“El gran perdonador”. Ceferino Reato sobre la pacificación menemista: los indultos a militares y guerrilleros y el abrazo con Isaac Rojas

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En 1910, Joaquín V. González sostuvo que en la política argentina operaba una “ley del odio”, una lógica en la que al adversario no se lo buscaba derrotar sino aniquilar. Ocho décadas después, en medio de la hiperinflación, saqueos y las rebeliones militares, Carlos Menem intentó desafiar esa inercia con una salida polémica: los indultos.

En “Pax Menemista”, Ceferino Reato reconstruye esos años en que la política consiguió imponerse sobre el partido militar y buscó un cierre (aunque fuera provisorio) para la violencia de los 70.

En Pax Menemista, Ceferino Reato vuelve sobre uno de los capítulos más controvertidos de la democracia

-Reato, ¿por qué hablar ahora de Menem y, en particular, de su política de pacificación, en el contexto de los 50 años del golpe?

-Me pareció que podía ser una contribución volver sobre la dictadura, pero también sobre la violencia política de los años 70, a partir de uno de los intentos de solución más polémicos: el de Menem. Porque lo de Alfonsín, en general, ya está reivindicado por la historia y fue una manera muy civilizada de intentar solucionar la violencia política. Alfonsín impulsó el juzgamiento de las juntas y también promovió causas contra dirigentes guerrilleros.

-¿Con qué escenario se encuentra Menem cuando llega al poder en 1989?

-Menem recibe el país en un caos. Alfonsín había sufrido tres rebeliones militares y no las había podido reprimir. Milei se queja del país que recibió, pero el de Menem era objetivamente peor: la inflación de 1989 llegó a casi 5000 por ciento. Había habido una hiperinflación, saqueos. Alfonsín adelanta las elecciones porque pensaba que así iba a tener más votos, pero pierde su candidato y tiene que entregar el mando cinco meses antes. Además ese año se inició con un ataque guerrillero en La Tablada.

Raúl Alfonsín coloca la banda presidencial a Carlos Saúl Menem en la Casa de Gobierno, el 8 de julio de 1989.

Los militares estaban divididos. Muchos estaban presos. Entre ellos estaban los carapintadas: Seineldín y Rico eran los dos jefes, pero había decenas y decenas, centenares de carapintadas que seguían en actividad, muchos de ellos sin destino, porque no se sabía qué hacer. Alfonsín no había podido reprimirlos y tampoco había podido sancionarlos gravemente. Estaba todo quebrado.

-Entonces, además de la crisis económica, había una crisis de autoridad estatal.

-Claro. Para cualquier gobierno, no poder hacer uso de la violencia física legítima siempre deteriora su legitimidad. La democracia, para mí, no estaba completa: le faltaba eso.

-¿Qué error se comete más comúnmente cuando se lee hoy la época menemista?

-Yo creo que hoy sobre Menem pesa mucho una caricatura. La serie, por ejemplo, me parece atractiva, pero tiene un enfoque caricatural: una especie de payaso, de “Macondo criollo”. Yo trato de mostrar otro Menem. No solo el de la convertibilidad exitosa de los primeros años, ni tampoco solamente el Menem vilipendiado después por los efectos nocivos de la convertibilidad o el Menem corrupto y frívolo. Entre ese recuerdo de cómo estalló la convertibilidad y el Menem de la serie, yo trato de mostrar a otro: a un Menem que gana las elecciones, que tiene que asumir cinco meses antes, en el caos más absoluto.

-Y ese caos continúa aun después de la asunción.

-Sí, totalmente. El país sigue en caos hasta abril de 1991, cuando encuentra la convertibilidad. Hasta entonces la crisis continúa. Hay una segunda hiperinflación en diciembre de 1990. Se le muere el primer ministro de Economía y después echa al segundo, Rapanelli, viene el Plan Bonex… es decir, es un caos.

-Sin embargo, Menem no cae en su imagen positiva. ¿Cómo se explica?

-Eso siempre me llamó la atención. ¿Cómo puede ser? Y claro: cuando los pueblos ven un líder carismático que ocupa el centro de la escena, enfrente no hay nada y todo es caos, se aferran a eso. Nunca cayó su imagen, a pesar de que la crisis era tremenda: hiperinflación, desocupación, la plata no alcanzaba. En un momento la tarifa eléctrica se podía pagar en cuotas porque la gente no tenía cómo pagarla. A pesar de todo eso, no cayó.

El almirante Isaac Rojas fue una de las figuras centrales de la Revolución Libertadora de 1955, por eso, el abrazo de Menem con él fue leído como un gesto extremo de reconciliación política

-¿Y en ese contexto aparece la política de pacificación?

