Goldie Hawn respondió con ironía a las recientes declaraciones de Meryl Streep sobre su impuntualidad durante el rodaje de La muerte le sienta bien, la exitosa película de 1992 que las tuvo como protagonistas.
La actriz fue consultada por Entertainment Tonight luego de que Streep recordara, entre risas, que Hawn solía llegar tarde al set de la comedia negra dirigida por Robert Zemeckis. Lejos de mostrarse incómoda, Hawn se tomó el asunto con absoluta naturalidad y respondió fiel a su estilo relajado y encantador.

“Creo que llego 15 minutos tarde a todos lados. De verdad. Honestamente, es increíble”, admitió con una sonrisa. Y agregó, refiriéndose al conflicto que esa costumbre desencadenó con su colega: “Pero creo que logramos superarlo”.
La actriz, hoy de 80 años, explicó que esa dinámica terminó convirtiéndose en una especie de chiste privado entre las dos. “Hemos sido muy buenas amigas durante muchísimo tiempo. Pero es nuestro chiste. Ella dijo que yo llegaba demasiado tarde al set. Quizás ella llega demasiado temprano. No lo sé”, comentó.
Luego llevó la escena todavía más lejos con una observación que parece salida de una película de ambas: “A veces, cuando llegás demasiado temprano, seguís esperando a alguien y pensás: ‘Oh, Dios, ¿dónde demonios está?’”.
Sus declaraciones funcionan como respuesta perfecta al recuerdo que Streep había compartido días atrás en una entrevista con Vanity Fair. Allí, la actriz rememoró el rodaje de La muerte le sienta bien y describió con una mezcla de diversión y resignación la experiencia de esperar a Hawn cada mañana.
“Goldie siempre llegaba tarde al set… ¡Pero era tan adorable!”, contó Streep. “Y yo siempre soy puntual, ¿sabés? Y un poco pesada. Pero ella siempre llegaba tarde”, indicó.
La imagen que reconstruyó la actriz parecía sacada directamente de una comedia de Hollywood. Según recordó, Hawn aparecía en el set manejando ella misma un descapotable rojo y luego entraba al set pidiendo disculpas, mientras todos terminaban rendidos ante su carisma. “Llegaba y decía: ‘¡Ay, Dios mío, perdón!’. Y todos pensaban: ‘¡Ay, qué divina!’”, relató Streep.
Aunque en tono de broma llegó a decir que “tenía un conflicto” con ella, enseguida dejó claro que el cariño siempre estuvo por encima de cualquier roce cotidiano. “La quería mucho. La quiero mucho. Es una de mis amigas”, aseguró. “Con los años nos hemos reído mucho de esa película porque a la gente le encanta”.
Ese vínculo aparece inevitablemente ligado al recuerdo de una de las comedias más singulares de los años 90. En el film, Streep y Hawn interpretan a Madeline Ashton y Helen Sharp, dos mujeres atrapadas en una relación marcada por la competencia, los celos y una obsesión compartida por detener el envejecimiento. Todo se vuelve todavía más delirante cuando ambas consumen una pócima de inmortalidad que transforma su rivalidad en una guerra grotesca e interminable.
Gran parte del atractivo de la película se debe precisamente al el contraste entre las dos actrices. Streep, más técnica y meticulosa; Hawn, espontánea e imprevisible. Esa tensión entre estilos terminó alimentando la dinámica de sus personajes y aportando una energía única a cada escena compartida.

La propia Streep ya había reflexionado sobre eso años atrás. En una entrevista concedida también a Vanity Fair en 2017, explicó que sus diferencias fueron fundamentales para el resultado final. “Teníamos estilos muy diferentes, y eso es lo que hizo que funcionara”, señaló entonces.
Detrás de cámaras, además, el rodaje estaba lejos de ser sencillo. La película implicó un uso intensivo de efectos especiales revolucionarios para la época, algo que Streep nunca disfrutó demasiado. En entrevistas posteriores describió esa experiencia como agotadora y hasta deshumanizante. “La primera, la última y la única vez que me presto a eso”, dijo alguna vez sobre ese tipo de producciones. “Una se siente como una pieza de maquinaria”.

La película también contó con Bruce Willis en uno de los papeles más inesperados de su carrera. Lejos del héroe de acción que dominaba Hollywood en aquellos años, interpretó a Ernest Menville, un cirujano plástico inseguro y neurótico atrapado entre las manipulaciones de Madeline y Helen. Streep recordó recientemente que trabajar con él fue “maravilloso” y lo describió como “todo un caballero” dispuesto a reírse de sí mismo.
