iba bien con alguien, fenómeno, pero si no, ya te había sacado del otro lado. Pero tenía una pasión por lo que hacía que lo tenía todo el día adentro. En eso éramos parecidos.
-Susana Giménez dice que fuiste quien la llevó a Telefe, y que hoy la ayudás como productor general. ¿Qué tiene ella que la hace tan especial?
-Susana ya es familia. La quiero mucho. Ella tiene un personaje maravilloso, esa cosa ingenua, de equivocarse. Se equivoca de verdad, no lo hace a propósito, pero sabe explotar lo divertido. Ahora, cuando estás con ella a solas, es una mujer muy culta, muy leída, muy inteligente. No por algo se sostiene tantos años.
-¿Qué es el éxito para vos?
-Tomo una frase de Carlos Montero que leí hace muchísimos años en la revista Gente. Le preguntaron qué era el éxito y él dijo: “El éxito es un puchero difícil de cocinar. Te doy a vos todos los ingredientes y te doy a otro los mismos ingredientes. A uno le sale bien y al otro no”. Eso es el éxito para mí.
-Entre tanto éxito vinieron épocas de dolor muy grandes. ¿Cómo fue perder primero a tu hija Romina, y después a tu nieta Mila?
-Nadie está preparado para eso. Romina era el amor de mi vida, mi referente, mi faro. Desde chiquita siempre tenía la palabra justa, la frase justa. Yo hablo de ella en presente, no en pasado. Creo en el otro plano y tengo certeza de que están, de que no dejamos nunca de existir. Pasamos a otro estado, otro plano, y nos volvemos a encontrar. Tres días antes de que ella falleciera, nos encontramos en su casa y hablamos cinco horas. Era impensado, porque normalmente hablábamos media hora, una hora. Siempre me decía que yo hacía visita de médico. Esa charla me resultó normal en ese momento. No me resultó normal cuando a los tres días falleció. Volví a esa charla y era como si me hubiera marcado los pasos que tenía que dar.
Salí como pude. Me costaba levantarme, me costaba bañarme. La manera que encontré para salir era prender la ducha y dejar correr el agua. Como no está bien desperdiciarla, me veía obligado a entrar. Me sentaba a llorar en el sillón del living. Me ayudó mucho Rosella, mi mujer. Pero salí porque tenía que salir: por mis nietos Franco, Valentina y Azul, los tres hijos de Romina, por Tomás, por mi equipo. No me podía quedar quieto. Un mes después, salimos a cenar por primera vez. Estaba lloviendo, paré en un semáforo, apagué el limpiaparabrisas y se produjo una gota que empezó a bajar por el parabrisas. La miré y me empecé a reír, pero con lágrimas. Le decía a Rosella: “Romina está acá”. Ella no me entendía. Cuando fui a terapia y se lo conté a mi psicóloga, ella se dio vuelta, agarró una carpeta y me la puso adelante. Adentro había diez dibujos de gotas de agua que había hecho Romina. Nunca lo supe. Y ahí, entre eso y un sueño que tuve a los cuatro días de su partida, sentí que no la había perdido. En el sueño caminamos por una avenida luminosa, íbamos a un bar. Romina me presentó dos personas que no conocía, que estaban armando un proyecto, escribiendo una comedia. Llegué hasta el bar perfectamente bien, pero había mucha música y ahí me di cuenta de que Romina había fallecido. Dije: “discúlpenme, me tengo que ir, acaba de fallecer mi hija”. Y ahí se terminó el sueño. Cuando se lo conté a mi psicóloga, me dijo: “Romina no te dijo que te quería contar algo. Te visitó y te lo contó. Era esto”. En ese momento supe que no la había perdido.
-¿Y el tema de la radio también fue una buena señal?
-Un domingo salíamos de un restaurante y en el auto empecé a buscar en la radio. No encontraba nada hasta que encontré un tema en Radio Continental: “Si me voy antes que vos”, de Jaime Roos. Manejaba mirando para adelante. En la mitad del tema le toqué el brazo a Rosela y ella me miró con lágrimas. Los dos dijimos: “Romina”. No teníamos duda. Le escribí al director de la radio preguntando qué tema habían pasado. Me respondió que ellos no pasaban música, que me había equivocado de radio. Le dije la hora exacta, el dial exacto. Dos horas después me escribió: “Si me voy antes que vos, Jaime Roos, único tema que pasamos en el día”. En esos días también me ayudaron mucho unos temas de Abel Pintos que eran éxitos en ese momento. Los escuchaba a la mañana cuando me levantaba y me ayudaban a meterme más rápido en la ducha. Se lo dije cuando me lo encontré, años después.
-¿Cómo llegaste al teatro como productor?
-Lo último que hizo Romina antes de morir fue una obra de teatro. Me dijo: “no sabés lo que es, el teatro es lo mío, amo el teatro”. Cuando falleció, me apareció la posibilidad de comprar los derechos de una obra y la compré. Pensé mucho en lo que ella sentía del teatro. Ella lo sentía arriba del escenario, yo lo siento abajo. Siento un amor muy grande por el teatro. En estos quince años estoy feliz de producir obras con derechos que compré en distintos países.
-¿Cómo describís tu relación con Nico Vázquez?
-Tengo la fortuna de haber armado esta alianza con él, que empezó siendo de trabajo y hoy lo quiero muchísimo. Es una persona muy generosa, muy de pensar en el otro, y muy agradecido. Para mí, para ser buena gente, primero tenés que ser agradecido. Una vez escuché a un técnico de fútbol hablar de un jugador y decir “ese es un diferente.” Me encantó ese término. Nico es un diferente. Tiene cabeza y sensibilidad. Cuando tenés las dos cosas juntas, es extraordinario.
