Risa y la cabina del viento (Argentina/2025). Dirección: Juan Cabral. Guion: Pablo Minces y Juan Cabral. Fotografía: Leandro Filloy. Edición: Emiliano Fardaus. Elenco: Elena Romero, Diego Peretti, Cazzu, Joaquín Furriel, Gustavo Garzón, Silvina Sabater y Fabián Casas. Duración: 95 minutos. Calificación: apta para todo público. Nuestra opinión: buena.
En 2010, Itaru Sasaki, diseñador de jardines de Ōtsuchi, un pequeño pueblo del noreste de Japón, supo que su primo tenía cáncer terminal y le quedaban tres meses de vida. Apenas recibió la noticia empezó a pensar en una idea que llevó a cabo tras la muerte de ese familiar: instalar una vieja cabina telefónica en su jardín para seguir “conectándose” con él.
Un año después, en 2011, el terremoto y el tsunami de Tōhoku provocaron una de las mayores catástrofes recientes de Japón: murieron más de 15.000 personas. A partir de entonces, el kaze no denwa (teléfono de viento) cambió de escala y se convirtió en un espacio colectivo. Miles de personas comenzaron a visitarlo y de ese modo pasó de gesto íntimo a símbolo del duelo comunitario.
3 stars
Esa singular historia inspiró a Juan Cabral, realizador argentino con una sólida carrera en publicidad y autor de varios videoclips de Babasónicos que en su largometraje anterior, TWO/ONE (2020), ya había trabajado sobre una conexión misteriosa entre un hombre en China y otro en Canadá.
En Risa y la cabina del viento la protagonista es una niña (Elena Romero, muy suelta en su debut) que vive en Ushuaia con su madre (Cazzu) y desea comunicarse con su padre, al que cree muerto. No hay demasiados detalles sobre esa ausencia, pero sí se siente su peso. Ese vacío lo ocupa, a su manera, Esteban, un vecino taciturno y aficionado al alcohol (Diego Peretti) que de a poco va estrechando el vínculo con Risa, un nombre que suena paradójico en todo ese contexto.
Cabral evita deliberadamente cargar la narración con pistas explícitas. Prefiere moverse en una zona ambigua, donde lo fantástico no desplaza a lo real, pero sí lo enriquece. Esa determinación le permite sostener un tono particular, cercano a la fábula, pero sin abandonar del todo cierta aspereza material. Y el paisaje patagónico juega en ese sentido un papel decisivo. Más que un mero telón de fondo, se siente como una presencia constante que condiciona fantasmalmente el curso de los acontecimientos e incluso la forma en que los personajes se relacionan.

Cabral también acierta con algunos sutiles matices de humor y ternura que, sin volverla superficial, le quitan solemnidad a la trama. Lo logra con recursos simples como la introducción calibrada y oportuna de un simpático -y habilidoso- hámster que aparece varias veces en escena y tiene su propio recorrido y desenlace dentro del relato.
Risa y la cabina del viento es también una película que presume de una identidad: la banda sonora con temas de Babasónicos y los sugerentes climas incidentales creados por Diego Tuñón, las participaciones de Cazzu, en un rol relevante, y el escritor Fabián Casas, en una breve escena, funcionan como marcas de pertenencia y sitúan al film en un territorio cultural preciso.
La contraparte de todas esas señales son los enigmas que plantea su narrativa, por momentos evasiva, apoyada en una elegante poética visual y caracterizada por una atmósfera atravesada por la ambigüedad donde lo real y lo imaginario conviven sin necesidad de ordenarse del todo. Todos esos pasajes que invitan a una experiencia más perceptiva, más sensorial funcionan en equilibrio con la faceta más realista de la película, cuyo cenit es una escena de alto impacto —por su calado emotivo y su capacidad de síntesis— entre Joaquín Furriel, Elena Romero y Diego Peretti que poco después conecta con un epílogo resuelto con sensibilidad e inteligencia.