-Sí. Él dice: “¿Qué puedo hacer? No tengo Ejército. El Ejército está dividido. Hubo un ataque guerrillero en La Tablada. Hay decenas de ex montoneros y ex ERP procesados, y también decenas de militares en procesos por violaciones a los derechos humanos”. Ahí se le ocurre una política de pacificación, que son los indultos.

-Es llamativo que Menem, habiendo estado preso durante la dictadura, terminara indultando a militares. ¿Cómo se entiende eso?

-Sí, él estuvo preso cinco años. Y después termina indultándolos. Incluso su propio hermano, por momentos, no entendía bien qué quería hacer. Pero yo creo que él lo veía como un paso superador, o como una manera de construir poder desde arriba. El perdón, en definitiva, ¿quién te lo otorga? El que está en una posición superior.

En el libro sugerís que Menem quiso ubicarse como “el gran perdonador”.

-Sí. Uno de los capítulos se llama así. Yo creo que él se veía como la persona que podía solucionar la gran antinomia argentina. Solucionar la antinomia unitarios y federales y después la del peronismo-antiperonismo con el abrazo con Rojas.

Carlos Menem, rodeado de funcionarios y periodistas, durante una conferencia de prensa en los primeros años de su gobierno

-Lo paradójico es que los indultos, pensados para traer “paz”, terminan borrando la poca justicia que hubo sobre los años 70. De hecho, la gente rechazaba los indultos.

-La gente estaba en contra: un 70 por ciento rechazaba los indultos. Hubo marchas, protestas. Pero después el tema dejó de estar en el centro de la agenda. Yo creo que él se veía como alguien capaz de solucionar esa antinomia histórica. Siendo un gran conocedor de Joaquín V. González, como buen riojano, sabía que en la Argentina operaba esa “ley del odio”. Había algo de magnanimidad, pero también de soberbia.

-Ahí aparece lo que llamás “la ley del odio”. ¿Qué significa exactamente?

-Joaquín V. González escribió en 1910 un texto extraordinario, El juicio del siglo, donde decía que en la Argentina hay una ley de fondo: el odio. Acá no alcanza con ganar; hay que humillar al otro, exterminarlo simbólicamente. Y eso viene desde 1810. Después Natalio Botana retomó esa idea. Y para mí sigue vigente. Hubo momentos en nuestra historia donde se intentó reconciliar el país: Urquiza con el “ni vencedores ni vencidos”; Lonardi (por el general Eduardo Lonardi, que lideró la Revolución Libertadora) en 1955, que dura tres meses; y después Menem, que es el que más tiempo sostiene esa tregua.

27 de septiembre de 1989: Carlos Menem se entrevistó con George Bush (padre) luego de un encuentro con Kissinger

-Y en esa construcción de la paz también entran otros gestos simbólicos, como la repatriación de Rosas. ¿Qué lugar ocupó?

-Fue lo primero que hizo Menem, a fines de septiembre de 1989, después de su primer viaje a Estados Unidos, donde le fue muy bien. Era una cuestión que él quería, pero que también le sirvió para mantener bajo control a los nacionalistas, que estaban en contra de la reapertura de relaciones con Gran Bretaña.

-¿Eso fue convicción, oportunismo o una mezcla de las dos cosas?

-Yo creo que fue una política oportunista, de construcción de poder. Tenía tan poco poder que necesitaba construirlo. La crisis era tan grande que podía tragarse a cualquier esbozo de poder. Él había ganado bien las elecciones, sí, pero también metía mucho miedo.

-¿Por qué generaba temor?

-Porque era una expresión exótica. No se lo podía reconocer dentro de los cánones de la política tradicional. No tenía nada que ver ni con Alfonsín, ni con Angeloz, ni tampoco con Cafiero, que había sido su rival interno. Y, sin embargo, la gente lo votó primero en la interna y después masivamente. Entonces él hace tres, cuatro, cinco políticas a la vez: lo de Rosas, el monumento a los caídos en Malvinas en Retiro, la repatriación. Son gestos que van construyendo poder.

Video Pax 2

-¿Y cuánto de esa política se explica también por una característica personal de Menem?

-Eduardo Menem y otros cuentan que era una persona que no odiaba. A mí me resulta difícil creerlo del todo, pero hay muchas anécdotas que lo muestran así.

-¿Como cuál?

-Por ejemplo, la historia con Albano Harguindeguy. Harguindeguy fue ministro del Interior de la dictadura y había sido una de las personas responsables de endurecer su detención. Menem había quedado muy enojado con él por cosas muy personales, como no haberlo dejado ir al velorio de su madre. Y, sin embargo, después interviene para favorecer a una hija de Harguindeguy que había sido desplazada en la Municipalidad de Buenos Aires, la habían mandado al archivo y él ordenó que la restituyeran a su lugar. Ahí ves una personalidad rara en ese sentido: no guardaba rencor, o por lo menos no actuaba desde el rencor.

