Uno de los mayores déficits educativos que existen en la Argentina es el vinculado a la cultura cívica; y ello se refleja en aquello que el gran constitucionalista Jorge Vanossi suele afirmar en el sentido de que nuestro país “es una lágrima, pero no acuosa, sino de sangre, para aquellos a los que nos duele el mal funcionamiento de las instituciones”. En la consideración de este gran jurista, a medida que pasan los años, en la política argentina no hay “más de lo mismo”, sino “peor de lo mismo”. Esto es fundamental, porque en un sistema democrático, en el que todos somos titulares del poder político que ejercen los gobernantes y en el que estos son elegidos por el pueblo, la calidad de las autoridades depende de la calidad de los gobernados.
La educación cívica consiste, entre otras cosas, en entender la organización política del país y en asimilar el concepto de Estado de Derecho, que es aquel en función del cual los gobernantes no pueden hacer lo que quieren, sino lo que deben en el marco de las normas constitucionales.
Un pueblo cívicamente culto no ama ni idolatra a los gobernantes; por el contrario, siempre desconfía de ellos, aplaude poco, critica mucho y, por sobre todas las cosas, pone el foco en los límites al ejercicio del poder y en su eficaz cumplimiento por parte de nuestros representantes. Ello no significa otra cosa que poner el foco en la Constitución nacional como ley suprema, que es precisamente, por esencia, un límite a la gestión gubernativa. Pero en la Argentina, en la que la ausencia de educación cívica es alarmante, esto es muy difícil de internalizar. Antes bien, políticamente solemos “sentir” más que “pensar”, y por eso somos campo fértil para los personalismos, los mesianismos y para la proliferación de las tremendas grietas que suelen dividirnos.
Desde hace más de un siglo hemos comenzado a fanatizarnos con los presidentes de turno, a favor o en contra, en el odio o en el amor: entre 1916 y 1930, con Yrigoyen; entre 1945 y 1975, con Perón; en la década de los noventa, con Menem; a comienzos de este siglo, con los Kirchner, y ahora, con Milei. Pues nada bueno puede surgir de este cruce de pasiones, por supuesto alimentadas permanentemente por los mismos gobernantes, quienes sin pudor alguno, y autocráticamente, se autoproclaman como los mejores, únicos e irreemplazables.
En este contexto, lo que queda siempre al margen de la consideración popular es la Constitución y el debido funcionamiento institucional, y a aquellos que puntualizamos este problema se nos califica de “formalistas” o “ñoños” (insustanciales, mediocres). En efecto, si a las autoridades no les preocupa esta situación, es porque resolverla no devuelve beneficios políticos. Muy lejos de dedicarse a instalar la seguridad jurídica por medio del mejoramiento institucional, para los gobernantes mesiánicos no hay nada mejor que fomentar la pobreza, o la ignorancia, o el fanatismo, o todo junto, porque en ese caldo de cultivo obtienen ventajas.
En los últimos años hemos debido soportar el perverso populismo instaurado por los Kirchner, quienes con sus políticas no solamente multiplicaron la pobreza y el fanatismo, sino que además asolaron al erario y utilizaron los recursos públicos en beneficio personal. Cristina presa por administración fraudulenta es fiel reflejo de ello. Y fue tal el hastío generado en la sociedad que hasta pudo ser posible que Milei accediera a la primera magistratura.
Después de esos oscuros años populistas, la sociedad necesitaba nuevos aires, y quien prometía una lucha severa contra aquellos vicios capitalizó el hartazgo. Sin embargo, se siguen usando los mismos métodos que instalaron los Kirchner desde 2003 y que tanto daño hicieron al país: gobernar a los gritos, descalificar al que critica, omitir el mérito como parámetro para elegir candidatos y fustigar al periodismo crítico. Como si ello fuera poco, y en una suerte de “peor de lo mismo”, aparecen cada día hechos de corrupción que vuelven a interpelar a la Justicia para investigar a los funcionarios de este gobierno.
No habrá jamás una política diferente a la que denostamos si a la sociedad le sigue siendo indiferente el apego de sus representantes a la institucionalidad, a la moderación y a la ética como forma de ejercer la función pública. La Argentina continuará siendo una “lágrima de sangre” mientras este déficit cívico-educativo, y la indiferencia a su recomposición, siga siendo el sello característico de nuestra sociedad.
Profesor de derecho constitucional
