Horacio Vogelfang: “Un trasplante no es un milagro, es el trabajo de muchas personas”

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Todo debía salir bien. No había margen para el error: el fracaso sepultaría para siempre el Programa de Trasplante Cardíaco. La paciente, una niña, esperaba adormecida. Su pecho había sido abierto prolijamente con un bisturí. Su corazón había sido extraído y una máquina externa que hacía circular la sangre la mantenía con vida. El quirófano del Hospital Garrahan estaba listo, veinte personas se movían alrededor haciendo sus tareas. Era un día de octubre de 2000.

Desde su posición en la mesa de operaciones, al margen derecho del tórax de la niña adormecida, el doctor Horacio Vogelfang —que era el líder del equipo— vio que uno de sus colegas se acercaba a la mesa quirúrgica y traía, en un recipiente con hielo, el corazón que debían colocar adentro de la paciente. La instrumentadora lo recibió y se lo alcanzó a Vogelfang. Él lo tomó con ambas manos. Una sensación extraña lo invadió. Había operado miles de corazones, pero nunca había sostenido en sus manos un corazón frío, detenido, fláccido, extraído hacía unas pocas horas de un cuerpo muerto, con la ilusión de que volviera a latir para que otro cuerpo viviera. Este era el primer trasplante cardíaco que se realizaba en el Hospital Garrahan. ¿Realmente volvería a latir ese corazón? ¿Lo haría?

Así es como empieza el libro El corazón en la mano: la historia de vida de un cirujano de trasplante cardíaco infantil, que Horacio Vogelfang publicó en Sudamericana. Allí evoca su infancia en el barrio de La Paternal en la década de 1950, las secuelas de la poliomielitis en una pierna, la carrera de médico, sus aportes como pionero en cardiocirugía infantil de alta complejidad, el primer trasplante, los 60 trasplantes que vinieron después, las carreras contrarreloj para salvar a tantos niños, el Servicio de Trasplante Cardíaco que creó en el Hospital Garrahan, los dilemas, el miedo y el dolor, la épica detrás de cada latido.

Trabajamos cuando hay agujeros entre cavidades que no deben estar”, explica Vogelfang, sobre el arte del trasplante. “Arterias, válvulas tapadas, diminutas, algunas ausentes; porciones del corazón que deben ser reemplazadas por prótesis. Cuando no hay posibilidad de mejorar o corregir al corazón enfermo o con defectos, se recurre a una cirugía más excepcional: el trasplante”.

Vogelfang repasa en detalle el método: los cirujanos usan lentes de aumento para ver con mayor precisión las estructuras sobre las que trabajan, luego cortan y extraen, pero quedan en el cuerpo algunas partes del corazón original (la que conserva las venas que llegan del pulmón con sangre oxigenada, la porción superior de las arterias aorta y pulmonar, y las de las venas cavas). A las piezas originales se les agrega el nuevo corazón. Para eso hay que conectar la arteria aorta –que envía sangre a todo el cuerpo–, suturándola con la aorta del nuevo corazón. Lo mismo con la pulmonar. Las venas y las arterias se cosen entre sí punto a punto, con una cercanía muy inferior al medio milímetro. Se cosen a mano, con portaagujas que sostienen agujas e hilos muy delicados. Solo ese trabajo puede hasta llevar dos horas.

Horacio Vogelfang, médico responsable del primer trasplante cardíaco infantil en el GarrahanPioneros: Vogelfang y su equipo en el quirófano del Garrahan

El Dr. Horacio Vogelfang, acerca de las cardiopatías congénitas (Fuente: Sanatorio Sagrado Corazón)

—Solemos leer sobre las maravillas técnicas que posibilitan un trasplante, pero por detrás de todo eso hay cuestiones que escapan al dominio de los médicos. En su libro, usted reflexiona sobre muchas cuestiones… ¿Se ha detenido a pensar en los significados profundos de cada trasplante?

