Todas las noches, cuando sus compañeras de orfanato duermen, Annie abre la ventana, mira al cielo e imagina una vida que no tiene: padres amorosos que viven en una casa hermosa, en medio de un jardín. Están en el living; la madre toca el piano, el padre la escucha emocionado. Son personas buenas y felices, salvo por un detalle, piensa, “se olvidaron de cuidarme”. En realidad no lo dice, lo canta, y ese es el comienzo de uno de los musicales más conocidos y longevos de Broadway, que tuvo adaptaciones en otras capitales teatrales del mundo, entre ellas Buenos Aires, y que en estos días volvió a la cartelera porteña como una de las grandes apuestas del año en la calle Corrientes (con producción de Nicolás Vázquez y Gustavo Yankelevich, el tándem responsable de otro gran éxito actual: Rocky).
Aunque el musical fue estrenado en 1977, hace casi medio siglo, la historia está basada en una historieta que data de 1924, cuando el guionista Harold Gray escribió la tira cómica Little Orphan Annie (La pequeña huérfana Annie), que seguía el devenir de una nena solitaria durante la Gran Depresión en los Estados Unidos.
La escena inicial anticipa algo que está en el corazón de esta pieza: mientras Annie imagina la familia que no tiene, colgada de una ventana y con su ropa sucia, canta: “Mañana, mañana, ven pronto, mañana. Mañana ellos vendrán a buscarme, tal vez”. Esas primeras líneas de la canción “Tomorrow”, la más emblemática de este musical, adelanta el núcleo de esta obra: toda la fe depositada en un mañana incierto y esperanzador, al mismo tiempo. Una promesa de cambio, en un nuevo amanecer.

Los agudos de Annie, que tiene diez años, llegan al resto de las huérfanas. La más chiquita se despierta en medio de una pesadilla, mientras abraza una muñeca y llora de miedo. Sucede lo mismo con las otras. Hacen ruido, se pelean y eso alcanza para que llegue a la Señorita Hannigan, la encargada de ese hogar, una alcohólica que odia a las niñas y está desesperada por seducir a un hombre -a cualquiera- que la saque de su vida miserable. Esa mujer cargada de rencor las obliga a limpiar todos los pisos en medio de la noche. Ellas se ponen un delantal y, como esto es un musical, cantan y bailan una canción en la que dicen que “Esta vida es criminal/no sabemos lo que es jugar/pero no hay que rendirse/hay que luchar”.
El comienzo de Annie no podría ser más triste: niñas sin familia ni amor, en un contexto de violencia. Y, sin embargo, es conocido por ser uno de los musicales más optimistas y esperanzadores que ofreció la maquinaria de Broadway. Lo interesante, además, es su descripción de un momento histórico en la economía norteamericana y su contundente posición política. Tan contundente, que hasta el presidente Franklin Roosevelt es uno de los personajes de la historia.
La pobreza estructural de un país
La relación entre el musical Annie (creado por Charles Strouse -música-, Martin Charnin – letras-, Thomas Meehan -libreto-) y la crisis económica de 1929 en los Estados Unidos es central y está en el corazón del argumento de la obra.
En la historia, Annie es una huérfana que representa la pobreza estructural que atravesaba el país y es elegida por el millonario Oliver Warbucks para pasar 15 días en su mansión, así él puede mejorar su imagen pública: en un contexto en el que miles hacen fila por un plato de comida, los multimillonarios necesitan mostrar que ellos también tienen corazón. En una época de desempleo masivo, pobreza extrema y miles de niños en orfanatos o directamente en las calles, Annie representa a una infancia golpeada por la crisis económica y los centros de menores son una de las tantas instituciones desbordadas por el nivel de necesidades. Por otro lado, el millonario Warbucks simboliza a la élite económica que sobrevivió a la crisis y es uno de los ganadores de ese capitalismo que supo hacer su juego en Wall Street. Cuando la secretaria de Warbucks llega al orfanato, la gente rodea el auto de lujo que se estaciona, admira la ropa de esa mujer, mientras ella camina incómoda entre cientos que esperan que, al menos, se le caiga una moneda.