-Él te propuso hacer Rocky cuando vos no la veías…
-Sí. Le traje Tootsie a su vida, hicimos dos temporadas maravillosas, y él me dijo que lo próximo que quería hacer era Rocky. Yo no la veía, en Estados Unidos había sido un fracaso. Y me dijo: “sé que no la ves, confiá en mí, la tengo toda en mi cabeza”. Le dije: “entonces no esperás nada de mí, la hacés vos”. Y la hizo. Fue un éxito maravilloso, y es todo de Nico y del equipo. Yo no me robo nada.
-Annie también fue un éxito enorme. ¿Por qué Annie?
-Hace muchísimos años que tenía ganas de hacerla. La vi por primera vez en el año 82, acá en el Lola Membrives. Había venido a buscar dos nenas para Mesa de Noticias, y entre las chicas del elenco elegí dos. Una de ellas era Eleonora Wexler, que tenía ocho años. La carrera que hizo después es notable.
-En ese camino también está Roberto Moldavsky. ¿Cómo llegaste a él?
-Gerardo Rozín me hablaba mucho de Roberto. Él se presentaba una vez por mes en el Club Armenio y yo no coincidía en los días o no estaba en el estado de ánimo. Cuando no iba, tenía que esperar un mes para que se volviera a dar. Una vez se dio y fui a verlo. Hizo un show de dos horas y pico. Yo venía todavía golpeado por lo de Romina, no estaba como para ir a divertirme. Pero me sacó tres carcajadas que no me voy a olvidar en mi vida. No recuerdo de qué eran, pero sí recuerdo los alaridos míos. Dije: si este tipo me saca esto a mí en el estado en que estoy, y yo lo oriento y él me escucha, vamos a hacer algo grande. Hace diez temporadas que estamos juntos y diez temporadas llenando todos los teatros adonde va.
-Hablamos mucho de Romina, pero poco de Tomás. ¿Qué es Tomás para vos?
-Me emociono y no voy a poder decir todo lo que quisiera. Lo amo. Lo que más admiro de él, más que todo lo que hizo en su vida, que es mucho, es la entereza que tiene para sobrellevar la pérdida de Mila. Le pone una garra tremenda. Sé que lo hace por Mila, para que no lo vea mal, lo hace por Sofía, por Inti, y por todos los que lo queremos. Eso me emociona profundamente.
-Para cerrar, cuando se ilumina esta sala y el productor ve que un sueño que tenía tiene a la gente disfrutando y riendo, ¿cómo es esa sensación?
-Es magnífica. Yo siempre supe, aun cuando hablábamos de 64 puntos de rating, que detrás de cada número hay gente. Gente con sus historias. La gente que viene al teatro no sabe que nosotros no tenemos idea de lo que le costó comprar esa entrada, de dónde viene. Una noche, haciendo Piel de Judas con Susana en este mismo teatro, ella no se sentía bien. Tenía dos funciones ese sábado y yo fui al camarín y le dije que suspendiéramos la segunda. Me respondió: “¿tenés idea de que acá viene gente que no sabemos de dónde viene, que fue a la peluquería, que se compró un vestido para venir? Muerta me sacan de acá”. Me paro al fondo de la sala, respiro profundo, y respiro la energía de esa gente. Es como que me los quiero llevar conmigo. Me fascina que tomen la decisión de venir al teatro. Una noche, yendo con Susana a Punta del Este en un vuelo privado, despegamos a las ocho de la noche con el programa en el aire. Le dije: “mirá Buenos Aires, es impresionante, las luces de noche.” Y le dije: “de todas esas lucecitas que están abajo te están mirando a vos ahora”. Me dijo: “ni me lo digas, no lo quiero saber”. Pero es eso. Cada lucecita es una historia.
-¿Cómo fue el día del incendio de Telefe?
-Yo estaba a dos cuadras del canal cuando escuché en la radio que se estaba incendiando. Di la vuelta, dejé el auto y empecé a llamar a todos los productores. El fuego cada vez era más grande. Lo que me importaba era el depósito de tapes. Me tapé la cara, intenté entrar, pero el humo era impresionante. Respirar el humo de un incendio es como una lija. Pero llegué hasta ahí, saqué los tapes con los asistentes y le dije a la productora: “llevátelos a tu casa y que no se te pierda ni uno”. Se llevaron toda la historia del canal. Y hacia los técnicos y operadores: no dejamos de salir al aire ni un minuto. Así funcionamos hasta que, un año y medio o dos años después, pudimos volver al canal.
-Se viene Popstars, veinticinco años después. ¿Por qué ahora?
-Le tengo un cariño enorme a Popstars. Fue lo primero que hice cuando me fui de Telefe. Me encantó porque es darle posibilidades a tanto talento que hay dando vueltas. Fue el formato que logró, sin dudas, sacar artistas muy fuertes que llenaron estadios. Siento que después de 25 años es nuevamente una buena apuesta. Cuando lo hicimos no existían las redes, las plataformas, Spotify, las playlists, y cruzó todas las barreras. Tiene que ver con lo artístico, con el contenido. Y hay alguna chica ahora mismo que va a ver este programa y no sabe que es una de las que va a terminar siendo elegida entre cinco, diez o quince mil. Eso es lo que me maravilla.
-Última pregunta. Si tuvieras que ponerle un título a tu vida, ¿cuál sería?
-No podría ponerle uno solo. Pero luchador, desde ya. Un luchador y un tipo agradecido. Cuando hay agradecimiento, sos buena gente.