—Sí, por supuesto. Sabemos qué hay que hacer para que todo salga bien. Pero íntimamente no alcanzo a comprender por qué, en un trasplante, el corazón sale latiendo con un desparpajo y una energía que rompe todos los moldes. ¿Por qué un corazón que estaba detenido de repente vuelve a latir, como si nada hubiera pasado? Son misterios de la vida.

La conversación comenzó hace un rato, cuando Vogelfang recordó aquel primer trasplante, el de octubre de 2000, que hoy parece una aventura necesaria pero arriesgada. El living de su casa va perdiendo color a medida que el atardecer avanza sobre el barrio de Belgrano. Sentado en una mesa, dejando que el café se enfríe, Vogelfang toma ahora un ejemplar de su libro, busca en las primeras páginas y lee la continuación de ese párrafo inicial que recrea el primer trasplante en el hospital Garrahan.

Su voz, que es grave y cadenciosa como la de un sacerdote, sigue las palabras que él mismo puso en el papel: “En ese momento, no pensaba si era fácil o difícil. Si estaba bien o estaba mal que sacáramos el corazón de un cuerpo con muerte cerebral para ponerlo en el pecho de Sabrina. Tampoco pensaba si todo esto lo hacía por las niñas y los niños del Hospital Público; para que ellos tuvieran acceso a semejante complejidad médico-terapéutica. O si lo hacía por mí, para demostrarme que podía y que la parálisis infantil que yo había sufrido no me detenía. Menos aún era momento de dilucidar si esto sería o no un milagro, y en definitiva, de serlo, si yo creía en ello. En nada de eso pensaba. Hacía”.

—Ese es un párrafo emocionante. Usted había dejado de pensar en todas esas cosas para, solamente, hacer lo que había que hacer.

—Sí, había que hacer. Hay cirugías en las que las cosas se complican. Y se complican fuerte, mal… Ponerlo en palabras impresionaría mucho, pero son situaciones en las que yo siento que no hay que dispersarse. Hay que hacer.

“Hay una formación que hace que yo, como médico, no vea la muerte de un paciente como algo inherente a un defecto en mi actividad. Si así fuera, no sería tolerable para mí. Siempre es frustrante, siempre es triste. Con el correr de los años se transformó en una situación que, bueno, yo la sobrellevo, pero no la puedo superar. Me cuesta mucho”

—Si falla el plan A en un trasplante, ¿cuántos planes más tiene el equipo? Plan A, B, C, D… ¿cuántos hay?

—No los tengo ni cuantificados ni estratificados como planes. Hay una estrategia quirúrgica con la que uno va al quirófano, después de haber visto los estudios de los pacientes y sabiendo qué es, justamente, lo que hay que hacer. Es un plan de ruta: como un GPS que te marca por dónde ir en una ruta que ya recorriste miles de veces. Cuando aparecen complicaciones, uno echa mano a recursos que tiene incorporados. De repente pasa algo inesperado y uno responde. Por eso creo que el cirujano que se está iniciando se debe formar con alguien de más experiencia. Para operar yendo paso a paso, haciendo ciertos pasos quirúrgicos y otros no, y así, de a poco, progresar.

Horacio Vogelfang y Gerardo Naiman, los médicos del Garrahan que realizaron el primer trasplante de corazón en ese hospital

—¿Hay un momento de trasplante que sea definitivamente el más delicado?

—Probablemente es cuando uno sutura la estructura de la aurícula izquierda del donante con la de la aurícula izquierda del receptor. Ésta tiene adheridas las cuatro venas pulmonares, que son las venas que van del pulmón a la aurícula izquierda del corazón, llevando la sangre con oxígeno. Esa unión, una vez que se coloca el corazón, queda en la profundidad del tórax con el propio corazón encima. Si eso, una vez completado el implante del corazón, pierde sangre (o sea, si hay sangre entre punto y punto en la sutura), se vuelve una situación muy complicada porque ya tenemos el corazón implantado y latiendo, y hay que ir a una profundidad a la que solamente se puede llegar comprimiendo ese corazón, lo cual lo hace sufrir.

