El fiscal Gerardo Pollicita desestimó la denuncia del Gobierno contra periodistas de TN por haber tomado escenas del interior de la Casa Rosada con “lentes inteligentes”. ¿Qué le decimos al fiscal? Muchas gracias, doctor. Y no le expresamos nuestra gratitud porque haya desestimado la cuestión –falta el pronunciamiento del juez Ariel Lijo, en quien recayó la causa- ni porque seamos corporativos, sino porque evitó en su escrito hacerse el sabelotodo ensartando palabras inentendibles, unas tras otras, como ocurre con la mayoría de los fallos. Acepto que pueda haber abogados que se ofendan por mi afirmación al respecto, pero no acepto que me demanden porque no les entiendo lo que redactan.
Si usted, querido lector, se topó alguna vez con un escrito judicial como simple hijo de vecino, seguro me va a comprender. Párrafos enteros llenos de palabras en latín, perífrasis, abundante adjetivación a lo largo de varias carillas que, incluso llegando al final del pronunciamiento, se hace difícil dilucidar si somos culpables, inocentes, si nos absolvieron o si la cosa prescribió porque pasó tanto tiempo que ya ni nos acordamos de por qué se nos ocurrió acudir a los tribunales.
Hace unos días, el amigo Marcelo Gobbi, reconocido abogado con un gran sentido del humor y marcada autocrítica, me regaló su libro Confusiones. Ya desde el arranque me pareció un hallazgo de ironía. Donde generalmente se imprimen los datos identificatorios de la obra, dice: “No queda hecho de este libro ningún depósito de los que dispone la ley 11.723 porque al autor le importa un rábano la propiedad intelectual y autoriza la reproducción total o parcial con o (preferentemente) sin cita de fuente porque ser plagiado lo llenaría de orgullo”.
Pero vayamos al capítulo dedicado a los abogados, es decir, a sus colegas. “Los abogados –dice- se acomodan a veces a los trabalenguas que usan los jueces, con el resultado de que los ciudadanos que pagan el salario de unos y los honorarios de otros, necesitan un traductor para entender cualquier cosa. No he conocido a nadie que en su casa dijera ‘toda vez que me encuentro experimentando una sensación fisiológica de ausencia temporaria de alguna sustancia alimenticia, te requiero me proporciones un poco del ya referido producto farináceo, que no se encuentra en el cajón ubicado en el nivel inferior, sino ut supra’. A alguien que pidiera pan de ese modo (que es el que se usa cuando se escribe un contrato o una demanda) lo internaríamos en un hospital psiquiátrico”, sentencia Gobbi.
Va de nuevo, doctor Pollicita: muchas gracias.