
Un bebé prematuro que pasó sus primeros dos meses de vida en una incubadora volvió 25 años después al Hospital Nacional Edgardo Rebagliati Martins, pero ya no como paciente. Sebastián Oliva Marín ingresó esta semana al mismo servicio donde fue atendido en 2001, ahora con bata blanca y como interno de medicina.
Su historia condensa dos tiempos de una misma escena: el de una familia que esperó el siguiente parte médico frente a una UCI Neonatal, y el de un joven que hoy acompaña a otros padres en el corredor, con la memoria de haber estado al otro lado. El hospital, para él, dejó de ser solo un lugar de urgencias y pasó a convertirse en destino.
El Seguro Social de Salud (EsSalud) informó que Sebastián rota actualmente por el Servicio de Pediatría y Neonatología del Rebagliati. En cada guardia, su presencia funciona como testimonio para quienes atraviesan la incertidumbre de tener un hijo prematuro y, al mismo tiempo, como parte de su formación clínica en un entorno de alta complejidad.

Una historia de supervivencia que comenzó en UCI Neonatal
Sebastián Oliva Marín nació en agosto de 2001 con siete meses de gestación. Su llegada fue de emergencia: su madre presentó un cuadro de preeclampsia grave y el parto se adelantó en un contexto crítico. Al nacer, pesó 1.300 gramos, una cifra que explica la fragilidad inicial y la necesidad de soporte especializado desde el primer minuto.
El recién nacido permaneció internado en una incubadora hasta octubre de ese año, bajo monitoreo constante en la Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales (UCI Neonatal) del Hospital Rebagliati. Allí, la atención se sostuvo en vigilias médicas, controles continuos y decisiones clínicas que, en casos de prematuridad, se toman muchas veces con márgenes mínimos.
Con el alta no terminó la historia. Durante su infancia, Sebastián regresó al hospital en múltiples oportunidades por secuelas respiratorias asociadas a la prematuridad. Esa rutina de controles, consultas y episodios de recuperación fue moldeando una relación temprana con el personal de salud y con el lenguaje de los pasillos hospitalarios, que con el tiempo se transformó en motivación.

Cuando la experiencia se convierte en vocación
Hoy, Sebastián volvió al mismo nosocomio para realizar su internado. En el Rebagliati, integra las rotaciones del Servicio de Pediatría y Neonatología, donde acompaña la atención médica y observa de cerca el trabajo que alguna vez lo sostuvo con vida. En paralelo, comparte su historia con madres y padres que esperan noticias de sus hijos, una conversación que no siempre se da desde la técnica, sino desde la experiencia.
“Decidí estudiar medicina para saber qué hacer cuando un paciente realmente lo necesita. Salvar una vida en el momento exacto es uno de los retos más grandes y mi forma de retribuir la ayuda recibida”, afirmó Sebastián Oliva Marín.
Su decisión profesional, según relató, se construyó en el tiempo: en cada visita por dificultades respiratorias, en cada control, en la observación de cómo una indicación médica cambia el curso de una noche. Ahora, en formación, su objetivo se expresa en una idea central: volver al lugar donde fue atendido para aprender a atender.

El caso de Sebastián como ejemplo del alcance de la medicina neonatal
Para la doctora Ofelia León Muñoz, jefa del Servicio de Neonatología del Hospital Rebagliati, el caso de Sebastián permite entender que la medicina neonatal no se mide solo por sobrevivir a la hospitalización. “En Neonatología no solo medimos el éxito con el alta, sino con el impacto en el futuro. Sebastián es un testimonio de vida que nos llena de orgullo”, enfatizó.
La especialista detalló que los bebés prematuros enfrentan riesgos severos como hemorragias cerebrales, infecciones, complicaciones respiratorias y problemas intestinales. Por eso, explicó, requieren un seguimiento médico especializado incluso después del alta: la prematuridad puede dejar huellas que exigen vigilancia sostenida durante años.
En ese marco, EsSalud señaló que historias como la de Sebastián Oliva Marín refuerzan el compromiso institucional con una atención integral, especializada y humana para recién nacidos de alta vulnerabilidad en todo el país, con equipos que intervienen en etapas críticas y también en el seguimiento posterior que define el pronóstico a largo plazo.