Cronología de un éxito

Octubre de 2000: el primer trasplante está atravesando su fase final y todos en el quirófano se quedan en silencio. La tensión y la expectativa invaden la sala. El barbijo le devuelve a Vogelfang el perfume de la loción que se ha puesto por la mañana al afeitarse. Todos sufren. Suturan primero las partes de la aurícula izquierda del corazón de la donante con la del corazón de la niña adormecida, luego hacen lo mismo con las dos arterias aorta. Y es un éxito: el circuito de circulación adentro del corazón se reestablece.

La sangre comienza a fluir por las arterias coronarias y al cabo de unos segundos el músculo donado empieza a moverse. Cada vez con más fuerza, ese movimiento se va pareciendo al latido normal de un corazón. Vogelfang y sus colegas completan el implante uniendo los cabos de las arterias pulmonares y luego los de las venas cavas. Con eso terminan el trasplante; es decir, el trasplante en sí.

Aún falta revisar las zonas de sutura. Es necesario comprobar si en algún punto hay una fuga de sangre que demande un refuerzo. Un cirujano del equipo se encargará de eso. Con los guantes de látex salpicados por manchas de sangre, Vogelfang le da a ese cirujano y a la instrumentadora un fuerte apretón de manos. Luego se va a un rincón. Allí, al resguardo de la vista de los demás, se abraza con su colega Gerardo Naiman, que lo secunda en el equipo. El primer trasplante de corazón del hospital Garrahan está hecho. El corazón late.

“Me alejé por un momento de la gente”, escribió Vogelfang en su libro. “Fui al vestuario del centro quirúrgico, entré a uno de los baños en los que solo hay un inodoro, cerré la puerta y bajé la tapa. Me senté. Estaba aturdido. No podía dejar que vieran las lágrimas que caían de mis ojos”.

Así culmina otro de los pasajes grandiosos de un libro en el que cada capítulo muestra un trasplante.

Cada capítulo muestra, en otras palabras, una gesta épica de este héroe sereno llamado Vogelfang, que es un hombre que anda con bastón y que ha decidido esquivar el camino de la cardiología de lujo porque prefirió ofrecer todo su conocimiento para cualquier niño enfermo que golpeara la puerta de su oficina en el hospital pediátrico. Un equipo de profesionales jóvenes que viven por y para la medicina lo acompaña en cada misión. Y la misión, en realidad, siempre es la misma: salvar una vida.

—¿Qué pasa por su mente en un trasplante, cuando la sangre fluye y el corazón late?

—Es un momento especial. Muy esperado. Siempre es sorprendente, porque está el fantasma de que no suceda. En un trasplante uno está poniendo en el cuerpo, en el organismo del receptor, un corazón que estuvo detenido quizás cinco horas. Estuvo detenido hasta el momento en el que volvió a recibir el flujo sanguíneo y empezó a contraerse de nuevo. A veces hay un lapso en el que el corazón debería empezar a latir, pero todavía no empieza… Son instantes, segundos, en los que estamos muy tensos, esperando que suceda lo que generalmente sucede.

El hospital Garrahan fue inaugurado en 1987

—Yendo un poco hacia atrás, ¿cómo fue que usted se convirtió en un cirujano de trasplantes?

—Fue con el correr del tiempo y por las necesidades de los pacientes. En la etapa del aprendizaje (en Inglaterra, Estados Unidos, Canadá y Alemania) yo veía el quirófano con cierta distancia y con el interés de un principiante, pero cuando empecé a operar, sentí la responsabilidad de trabajar con “algo que se donó”, algo que solo funciona bien si la cirugía se hace bien. Los cirujanos me parecían gente cuadrada, que no pensaba, que hacía cosas con las manos. Yo soñaba con ser un psiquiatra o un psicoanalista y me saqué un cuatro en la materia de Cirugía en la Facultad de Medicina. Pero ingresé en algunas guardias de los hospitales, empecé a hacer cirugías y al final me apasioné por ese ejercicio tan desarrollado que, a la vez, tiene algo artesanal.

