Un monumento a las polémicas absurdas

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¿Qué sería de Buenos Aires sin el Obelisco? ¿Habría otro punto de encuentro para las grandes celebraciones, los actos políticos, las manifestaciones? ¿Dónde se habrían realizado esos recitales legendarios para cientos de miles de personas? ¿Cuál habría sido el telón de fondo de los festejos del bicentenario de la Revolución de Mayo, en 2010? Y sobre todo, ¿cuál sería hoy el emblema de la ciudad?

Quizás en otro universo, si tal cosa existe, esto no sería un juego de imaginación y el monumento insignia de los porteños ya no está allí. Fue demolido luego de que, el 13 de junio de 1939, el Concejo Deliberante de Buenos Aires aprobara su inmediato derribo por una mayoría de 23 votos a favor y apenas tres en contra. El broche de oro de una ola de “obeliscofobia”; el triunfo de los detractores del monumento que, según ellos, no servía para nada y al que habían bautizado como el “pinchapapeles de acero y hormigón” que afeaba la ciudad. En esa otra dimensión, buscar avenida Corrientes 1066 en Google Maps muestra ahora un también feo manchón de cemento en medio de la avenida 9 de julio.

Pero en nuestro universo, por supuesto, fue otra la historia: el intendente Arturo Goyeneche vetó la ordenanza municipal y el obelisco se salvó para convertirse no solo en orgullo porteño, sino también en el símbolo de nuestras absurdas polémicas. El próximo 23 de mayo se cumplen 90 años de su inauguración, solo tres meses después de iniciada la construcción, signada antes, durante y después por discusiones técnicas y políticas agotadoras que estuvieron a un paso de privarnos de uno de los monolitos más conocidos del mundo.

Es un recordatorio también de viejas controversias que aún hoy siguen sin saldarse; de una ciudad y un país que se debaten permanentemente entre modernidad y tradición, entre lo nacional y lo importado. Construido con técnicas y materiales relativamente novedosos para la época, el obelisco cosechó además una oposición de peso entre algunos de los arquitectos más prestigiosos del momento, que desconfiaban de que fuera hueco y de hormigón armado en lugar de piedra maciza. Hasta lo consideraron “indigno” del lugar que ocuparía en la Plaza de la República, en pleno corazón porteño.

Poco después de inaugurado, en 1938, tras el desprendimiento sin consecuencias de algunas lajas que lo recubrían, también se puso en tela de juicio el origen del material elegido, cemento Portland nacional fabricado por Incor, Compañía Argentina de Cemento Portland, en vez de un producto traído del exterior como se estilaba entonces.

Todo quedó atrás. El obelisco se encamina a festejar sus 100 años en 2036 sin resignar protagonismo, incluso reinventándose con la posibilidad de ascender a su cima a partir del 1° de noviembre del año pasado, una opción que sus creadores nunca consideraron. Imposible imaginarse a Buenos Aires sin él para todos los que crecimos viéndolo como el alma de la ciudad.

No hace falta recurrir a los libros de historia, como hice en este caso con “Obelisco, ícono de Buenos Aires”, de Gustavo Brandariz y Eduardo Zemborain, para encontrar otras feroces polémicas ciudadanas, más acá en el tiempo e igual de inconducentes. Recuerdo, por ejemplo, el debate por el enrejado de las plazas cuyo resultado está hoy a la vista. La diferencia en cuidado, limpieza y seguridad entre las que tienen rejas y las que no, es notoria. El tironeo político por el uso de pistolas Taser por parte de la policía de la ciudad y el retiro de circulación de los coches La Brugeoise, vagones históricos de la línea A del subte, son otros casos de interminables discusiones y tiempo perdido que afortunadamente concluyeron en acciones concretas, pero ¿cuántos obeliscos habremos demolido ya sin darnos cuenta?

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