De esa instancia (Annie es la elegida por la asistente del millonario y está en una mansión, rodeada de lujos y excentricidades) lo que sigue es la estructura previsible pero absolutamente eficaz del musical: la niña ocurrente, que sabe defenderse, llena de valores y principios, termina por ablandar el corazón del millonario, que en un momento había llegado a decir: “Soy un hombre de negocios. Amo el dinero. Amo el poder. Amo el capitalismo. Jamás amaré a los niños”.
Lo que hasta este momento es el retrato social de una época muy clara de perdedores y ganadores, comienza a volverse un cuento de hadas. La niña de 10 años disfruta de sus vestidos nuevos, juguetes que no podía imaginar, mientras corre por el despacho de este as de los negocios.


Hay alguien que llama con insistencia a la oficina y el millonario no quiere atender: es el presidente Franklin D. Roosevelt. “¡Qué molestos son los demócratas!”, dice Warbucks. Pero la inquieta Annie sigue con las preguntas y le dice a este hombre, que ya tiene confianza como para llamarlo Oliver: “¿Por que no atendés a Roosevelt? Es nuestro presidente, es alguien muy importante. ¡Yo quiero hablar con él!”. Y como a esta altura a Annie se le cumplen todos los deseos, la próxima escena será un viaje en helicóptero a la Casa Blanca, en donde Annie, el millonario Warbucks y Roosevelt discuten el New Deal. En términos de posicionamiento político, este musical se da todos los gustos. Esto sí es hablar de la magia de los musicales.
Roosevelt aparece en su silla de ruedas, junto a su esposa Eleanor, y le explica al principal magnate capitalista su idea de generar trabajos, aumentar el gasto público y reactivar la economía. “¡Es una excelente idea!”, considera Annie, pero el empresario no está de acuerdo, porque sostiene que “no es una política a largo plazo”. A esta frase, el presidente de los Estados Unidos le responde, inclaudicable: “Querido Oliver, la gente no come a largo plazo”. Con esta frase, Annie ya fue conquistada por el partido demócrata norteamericano y le pregunta a Roosevelt cómo lo puede ayudar. “Hablale a la juventud, necesitamos recuperar la esperanza”. Y acá viene el núcleo optimista de este musical, la icónica canción “Tomorrow” (mañana), que cantarán ¡abrazados! el millonario republicano, el presidente demócrata y nuestra heroína de diez años. “Mañana saldrá el sol/Apuesta tu último dólar que mañana habrá sol/Pensando en mañana/Limpia las telarañas y el dolor/Hasta que no haya ninguno”. Estamos a un día de distancia para que la vida cambie, ese es el mensaje de este musical, que es directo y claro. No hay dudas de que, hace casi 50 años, Annie le habla a las nuevas generaciones.
Contexto histórico
Annie y su “mañana” nacen en los años 70, en los Estados Unidos, después de Vietnam y con una gran desconfianza social. Su historia, accesible y cargada de emoción, busca recuperar la esperanza. El estreno original en 1977 tuvo como Annie original a la actriz y cantante Andrea McArdle. El musical ganó seis premios Tony y realizó más de 2300 funciones. En 1982 llegó la versión cinematográfica, dirigida por John Huston, la más recordada de todas por su fidelidad con el musical original.

La primera producción a fines de los 70 tuvo entre el elenco de las huérfanas a la actriz Sarah Jessica Parker (sí, la estrella de Sex And The City) cuando tenía 11 años, quien originalmente interpretó a July pero fue el reemplazo de Annie, lo cual significaba que podía hacer el papel principal cuando fuese necesario (¡y vaya que lo hizo! Esto es algo muy habitual en los musicales con menores, que por lo general cuentan con entre cuatro y cinco reemplazantes por papel central). La participación de Parker en el musical significó el despegue en su carrera. Ya durante los años 80 se volvería una cara conocida del cine juvenil, en películas como Footloose y Girls Just Want to Have Fun. Más tarde, claro, vendría su rol emblema: la imborrable Carrie de Sex And The City.
