Esta es la historia de un padre y un hijo. La historia de una adopción que les cambió la vida. Frente al mar, en un café ruidoso de Puerto Madryn, Severino González comienza el relato. A su lado, un adolescente permanece en silencio mientras el hombre de barba canosa toma la palabra.
Severino siempre quiso ser padre. Había tenido parejas estables pero, o ya eran madres, o no querían serlo; los planes de formar una familia se alejaban. La crisis de los 40 marcó un momento bisagra. “Empecé a pensar en la posibilidad cierta de adoptar, de ser un padre solo”.
Por aquella época un amigo le contó que había adoptado un niño, ese amigo lo orientó y lo llevó a la diminuta oficina de adopción en Puerto Madryn que depende del Juzgado de Familia, así se enteró de cómo eran los trámites legales.

—No digo que sea fácil pero hay un poco de mito, digamos. Presentar los papeles, armar la carpeta, no es complejo. Hablé con Silvia, que es quien me recibió, me explicó bastante bien la situación, el proceso de adopción. Y después me mandó un mail con un listado de cosas para presentar. Básicamente: certificado de salud, libre deuda, antecedentes penales, y demostrar estabilidad económica.
Una vez completa la carpeta comenzaron las entrevistas, a finales de 2022. Primero con gente de la asistencia social, que fue a su casa con una abogada y una psicóloga. De todo ese proceso salió un expediente, no fue un impedimento la monoparentalidad, tampoco la soltería o la edad. Para Severino, arrancó la etapa de espera y preparación.
—Me ayudó mucho leer sobre la adopción, escuchar testimonios, ver documentales. La mayor cantidad de población de niños o niñas en la actualidad son niños grandes, de cinco, siete años que les va pasando el tiempo y se les hace más difícil tener una familia porque en general las parejas, las personas, buscan bebés.
Al completar el formulario, recordó un documental en el que una mujer contaba que había colocado entre los parámetros, alguien de quien se pudiera hacer cargo. Severino decidió buscar un niño grande. Le costaba verse solo con un bebé, no porque no le gustara la idea, sino porque requería de una atención constante, de una ayuda familiar que no tenía, o tenía a más de mil kilómetros.
El Mini Hogar de Puerto Madryn
En Puerto Madryn existe un Mini Hogar que lleva 47 años albergando a niños institucionalizados, chicos que llegan en situación de amenaza o vulneración de derechos. También están las familias de acogimiento —cuenta Severino—, familias que cuidan a chicos y chicas de manera transitoria.
—Es un proceso parecido al de adopción. Primero se conocen, luego se ven los fines de semana, después si hay disponibilidad ya se pueden quedar.
El proceso dependía de los niños, cuenta Severino. “No hay un límite de tiempo, el límite lo pone uno, todos los años tenés que renovar esa carpeta, podés hacer modificaciones”.
La elección se puede ampliar o reducir, la carpeta se debe rectificar o quitar. Lejos de ser una decisión única, existe la posibilidad de arrepentirse y cancelar el trámite.

Para quien espera, la situación puede generar cierta ansiedad.
Una llamada y un encuentro
Un viernes por la noche, Severino estaba en su casa, cuando sonó su teléfono.
—Tenía tres o cuatro llamadas perdidas de Silvia. Dije, Wow. Apareció algo. Así que la llamé y me dijo, “Hay un caso, un nene en situación de adoptabilidad. Podés venir el lunes a la mañana, si querés venir”. Sí, le dije.
La ley coloca primero al niño y sus derechos. Por eso a veces se demora. No solo es el deseo de los padres, se trata de agotar todas las instancias vinculadas con la familia biológica. Cuando la situación ya no da para más, recién se recurre a la adopción. Las psicólogas le contaron la historia de un padre ausente y una madre que no lo podía cuidar, de la familia transitoria que lo albergó.
—Era un niño amoroso, futbolero, hincha de Boca —sonríen cómplices, Severino es de River y siempre existe rivalidad entre ellos.
Era el miércoles 28 de febrero de 2024, a las 8:30 de la mañana. Le explicaron que estaba séptimo en un ranking de posibles adoptantes, las chances eran pocas pero al día siguiente lo llamaron para darle una cita con la jueza que indagó en sus proyectos y razones. La última palabra la daría. T, que por entonces tenía diez años.
Severino González se conmueve con el recuerdo.
—Ahí apareció por una ventana con melena, los pelos largos porque no se los quería cortar. Se tapaba la cara.
Con todo el mundo a su alrededor, se saludaron, charlaron. T lo invitó a verlo entrenar, así empezó el proceso de vinculación. Al día siguiente fue a buscarlo a la escuela y de ahí lo llevó a su propia casa, en un barrio alejado del centro de Madryn. Durante los primeros seis meses hubo una supervisión, cada vez más espaciada, después ya los dejaron solos.
A la pregunta acerca de por qué lo eligió, T responde con cierta timidez:
—El primer día que nos vimos, me contaron un poco cómo era él, que tenía mascotas, un gato y una perra que se llama Gilda. Que también tiene un club en la playa.
Con el informe de que todo iba bien ya era posible realizar el juicio por adopción a través de una abogada que facilita el Estado. En Chubut es gratuito, pero no en todo el país es así.