Un bebé prematuro que pasó sus primeros dos meses de vida en una incubadora volvió 25 años después al Hospital Nacional Edgardo Rebagliati Martins, pero ya no como paciente. Sebastián Oliva Marín ingresó esta semana al mismo servicio donde fue atendido en 2001, ahora con bata blanca y como interno de medicina.
Su historia condensa dos tiempos de una misma escena: el de una familia que esperó el siguiente parte médico frente a una UCI Neonatal, y el de un joven que hoy acompaña a otros padres en el corredor, con la memoria de haber estado al otro lado. El hospital, para él, dejó de ser solo un lugar de urgencias y pasó a convertirse en destino.
El Seguro Social de Salud (EsSalud) informó que Sebastián rota actualmente por el Servicio de Pediatría y Neonatología del Rebagliati. En cada guardia, su presencia funciona como testimonio para quienes atraviesan la incertidumbre de tener un hijo prematuro y, al mismo tiempo, como parte de su formación clínica en un entorno de alta complejidad.

Una historia de supervivencia que comenzó en UCI Neonatal
Sebastián Oliva Marín nació en agosto de 2001 con siete meses de gestación. Su llegada fue de emergencia: su madre presentó un cuadro de preeclampsia grave y el parto se adelantó en un contexto crítico. Al nacer, pesó 1.300 gramos, una cifra que explica la fragilidad inicial y la necesidad de soporte especializado desde el primer minuto.
El recién nacido permaneció internado en una incubadora hasta octubre de ese año, bajo monitoreo constante en la Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales (UCI Neonatal) del Hospital Rebagliati. Allí, la atención se sostuvo en vigilias médicas, controles continuos y decisiones clínicas que, en casos de prematuridad, se toman muchas veces con márgenes mínimos.
Con el alta no terminó la historia. Durante su infancia, Sebastián regresó al hospital en múltiples oportunidades por secuelas respiratorias asociadas a la prematuridad. Esa rutina de controles, consultas y episodios de recuperación fue moldeando una relación temprana con el personal de salud y con el lenguaje de los pasillos hospitalarios, que con el tiempo se transformó en motivación.

Cuando la experiencia se convierte en vocación
Hoy, Sebastián volvió al mismo nosocomio para realizar su internado. En el Rebagliati, integra las rotaciones del Servicio de Pediatría y Neonatología, donde acompaña la atención médica y observa de cerca el trabajo que alguna vez lo sostuvo con vida. En paralelo, comparte su historia con madres y padres que esperan noticias de sus hijos, una conversación que no siempre se da desde la técnica, sino desde la experiencia.
“Decidí estudiar medicina para saber qué hacer cuando un paciente realmente lo necesita. Salvar una vida en el momento exacto es uno de los retos más grandes y mi forma de retribuir la ayuda recibida”, afirmó Sebastián Oliva Marín.
Su decisión profesional, según relató, se construyó en el tiempo: en cada visita por dificultades respiratorias, en cada control, en la observación de cómo una indicación médica cambia el curso de una noche. Ahora, en formación, su objetivo se expresa en una idea central: volver al lugar donde fue atendido para aprender a atender.

El caso de Sebastián como ejemplo del alcance de la medicina neonatal
Para la doctora Ofelia León Muñoz, jefa del Servicio de Neonatología del Hospital Rebagliati, el caso de Sebastián permite entender que la medicina neonatal no se mide solo por sobrevivir a la hospitalización. “En Neonatología no solo medimos el éxito con el alta, sino con el impacto en el futuro. Sebastián es un testimonio de vida que nos llena de orgullo”, enfatizó.
La especialista detalló que los bebés prematuros enfrentan riesgos severos como hemorragias cerebrales, infecciones, complicaciones respiratorias y problemas intestinales. Por eso, explicó, requieren un seguimiento médico especializado incluso después del alta: la prematuridad puede dejar huellas que exigen vigilancia sostenida durante años.
En ese marco, EsSalud señaló que historias como la de Sebastián Oliva Marín refuerzan el compromiso institucional con una atención integral, especializada y humana para recién nacidos de alta vulnerabilidad en todo el país, con equipos que intervienen en etapas críticas y también en el seguimiento posterior que define el pronóstico a largo plazo.