Y aquí, una vez más, las implicancias políticas vuelven a este musical -aunque su estética se centre en el factor emocional, más que en el crítico-. Un detalle: en octubre de 2016 se realizó la gala benéfica Broadway for Hillary, para apoyar la candidatura presidencial de Hillary Clinton. El evento, que recaudó dos millones de dólares, reunió a numerosas estrellas de Broadway y Hollywood. Esa noche, Sarah Jessica Parker y Andrea McArdle cantaron el hit “Tomorrow” frente a la candidata presidencial demócrata, en otra señal de todo lo que rodea a este concepto del “mañana”.
En la Argentina
La primera versión argentina de Annie fue entre 1982 y 1983, un tiempo en el que la necesidad de imaginar un futuro mejor era urgente. Mientras el país vivía los restos de la dictadura militar y la Guerra de Malvinas, la estética luminosa y el discurso esperanzador de Annie fueron un hito para la historia del teatro musical en Buenos Aires.
La obra se estrenó en el Teatro Lola Membrives y significó la llegada de una producción internacional y moderna, que tuvo una gran convocatoria, porque implicaba un primer contacto con un “musical estilo Broadway”. El estreno implicó la grabación de un álbum en español, algo poco común en esa época, lo cual ayudó a que las canciones circularan y el musical quedara en la memoria colectiva. La Annie argentina fue la actriz Noelia Noto y entre las niñas huérfanas estaban Eleonora Wexler y Nancy Anka (quien casi una década más tarde coprotagonizó el éxito de TV ¡Grande, pa!, con Arturo Puig en el rol central de un padre viudo con tres hijas).


Ahora, a 43 años de aquel mítico estreno, acaba de estrenar en el Teatro Broadway una nueva versión de Annie, dirigida por Mariano Demaría y con figuras convocantes a nivel popular (Lizy Tagliani, Julieta Nair Calvo, Miguel Ángel Rodríguez…). La historia de la huérfana luminosa, al parecer, dialoga con todas las épocas y latitudes.
El cambio de paradigma que significó el pasaje de la historieta original de Annie entre los años 20 y los 30 y el musical de los 70 es notable. En el cómic de Harold Gray el tono es duro y oscuro. Annie vive situaciones peligrosas, violentas, y el retrato de la sociedad norteamericana durante la Gran Depresión es de una crudeza sin maquillajes. La tira, que se publicó durante décadas (desde 1924 hasta 2010 en distintas versiones), fue cambiando de autores después de Harold Gray, pero su posición se mantuvo: siempre fue crítica e individualista, con un mensaje al estilo ‘no hay soluciones mágicas; la vida es dura’.
Sin embargo, ese “mañana” de Annie no pierde vigencia. Como tampoco se agotó el Mito de Pandora, que después de sacar de su caja todos los males de la humanidad, se asustó tanto que lo último que quedó guardado, en el fondo, fue Elpis, el espíritu de la esperanza. así también hoy a menudo se emplea la frase “esto también pasará”, que pertenece a un cuento popular anónimo de origen árabe (“El anillo del rey”). En el relato, un rey le encarga a una corte de sabios una frase que pueda salvarlo en momentos de desesperación, algo con la capacidad de salvarlo a él y también a su pueblo. La solución llega de un viejo sirviente, quien justamente pronuncia el sintagma y que aplica -he aquí una paradoja- tanto para cuando estamos derrotados como para cuando nos sentimos triunfantes.
Lo malo y lo bueno son transitorios, y ningún acontecimiento es permanente. Decirnos “esto también va a pasar” se ha vuelto un mantra que se resignifica en la intimidad, en la angustia personal y también en tiempos de guerra y crisis colectivas. Nada más ni nada menos que ese mismo “mañana” que entona la pequeña Annie, mientras mira las estrellas.