El fútbol como camino de inclusión
Desde los dos meses hasta los 34 años, Severino González vivió en Buenos Aires. Ahí están sus tres hermanos y muchos amigos. En 2013 volvió a su ciudad de origen: Puerto Madryn. Fue cuando falleció su madre y eligió dejar la ciudad que le pesaba para buscar la paz del mar.
Encontró su espacio en el deporte que siempre había practicado, y que a la vez era una herramienta social que podía ayudar a chicas y chicos marginados a salir adelante, a integrarse. Trabajó para la municipalidad con un programa llamado Fútbol Valorado y con otros deportes que se desarrollaban en los playones, en canchas de escuela o en los barrios.
En el verano de 2017 a 2018 crearon con algunos amigos una escuela de fútbol en la playa para chicos y chicas, un proyecto —Arena Madryn— con la intención de llevar el deporte a todos los estratos sociales, así entrenaron a infancias y adolescencias que hoy ya tienen alrededor de 20 años. Esa aventura todavía continúa cada vez que rueda una pelota y la arena se convierte en la mejor cancha del mundo.
—Algunos me decían tío o papá. Había una cuestión de vínculo que se me despertó, y que evidentemente fue importante para la adopción.
En la actualidad Severino trabaja en otra área del municipio, en el centro de recuperación de residuos voluminosos, en las afueras de Madryn, donde realizan un trabajo de difusión y educación, pero el deporte sigue presente como un amor inalterable.

Una nueva vida para T
En la escuela nueva, las chicas fueron las primeras que se acercaron y se hicieron amigas. Con el tiempo, se sintió más seguro, empezó a hablar, a reírse y sentirse cómodo. Después conoció a quienes serían sus mejores amigos. “Son hijos de amigos míos que tienen la misma edad. El ‘tridente’ se encuentra seguido, si fuese por ellos todos los días”.
Salen a andar en bici, juegan al fútbol o a la Play. Alguna vez hicieron piyamada. Con ellos comparte la pasión por Boca.
—La realidad es que las familias lo adoran, y él se queda ahí tranquilo y vamos construyendo también nuestra vida. Mis primos, y mis tres hermanos, con mis sobrinos también lo adoran, ya viajamos tres veces a Buenos Aires.
Cuando T se te integró a la escuela de fútbol, cuenta, era muy tímido y se enojaba mucho. Quería tener su puesto pero a veces no le tocaba entrar a la cancha. Lo pudieron charlar y lo entendió. Severino representaba la figura de un padre pero también era el DT, tenía que tomar decisiones sin que pesara la paternidad recién estrenada. “Al segundo año ya no me enojaba”.
Para T, lo mejor del vínculo es el tiempo compartido:
—Me gusta cuando vamos a fútbol playa, en realidad a veces me peleo pero también me divierto mucho con él.
No sólo comparten la familia, también los perros, la música. Seve cuenta que T pone música con su celular mientras se baña. Y él apaga la tele para poder escucharlo mejor.
—A veces canta Soda Stereo. Ayer estaba cantando una canción, Nueva, alegría —sonríen mientras T saborea un jugo de naranja.
Aunque lo piensa unos segundos, en realidad lo tiene claro, a T le gustaría ingresar en una escuela de fútbol. En las canchas, en la playa, hasta en la compu, el deporte es su vida y sabe que la práctica es la que le da seguridad. También sueña con jugar en algún club importante de Buenos Aires. Fanático del club Madryn, que estuvo cerca de ascender a primera, jugó en su cancha y conoció el césped del club Comercio en una cancha de siete.
En agosto de 2025 salió la sentencia y ahí pudieron hacer el documento y la partida de nacimiento nueva.

—Hicimos tremenda milanesa para festejar. Ya es mi hijo, afectiva y realmente, de todas las maneras posibles. Ya podemos circular libremente y bueno, con las responsabilidades y obligaciones del caso. De todas y todos los padres, de cualquier familia constituida.
Saltar un abismo
Severino trata de no romantizar la adopción porque entiende que no todas las situaciones son iguales.
—Yo esperaba por ahí un niño, una niña con más complejos, que naturalmente por la historia que suelen vivir, pueden estar más frustrados, más cerrados. La verdad es que él es un niño lleno de ternura.
Lo que encontraron ambos fue el mismo deseo de una familia, de querer y dejarse querer. “Eso es lo que más me conmueve, lo que nos trajo hasta acá”. Ya ni siquiera se acuerda de cómo era la época antes de T, porque este presente es un gran desafío, la posibilidad de aprender a ser padre cada día.
—Lo que trae T es muy importante, es muy determinante. Hay que prepararse y tener paciencia, tratar de que esa historia esté presente, poder hablarlo todo lo que sea necesario, que se sienta tranquilo. Ir construyendo nuestra vida juntos. Más de un día te vas a dormir pensando que sos el peor padre del mundo, eso es inevitable.
Los niños grandes vienen con historia. Severino lo entiende y abraza aquello que lo constituye como ser humano único, sabe que en ocasiones requiere de paciencia porque se trata de un proceso que tiene que ver con la vida misma y que no depende solo de un padre sino de todo un entorno. Son muchos nacimientos, asegura.
—Cuando nos vimos por primera vez, cuando salió la sentencia. Tenemos muchos aniversarios. Yo me vine a Madryn el 3 de noviembre del 2013, T nació el 30 de noviembre de 2013. Yo sentía que era como saltar de un abismo. Bueno, en algún momento aprendí a volar, a planear.

En ese salto de fe, en el camino, en el fútbol que los une, encuentran el aprendizaje de ser la mejor familia que pueden ser.
