En la Argentina, las múltiples formas que utilizamos para referirnos al dinero están asociadas con el lunfardo. Si bien muchas de estas palabras no forman parte del vocabulario formal o “culto”, ya están instaladas en nuestro lenguaje cotidiano.
El lunfardo nació en los suburbios y en los ámbitos carcelarios porteños al calor de la gran inmigración europea que llegó a nuestras costas a fines del siglo XIX y principios del XX. Si bien fue un lenguaje marginal en sus comienzos, desarrolló una gran cantidad de términos –unos 5000– para mencionar cosas, objetos o personas. Y el dinero no podía ser la excepción.
Una de las palabras más usadas popularmente para nombrar este bien tan preciado es “guita”. “Con guita cualquier gil es vivo”, declamaba Julio Sosa en “Pa’que sepan cómo soy”, de 1951.
Pero el origen de este vocablo sería mucho más antiguo que el tango: vendría de vitta, palabra en latín para nombrar una cinta o venda. La etimología textil se completa unos siglos más tarde en España, donde se llamó “guita” a una cuerda fina de cáñamo o un cordón. Resulta que con este cordel se ataban los fajos de billetes y se cerraban las bolsas que contenían monedas. ¿Cómo fue que la palabra “guita” pasó del cordel al billete? Se cree que esto se dio cuando alguien pedía al dueño de la bolsa con el dinero “aflojá la guita”, como para que este tuviera a bien sacar algunos pesos de allí adentro.
Otro de los términos que propone el lunfardo es “mango”. En la década del 60 Tita Merello se preguntaba: “¿Dónde hay un mango, viejo Gómez?“. La letra de este clásico daba cuenta de que la palabra “mango” estaba instalada en el habla popular, sin necesidad de explicación alguna. Es más, esa canción fue estrenada mucho antes, en el año 1933.
Previamente, en 1929, Enrique Santos Discépolo había escrito el tango “Yira, yira” donde una estrofa sentencia: “Cuando rajés los tamangos, buscando ese mango que te haga morfar”.

En el caso de “mango”, que se utiliza para hablar del dinero en general o de la unidad monetaria (“no tengo un mango”), su origen es un tanto difuso. Algunos autores señalan que es una abreviación de “marengo”, palabra utilizada para referirse a los pesos en la Buenos Aires de fines del siglo XIX. Aparece en Memorias de un vigilante, libro de 1897, cuyo autor es José Sixto Álvarez, más conocido como Fray Mocho, periodista y escritor que conocía y retrataba muy bien el habla del arrabal. De apocopar esta palabra habría nacido el “mango”.

Otra teoría señala que este vocablo surgió por un fenómeno presente en el lunfardo: el uso metafórico de una palabra o el desplazamiento de su sentido. El mango o asa que tienen ciertos utensilios de cocina pasó, de alguna manera, a designar a los pesos, sin que exista en principio una relación directa entre ambos significados. Aunque también es verdad que “no tener un mango” puede sugerir que no se tiene ningún lugar de donde agarrarse. Por eso, hay que aprender a “cuidar el mango”.
Otra de las maneras de llamar al dinero, posiblemente la más simpática, es “biyuya”. En el diccionario del lunfardo de José Gobello y Marcelo Olivieri –un clásico de la materia– se dice que deriva de un término de origen piamontés (bigeuia), traído a Buenos Aires por los inmigrantes del norte de Italia. Otras corrientes sostienen que “biyuya” podría ser una deformación de bijou, vocablo de origen francés para referirse a una joya o una alhaja, algo evidentemente valioso.
“Tarasca”, otra manera lunfarda de decir dinero, podría venir de un monstruo, mezcla de pez y de oso, que vivía en el sur de Francia y que tenía una boca enorme que llenaba de pavor a los pobladores. Según la tradición medieval, esta bestia feroz fue domada por Santa Marta de Betania con una cruz de madera y gotas de agua bendita. La leyenda hizo eco en España, donde el término “tarasca” fue utilizado como sinónimo de voraz o codicioso. Así llegó al Río de la Plata, donde se convirtió en una palabra muy difundida para hablar del dinero. No hace falta traducción para cuando se dice, por ejemplo, “ese tipo tiene toda la tarasca”

Uno de los términos más populares que propone el lunfardo es “mosca”. La explicación es sencilla: tal como ocurre con el insecto, el dinero también se vuela y es difícil de atrapar.
Además de todos los mencionados, se pueden añadir las siguientes palabras para referirse al dinero: teca, vento, papota, morlacos, parné, tela, lana, pasta y cobre.
También el lunfardo encontró la manera de diferenciar a las distintas cantidades de dinero. Una gamba son 100 pesos. Una luca son mil. Y un palo, un millón.
Siguiendo esta lógica, un palo verde hace referencia a un millón de dólares. Porque la moneda estadounidense, esa pasión argentina, tampoco ha escapado a las redes del lunfardo. Verde, lechuga, verdolaga, toda referencia a su color vale a la hora de mencionarlos.
No importa para esto que sean cara grande o cara chica. Lo que importa es que sean “crocantes”.

