Su casa de Maschwitz, enorme, tiene cuatro entradas, cientos de árboles, flores que acaparan todas las gamas. Hay perros y algún caballo, galerías y diferentes livings donde se sienta, mira el horizonte y, confiesa, ya no se reconoce. “Es que perdí la fe y la alegría. Desde que partió mi mujer [Mercedes López Paredes], con quien viví 67 años, mi vida ya no tiene mucho sentido. Si sigo en pie es porque está mi hija, que es una maravilla, y también tengo una nieta preciosa que vive en España. Además, algo que me resulta increíblemente emocionante: el amor de la gente. No se puede creer lo que me quieren, las cosas hermosas que me dicen cuando me piden fotos. Entonces, más allá del dolor y el enojo, me activo. Y con mis 90 años salgo, hago compras, preparo lindos ramos, armo alguna peluca y hasta atiendo a un puñado de clientas. Pero estoy retirado”, cuenta el peluquero de las grandes divas.
Miguel Romano, que atendió durante décadas a las mujeres más influyentes del país, es un auténtico arcón de anécdotas. Una vida junto a Susana Giménez, Nacha Guevara, Moria Casán, Graciela Borges, Mirtha Legrand y Amalia Lacroze de Fortabat, con quien recorrió el mundo.
–Tu rapidez con las tijeras te llevó a volar con un avión en el que se podía ver la curvatura de la Tierra. Vida de película, sin dudas.
–Fue mi oficio, sí, pero todo lo mágico que me sucedió tuvo que ver con la relación que yo logré con mis clientas, mujeres fantásticas que se transformaron en amigas. Gracias a Amalia [Lacroze de Fortabat] pude volar en el Concorde; con ella hicimos París-Nueva York en poco más de tres horas. Ese avión con diseño inconfundible de nariz inclinada, con ese servicio a bordo tan refinado, fue una experiencia genial. ¡Y después se cayó! La impresión que me dio esa noticia. Porque lo usábamos mucho. Cada 15 días íbamos al departamento de Amalia en París.
–Y los cuentos que te habrás guardado bajo siete llaves…
–Pero eso ni hablar. Soy muy fiel y discreto. Incluso cuando me metieron en un lío que nada tenía que ver conmigo. ¡Hasta estuve unos días preso! ¿Entienden lo que es eso? El nivel de ridiculez. Yo compraba cosas para otra persona, que no voy a nombrar jamás. Era una mujer que robaba. Caímos varios en la trampa pero, obviamente, el nombre que salió a la luz fue el mío. Para mi mujer fue terrible. No puedo explicar el disgusto que vivimos. Pero por suerte todo se aclaró.
–¿Sos rencoroso?
–No, paso la página. Imaginate si me voy a quedar en eso con la vida que tuve. Y desde hace un año y medio la desgracia de vivir sin Mercedes. No me repongo. Estoy esperando que se me vaya el bajón. El 26 de junio serán dos años y ruego que en esa misa algo me suceda, que me vuelva la fe. Yo pido no olvidarme nunca de ella, desde ya, pero deseo que se me vayan esas imágenes terribles que viví en su final.

–¿Intentaste hacer terapia?
–Terapia, curas, lo que se te ocurra. Pero todos me aconsejan lo mismo. Después de tantos años atendiendo más de 20 mujeres por día, casi manejo la profesión. Pero todos los consejos que he dado en mi vida hoy no funcionan en mí.

–¿Tenés proyectos?
–Te diría que solo vivir el presente y esperar que un día me llame el Señor. Pero por otro lado, más que nada en las últimas semanas, me empezó a ilusionar la idea de sacar mi línea de productos capilares. Porque hoy las mujeres se hacen todo en su casa. Ya no se peinan. La moda de estos tiempos va en contra de los peluqueros.

–¿Cómo es eso?
–Se tapan las raíces con tintura oscura. Lo que antes era un horror ahora es moda. Queda esa cosa como de pelo crecido. O se hacen unos claros entre las canas, lo que implica ir a la peluquería cada siglos. Las mujeres ya no se peinan con profesionales. Van todas lacias con la raya al medio. Usan la planchita o se ponen productos para alisar. Por eso digo que en cualquier momento saco mis productos. Sería genial.
–Bueno, ahí hay una luz de esperanza.
–Yo solo describo mi tristeza. Los rituales que ya no existen. Con mi mujer hacíamos las compras juntos. Cosas ricas para toda la semana. También el tema de la ropa, que me encanta. Hacíamos todo de a dos. Ahora tampoco tengo el ritual de la peluquería, que la tengo alquilada. Aunque eso no me importa. Porque por primera vez soy libre. Me encanta sentir a la noche que tengo la agenda del día siguiente con la hoja en blanco. Me aporta libertad. Pero claro, ya no está ella. No podemos disfrutar de esos almuerzos tan lindos, de las charlas.
–¿Quién cocinaba, cómo eran esos rituales puertas adentro de esta casa gigante?
–Ella hacía un arroz con pollo deshuesado fabuloso. Era el hit. Pero en verdad siempre tuvimos cocinero. Lo sigo teniendo. Ahora vivo con mi hija Paola, que es realmente una chica adorable, me resuelve todo, me acompaña al médico, hace los trámites que hacía su madre.

–¿Planeás viajar?
–No, ya viajé mucho. La última vez para llevar las cenizas de mi mujer a España. Ahora me gusta recibir. Pronto vendrá mi nieta Antonella, que vive ahí y es un genio. Sabe cuatro idiomas, es hermosa, muy exitosa.
–¿Seguís en contacto con las divas de tu vida?
–Con Susana hablo todos los días y le sigo haciendo el pelo. Fueron 53 años consecutivos. Lo que pasa es que vive en Uruguay; se arregla y se hace el brushing con una chica. Pero por supuesto la adoro y seguimos juntos. ¡Está bárbara! También con mi querida Nacha Guevara y Moria Casán, que usa sus pelucas fabulosas. A Mirtha y Silvia Legrand también las he atendido, especialmente en épocas del cine. Y gracias al programa de Susana y los invitados internacionales que traía, he peinado a Gina Lollobrigida y muchas otras divas mundiales. Son tantas que ya no me acuerdo.
–¡Y Graciela Borges!
–Claro. Qué mujer tan bella, por Dios. Pero hace mucho que no sé de ella. No sé si se retiró o se dejó crecer el pelo. No entiendo.
–¿Qué significa para vos tener 90 años?
–No lo puedo creer, pero bueno. El sentido de la finitud existe, pero después voy a ver a los médicos y vuelvo contento. Porque de aspecto, aunque ahora decidí dejarme las canas, no me dan esa edad. Es más, cada vez que voy a hacerme un estudio con alguien que no me conoce me dicen: sáquese la dentadura por favor. ¡Pero yo tengo todos mis dientes! Eso es una bendición. Pero también es porque tuve una vida sana, prolija, y una mujer maravillosa que siempre me cuidó. Porque fuimos un matrimonio a la antigua. Nos cuidábamos mutuamente y siempre resaltábamos lo bueno.

-¡Te siguen diciendo Miguelito!
–Ella me llamaba Michael. Tan bella. La conocí en un club donde enseñaban idiomas, y después trabajó haciendo fotonovelas porque fue elegida por su rostro perfecto. También hizo teatro. Yo la pasaba a buscar… Pero volviendo a lo de Miguelito. Sí, la gente me quiere mucho y me llama así cariñosamente.
