Beezel, la devoradora de almas (Beezel, Estados Unidos/2024). Dirección: Aaron Fradkin. Guion: Aaron Fradkin, Victoria Fratz. Fotografía: Keelan Carothers. Música: Robot Disco Puma. Edición: Aaron Fradkin. Elenco: Nicolas Robin, Victoria Fratz Fradkin, Bob Gallagher, LeJon Woods, Caroline Quigley, Kimberly Salditt Poulin, Leo Wildhagen, Elise Manning, Sarah Vular. Duración: 81 minutos. Calificación: solo apta para mayores de 16 años. Distribuidora: Lupino Films. Nuestra calificación: regular.
Por lo general -aunque es cierto que hay excepciones-, el cine de terror independiente suele usar a su favor la economía de recursos. Donde el presupuesto no alcanza para costear grandes sustos, la búsqueda se subsana con creatividad. Una puesta en escena cuidada, una fotografía al tono y el ritmo preciso también pueden jugar con la mente del espectador, tenerlo inquieto, acelerarle el corazón o hacerle correr un sudor frío por la espalda. ¿Pero alcanza con lo anterior para decir que el trabajo estuvo bien hecho? En el caso de Beezel, la devoradora de almas, no.
La premisa es sencilla, y siempre funciona: una casa maldita, con una bruja deambulando por el sótano, a la espera de cobrarse una víctima más. Aunque en este caso, la narración se divide en tres tiempos, que tienen al lugar como denominador común.
Luego de una introducción donde, sin que el espectador la vea, Beezel hace lo suyo, aparecen los protagonistas: un hombre acusado de matar a su familia y un camarógrafo contratado por él para registrar su descargo. El punto de partida es interesante, el director Aaron Fradkin trabaja el suspenso desde el encuadre, el fuera de campo, el juego de luces y sombras y el recurso de la cámara de video como punto de vista, hasta que la sucesión de secuencias inquietantes desemboca en un sorpresivo desenlace. Todo funciona y lleva a esperar con ansias lo que viene. Grave error.

En los segmentos que continúan (separados en la ficción por un lapso de años), se pierde esta idea de construcción del suspenso, para apelar a la exagerada recurrencia de mostrar al monstruo en cuestión, de manera torpe, intempestiva y con tan escasa sutileza como para que se note demasiado su cuna digital. El guion también pisa el palito y, de buenas a primeras, dota a los personajes de una suerte inaudita, como para encontrar una linterna con pilas cada vez que quieren aventurarse a un lugar oscuro. O ser lo suficientemente inconscientes como para ponerse en situaciones de peligro sin justificación ninguna. Y claro, Beezel no perdona.
La estructura episódica del film -parecen tres capítulos independientes de una serie, más que una película- tampoco ayuda. Sistemáticamente, todos los habitantes de la casa sufren un destino parecido, volviendo el resultado final cada vez menos interesante, conforme se renuevan los propietarios de la casa maldita y la historia se resetea.

Sí, en cambio, donde se percibe una mano segura de su director es en el uso y manejo del espacio. La casa, con sus pasillos estrechos, habitaciones poco iluminadas, y un sótano al que se accede por puertas pequeñas y peligrosas, se vuelve un personaje más, que comprime la acción entre sus paredes, de manera casi claustrofóbica. La cámara en mano, los encuadres cerrados y los planos cortos favorecen la sensación de encierro. En este caso, la falta de presupuesto es coherente y se alinea con la atmósfera que se quiere transmitir, por más irregular que sea el resultado.
Beezel… tenía mucho potencial para ser una película mejor. En su ADN estaba lo necesario para trabajar la construcción del miedo, a partir de un ente que espera, paciente, debajo de nuestro propio piso, el momento de atacar. Quizás haya sido falta de tiempo, de dinero o de ganas; quién sabe. Lo único que se puede afirmar, con el resultado final en pantalla es que, tal como está, la propuesta se reduce a un puñado de momentos logrados, un diseño de criatura que realmente asusta y una primera mitad promisoria, que rápidamente se desploma hacia un barranco de impacto vacuo y susto fácil.