Horacio Vogelfang pasó 30 años atendiendo pacientes en el Hospital Garrahan. Se fue en 2019, cuando cumplió la edad del retiro. Sin embargo, hasta hoy continúa trabajando en el quirófano, en el sector privado. No se fue porque él deseara alejarse definitivamente de esa institución pediátrica, sino porque la dirección general del Garrahan no hizo nada por retener a uno de los hombres más valiosos de su plantel. En ese gigantesco hospital, Vogelfang ocupaba una pequeña oficina repleta de papeles. Su guardapolvo solía colgar de una percha, su bastón de mango curvo —esa marca de la poliomielitis— dormía contra la pared, una foto de Sigmund Freud sobresalía entre libros de cirugía cardiológica (los sueños de ser psicoanalista parecían entonces extraños, pero de aquellos días de juventud quedaba algo: a los 20 años, Vogelfang había comenzado a visitar al mismo psicólogo al que aún hoy visita).

—Después de repasar toda su vida al escribir su libro, ¿a qué conclusión llegó respecto a hacer trasplantes? ¿Qué hay que tener para hacer su trabajo?

—En principio, bueno, hay que tener cierta vocación. Hay que sentir que este tipo de cirugía y que este tipo de patologías son las que a uno le interesa estudiar y resolver. Después está la formación: es una formación técnica para la que hay que tener algunas mínimas dotes, pero básicamente es una formación, un entrenamiento que hay que ir cumpliendo. Uno debe tener la constancia de hacer, de seguir, de estudiar, de entrenarse. Hay que ser sincero con uno mismo: esto debe ser algo que uno quiere hacer. Eso, bueno, imagino que es como en cualquier trabajo…

—Pero, a diferencia de muchos otros trabajos, ¿no es demasiado grande el dolor cuando le toca ver a un niño morir en su mesa de trabajo?

—Sí, eso es muy grande, sí. Hay una formación que hace que yo, como médico, no vea la muerte de un paciente como algo inherente a un defecto en mi actividad. Si así fuera, no sería tolerable para mí. Siempre es frustrante, siempre es triste. Con el correr de los años se transformó en una situación que, bueno, yo la sobrellevo, pero no la puedo superar. Me cuesta mucho. Fallece un paciente y yo sé que se hizo todo lo que había que hacer, que no había otra cosa para hacer, que se hizo de la mejor manera en un lugar absolutamente dotado para hacerlo. Pero a veces un paciente no responde.

—Duro.

—Muy duro. ¿Por qué ese paciente no respondió y otros 99 sí? Eso no lo puedo saber.

La conversación lleva a Vogelfang a meditar sobre las cuestiones grandes y sobre las cuestiones pequeñas de su profesión. En un operativo de trasplante, cuando aparece un donante, no hay tiempo para pensar: el plan de acción es preciso. Hay entre cuatro y seis horas antes de llegar al quirófano: es el tiempo que el corazón donado se mantiene en condiciones de entrar en su pecho receptor.

En el libro El corazón en la mano, esas horas se repiten una y otra vez, en muchos capítulos. Vemos (leemos) a Vogelfang evaluando en la primera llamada (en la que del otro lado de la línea hay alguien del Incucai, el Instituto Nacional Central Único Coordinador de Ablación e Implante) si el órgano sirve. Puede ser que ese corazón sea demasiado grande o demasiado chico, o que tenga un grupo sanguíneo diferente al del niño receptor, o que la forma en la que falleció el donante complique las cosas. En todo caso, Vogelfang lo piensa y lo discute también con algunos de los cirujanos de su equipo. Si lo acepta, el Incucai le indica el horario de extracción (el término técnico es “ablación”) coordinado con otros equipos que van a trabajar sobre otros órganos: por cada donante se pueden obtener hasta siete piezas.

Paso dos: vemos a Vogelfang llamando a su secretaria. Después de hablar, ella hace, a su vez, unas 30 llamadas telefónicas. Leemos que el operativo ha comenzado. Si el órgano está a más de 100 kilómetros, el equipo de ablación (compuesto por unas seis personas) viajará a buscarlo en un avión Learjet. La secretaria llama: averigua si hay chance de despegar desde Aeroparque y si el clima presenta buenas condiciones. Llama también a una compañía de taxis aéreos y ésta se encarga de enviar remises para los médicos, y de coordinar la custodia policial que, entre Aeroparque y el hospital, deberá acompañar a la ambulancia que llevará el órgano.

