El castillo de San Luis que albergaba historias de fantasmas y romances, pero primero fue una gran estancia

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La provincia de San Luis, como Estado, tiene su origen en la fundación de la ciudad del mismo nombre por Luis Jufré de Loaysa y Meneses en 1594. A partir de ese momento se otorgaron títulos reales, denominados mercedes, a los primeros vecinos y pobladores para que se cumpliera, como dice la máxima de Juan de Garay, “abrir puertas a la tierra”.

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En un lugar absolutamente puntano —es decir, lejos de límites provinciales, de grandes desiertos o de zonas donde eran soberanos los ranqueles— existían estancias que habían tenido su origen en esas mercedes. En un cruce de caminos coronados por las sierras del Rosario hay un río, también llamado Rosario, que atraviesa estas sierras de San Luis, donde el señor Carlos Bett, dueño de una gran estancia que se extendía por partes de tres departamentos de la provincia, construyó una toma de agua y un molino que fueron el origen de una cierta prosperidad, no solo para su propiedad sino para la zona, alrededor de 1850.

Con posterioridad, a corta distancia, construyó una gran casa destinada a ser el casco de la estancia, diseñada para ser segura ante la posibilidad de la llegada de malones o de gente armada peligrosa que asolaba los campos. Como la construcción tenía el fin que expresamos, poseía un torreón y muros almenados: era un castillo cuyo aspecto resulta imponente hasta el día de hoy.

El castillo contaba con una protección perimetral que lo circundaba y con distintas construcciones a derecha e izquierda que lo agrandaban aún más.

El segundo propietario, David Daria, también contribuyó a la construcción del castillo. Quien luego fuera presidente de la Nación, el doctor Hipólito Yrigoyen, había comprado algunas tierras que pertenecían a la gran estancia. Más tarde, siendo propietario don Pedro Miguel Mario Garciarena, en 1906, donó muchas hectáreas a la provincia de San Luis para la fundación de lo que luego sería la ciudad de La Toma, capital nacional del mármol ónix, material que abunda en los interiores de palacios e iglesias de la ciudad de Buenos Aires y de tantos otros lugares. Recordemos que por esos campos cercanos al castillo ya había llegado el ferrocarril en 1886, a la estación La Toma.

La gran estancia había despertado, en tiempos lejanos, el interés del general Julio Argentino Roca por sus caballos y mulas. Sabemos que durante 200 años San Luis se preparó para algo que finalmente ocurrió, aquello que San Martín exigió: gente y recursos. Todo lo dio San Luis, quedándose sin nada e indefensa ante los malones y la gente armada peligrosa. La provincia estuvo a punto de desaparecer como Estado; luego soportó una pobreza torturante durante mucho tiempo. En ese desamparo y contexto se erigió el castillo, en lugares donde el rancho de techo de paja y piso de tierra era lo normal hasta bien avanzado el siglo XX. Como decía un gobernante, San Luis era la Cenicienta de las provincias, hasta que, por iniciativa del Poder Ejecutivo Nacional, se logró la Ley de Promoción Industrial basada en la Reparación Histórica, que empezó a tener efectos importantes en la década de 1980.

Detalle de castillo de San Luis

El castillo fue un amparo social para una enorme geografía de la provincia de San Luis en tiempos difíciles. Grandes hechos se realizaron entre sus paredes, y en la hospitalidad de sus dueños encontraron alivio importantes personalidades provinciales, nacionales y extranjeras.

La última figura a destacar entre los dueños del castillo de apellido Fernández fue la señorita Julia Fernández, conocida como la “Niña Julia”, muy querida por toda la descendencia de esa familia, que la recuerda como la tía Julia. Vivió más de cien años y tuvo una historia de amor que ha quedado registrada en el libro Boquitas cerradas, escrito por Nilda Elia Torres de Magnaini, basado en documentación de la época. Estos lugares siempre guardan historias de fantasmas y romances.

Con la muerte de la señorita Julia Fernández comenzó la decadencia del castillo, mientras la provincia de San Luis empezaba a prosperar en la segunda mitad del siglo XX. Por acción de propios y extraños fue desmantelándose: objetos y partes de la estructura del castillo que habían sido traídos de Europa ya no están; solo quedan algunas plantas exóticas en el patio. Apenas se mantiene en pie el torreón, gracias a que los temblores no son tan fuertes en esa zona de Cuyo y a que la gente no es dañina.

El castillo está solo. Cualquier persona puede ingresar en su estructura, que tanto bien hizo en tiempos de gran pobreza en los campos de San Luis, tal como lo informa y denuncia con toda autoridad Polo Godoy Rojo en su libro Donde la Patria no alcanza.

La provincia de San Luis es un Estado mártir y héroe preexistente a la Nación Argentina. El castillo, como símbolo, representa a la producción agropecuaria resistiendo junto a una población campesina que vivió estoicamente allí donde la Patria no alcanzaba.

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