Protesta ante los indultos. El presidente Carlos Menem firmó entre 1989 y 1990 una serie de 10 decretos que indultaron a más de 1,200 personas, incluyendo a jefes militares de la dictadura

-¿Qué pasó con la rebelión del 3 de diciembre de 1990?

-Ahí se produce el primer levantamiento militar contra Menem, aunque era la cuarta rebelión en total desde la recuperación democrática. Cuando quieren negociar, él dice: “No. Acá no hay negociación. Yo ya les di los indultos, no los aprovecharon. Ahora se tienen que rendir incondicionalmente”. Y los vence. Muchos dijeron después: “La culpa fue de los indultos previos”. Pero Menem interpreta otra cosa: que justamente pudo vencer porque el tema de los juicios a los militares había dejado de ser central para el Ejército, y entonces los generales lo obedecieron.

-¿Ahí se consolida la democracia?

-Yo creo que sí. Ahí la democracia demuestra que los políticos pueden mandar a los militares y ahí termina el partido militar. Los periodistas solemos ver mucho las fracturas entre los políticos, pero hay continuidades. Entre Alfonsín y Menem destrozaron al partido militar. No podía ser de otra manera si queríamos que la democracia de partidos se perpetuara. Eso es mérito de Alfonsín primero y también de Menem.

Video Pax1

-¿La pacificación menemista fue una reconciliación real o más bien una tregua?

-Yo creo que fue una solución transitoria, que duró 12 o 13 años. Le sirvió a él y un poco también a la sociedad. Al principio generó malestar pero después dejó de estar en agenda. Encuentran la convertibilidad, baja la inflación, hay un progreso evidente durante cinco o seis años. Ya en las legislativas de 1991 Menem gana bien. Para mí ahí nace verdaderamente el menemismo y lo que yo llamo “la pax menemista”.

-¿Por qué la llamás así?

-Es una metáfora periodística, tomada de la “pax romana”: un período largo de orden y crecimiento después de guerras civiles. Yo creo que los países que se pelean tanto no progresan. Se gasta mucha energía en la pelea. En ese sentido, hubo una tregua real mientras duró.

-¿Qué le faltó para ser una reconciliación profunda?

-Ahí yo tomo mucho lo que decía Jorge Casaretto, que en ese momento era obispo de San Isidro y representaba una corriente moderada del Episcopado. La Iglesia apoyaba la “reconciliación” y, de hecho, ese es el nombre que le da Primatesta. Pero Casaretto decía algo muy importante: el gesto del presidente estaba bien, pero para una reconciliación verdadera faltaban condiciones. Faltaba arrepentimiento de las partes, de los militares y también de los guerrilleros; faltaba reconocimiento de las culpas; faltaba información sobre las víctimas, sobre los desaparecidos, sobre los cuerpos, sobre quién mató a quién. Como faltaba todo eso, no podía haber una reconciliación verdadera en sentido cristiano. Yo creo que tiene razón. También es cierto que las soluciones políticas son siempre sucias, impuras, incompletas. En política se hace lo que se puede. Él obró con lo que tenía a mano. Además, el indulto no borraba el delito: borraba la pena. Por eso Videla, por ejemplo, decía que no quería el indulto, que quería otra cosa. Muchos militares decían lo mismo.

El presidente Carlos Saúl Menem llega al aeroparque tras un viaje a Santa Cruz el 29 de diciembre de 1990, tras firmar los decretos del indulto; detrás, lo acompaña su vocero, Fernando Niembro

-¿Piensa que hoy esa “ley del odio” sigue vigente?

-Más que nunca. Milei es muy interesante en ese sentido, porque él dice que Menem fue su mentor, reivindica a Menem, le repuso el busto, lo llamó el mejor presidente de la historia. Pero, al mismo tiempo, es un cultor del odio. Y así le ha ido muy bien, porque ha sabido interpretar ese clima. Entonces yo me pregunto hasta qué punto de verdad quiere cerrar los 70. Creo que no. Creo que a los políticos, en general, les conviene mantener abiertos los 70, porque son una fuente permanente de lucha contra el otro.

-O sea que los 70 siguen siendo un recurso político.

-Exactamente. Se han convertido en una especie de basurero al que unos y otros van a buscar basura para tirársela al adversario. El kirchnerismo lo hizo con éxito político inmediato. Y la derecha también: toma los 70, toma la violencia guerrillera, y con eso construye una demonización del otro. A los políticos no les interesa cerrar los 70 porque les resultan funcionales.

-¿Se va a cerrar alguna vez ese tema?

-Yo creo que la política, como sabe que el odio paga, prefiere mantenerlo abierto. Cerrarlo es mucho más costoso que dejarlo abierto. Si lo mantenés abierto, siempre te sirve para echarle la culpa al otro o emparentarlo con el mal.

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