La ciencia del trasplante, tan esforzada y admirable, pero también tan compleja e inquietante, es un triunfo de la organización que parece estar más allá de nuestra comprensión cotidiana.

“No es que me hayan abierto, hendido, para cambiarme el corazón”, escribió el filósofo Jean-Luc Nancy en El intruso, un pequeño tratado filosófico sobre el trasplante cardíaco. “Es que esta hendidura no puede volver a cerrarse”. Pero no hay tiempo, y a Nancy, que pasó él mismo por un trasplante de corazón, le llevó ocho años poder filosofar. Cuando el corazón, una vez ablacionado, llega a las manos del equipo de cirugía, el paciente receptor ya está anestesiado en el quirófano. Su corazón enfermo ha sido extraído. Una máquina que produce la circulación extracorpórea de la sangre lo mantiene con vida. Sin pérdida de tiempo, empieza la sutura del nuevo corazón con los elementos vasculares del receptor.

“Los cirujanos me parecían gente cuadrada, que no pensaba, que hacía cosas con las manos. Yo soñaba con ser un psiquiatra o un psicoanalista y me saqué un cuatro en la materia de Cirugía en la Facultad de Medicina. Pero ingresé en algunas guardias de los hospitales, empecé a hacer cirugías y al final me apasioné por ese ejercicio tan desarrollado que, a la vez, tiene algo artesanal”

—¿Por qué, como dice en su libro, los donantes son los verdaderos héroes de todas estas historias?

—Hay algo que a mí, entre comillas, me molesta un poco cuando terminado un trasplante se habla del milagro. Porque no fue un milagro: un trasplante no es un milagro. Hay muchas personas trabajando, cada uno en lo suyo, para que ocurra. Son gente entrenada durante años, que todo el tiempo hacen y dan lo mejor de sí, que pasan noches sin dormir o pasan un día entero fuera de casa por un trasplante que surge a lo mejor a las seis de la tarde, cuando ya todo el equipo está regresando, y hay que volver y quedarse hasta el otro día. Bueno, eso no es un milagro. Lo que tal vez se podría considerar como un milagro es lo que pasa en una familia cuando un chiquito fallece. Los médicos le dicen a los padres que ese niño ya no está con vida y le comunican la posibilidad de donar órganos. Que esa familia, que ese padre, que esa madre, decidan que los órganos de su hijo pueden servir y van a servir para otro chico que los necesita, me parece que es algo milagroso. Ahí hay algo comunitario, algo que tiene mucho de solidaridad, de amor. Es una cuestión humana. Hay que tener una fuerza, una conciencia social y un interés enorme para tomar esa decisión.

—¿Se puede ayudar de alguna manera a los donantes?

—No sé… porque ese acto de heroísmo parte de algo para lo que ya no se los puede ayudar y no van a tener consuelo. A lo mejor, ese mismo acto sea su verdadera ayuda y su consuelo, eso de saber que pueden salvar la vida de otro chico.

—Por último, muchos médicos se sienten rodeados de un aura que los convierte en aristócratas lejanos. ¿Cómo ha hecho usted para evitar alejarse de sus pacientes?

—De la gente que conozco por mi profesión, puedo decir que la gran mayoría no es tan fría. Es buena gente, es empática. Nosotros trabajamos con pacientes muy pequeños y hay que, básicamente, dialogar con la mamá y con el papá. Después pasan 20 años, 25 años, y desarrollamos una relación médico-paciente con el paciente en sí, y con la mamá y con el papá. Somos empáticos porque sabemos que estamos trabajando con lo más preciado de cada familia. La gente que trabaja conmigo toma así la profesión. No es nada extraordinario… Es lo que hay que hacer, así es como se debe hacer.

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