Organismos multilaterales: ¿quedarse o salir?

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La decisión del gobierno de Javier Milei de oficializar la salida de nuestro país de la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha derivado en apoyos y críticas diversos, generando debates sobre el alcance de una medida de este calibre.

El abandono del organismo fue oficializado el 17 del mes último, tras un año de haberse elevado la correspondiente notificación. Varias han sido las razones, entre ellas -y tal vez la más destacada- las críticas realizadas a la forma en que la OMS gestionó la pandemia de coronavirus.

Cada organismo ha tenido un motivo para su creación. Cabe recordar que, con el necesario idealismo para evitar el flagelo de una nueva guerra mundial, se creó en 1945 la Organización de las Naciones Unidas. Su objetivo fue fomentar la cooperación y colaboración internacional entre los países sobre la base del respeto irrestricto al derecho internacional y a la Carta de la ONU.

Después de más de 80 años de su creación, la organización sufre un lógico y natural deterioro producto de su evolución y dificultad para adaptarse a los nuevos desafíos del siglo XXI. Su membrecía paso de 51 países a 193, los temas se han globalizado, la inteligencia artificial se ha convertido en un actor disruptivamente sistémico, y países y dirigentes cuestionan el andamiaje institucional y jurídico en vigor.

El sistema internacional definido como anárquico -en cuanto no tiene un gobierno central y capacidad de imposición de las decisiones- requiere así de un compromiso y de una adhesión absoluta a las normas jurídicas internacionales. El derecho internacional se basa en normas objetivas universales que deben ser cumplidas como garantía de una gobernanza por aceptación. Desconocer la universalidad y primacía del derecho internacional en desmedro del voluntarismo subjetivo de dirigentes políticos, implicaría un riesgoso retorno a un estado de naturaleza hobbesiana.

Las Naciones Unidas deben ser reformadas para cumplir con sus mandatos en forma efectiva. Ello conlleva, en primer término, un mayor compromiso con el multilateralismo y, seguidamente, una reflexión estratégica y de largo plazo sobre su reforma a futuro.

Limitarse simplemente a criticar la ONU o a retirarse de sus órganos, agencias o comisiones es erróneo y disfuncional. La ONU no es un gobierno trasnacional, la ONU somos nosotros. Por lo que la frase de John F. Kennedy sigue teniendo validez con una sola modificación: no preguntes qué puede hacer la ONU por ti, sino que puedes hacer tú por la ONU.

En este contexto, preocupa el poco apego que, en los hechos, manifiesta nuestro Gobierno respecto del multilateralismo, como esquema y ámbito de cooperación y colaboración en un mundo global e interdependiente.

El multilateralismo es la necesaria plataforma diplomática presencial y tangible para transitar este complejo siglo XXI. Buscar remplazarla por redes sociales o voluntarismos personales es desconocer el funcionamiento del mundo y las necesidades de “Nosotros los pueblos”, palabras iniciales de la Carta de la ONU.

Las múltiples decisiones contrarias a la empatía y solidaridad multilateral en general y a la ONU en especial rompen un consenso de la política exterior argentina y nos margina a la colectora del escenario global. Entre ellas, la disociación del Pacto del Futuro en septiembre de 2024 –único país miembro de la ONU en hacerlo-; la citada retirada de la OMS; la negación de la dimensión antropogénica del aumento de las temperaturas globales; el distanciamiento de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, del Protocolo de Kioto y del Acuerdo de París; la decisión de no acompañar la Declaración Final del G-20; el rechazo a la Agenda 2030 por razones soberanistas, ignorando que la ONU no constituye un gobierno supranacional y que los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible son meramente indicativos. Y la lista sigue.

Esperemos, por el bien de la República, que esta sangría institucional no avance.

En el año de la conmemoración del nonagésimo aniversario del otorgamiento del Premio Nobel de la Paz al entonces ministro de Relaciones Exteriores Carlos Saavedra Lamas -un gran multilateralista de pensamiento y acción (artífice de la paz en la Guerra del Chaco entre Bolivia y Paraguay)- debe encarrilarse la política exterior en la senda de las nobles tradiciones diplomáticas argentinas.

Para ello es necesario diseñar una política exterior autónoma, con anclaje en nuestros aliados históricos y geográficos y en los principios de respeto al Derecho Internacional y a la Carta de la ONU, el libre comercio, la integración (tal como el acuerdo con la Union Europea) y el rechazo a las prácticas unilaterales, la defensa de los derechos humanos, la lucha contra el terrorismo y la violencia transnacional, una activa diplomacia multilateral, y una renovada y responsable presencia en los organismos internacionales.

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