Durante mucho tiempo, el analfabetismo tuvo una definición limitada a la lectura. Hoy adopta formas múltiples y dispersas. Se puede leer y escribir, pero no comprender consignas, o decodificar reglas implícitas de convivencia, o carecer de habilidades sociales elementales.
La historia de la incorporación del saber leer y escribir suele narrarse como una marcha triunfal hacia la claridad, una lenta conquista de la palabra escrita que prometía abrir puertas, ordenar el mundo, volverlo legible. “El acto de leer es un acto de libertad”, escribió Margaret Atwood, aunque ese albedrío sin restricción parece hoy más frágil que nunca. La escena contemporánea, más allá de los desafíos tecnológicos, recuerda a esos momentos en los que un libro se abre y, pese a reconocer las letras, la trama se escurre entre los dedos, como si el sentido hubiera decidido ocultarse en un pliegue inaccesible. Algo similar ocurre en la vida social, donde la lectura tradicional sola ya no alcanza para orientarse.
La alfabetización funcional se volvió un indicador más decisivo que la alfabetización básica
La figura del analfabeto, antes asociada a estadísticas escolares, se transformó en un personaje más complejo. Investigaciones del Instituto de la Unesco sobre Aprendizaje a lo Largo de Toda la Vida muestran que la alfabetización funcional se volvió un indicador más decisivo que la alfabetización básica, porque implica comprender instrucciones, interpretar contextos, actuar con criterio. El profesor emérito de Lengua y Alfabetización en el King’s College de Londres Brian Street solía sostener que “la alfabetización es siempre una práctica social, una trama de gestos, inferencias y saberes tácitos que exceden la decodificación de palabras”. Esa ampliación del concepto revela una paradoja inquietante: sociedades con niveles formales de alfabetización inéditos conviven con crecientes dificultades para entender textos administrativos, consignas escolares o indicaciones elementales.
La pregunta se vuelve inevitable: ¿qué significa hoy no saber? La respuesta se remite a la pérdida de una competencia profunda: la capacidad de leer el mundo. La psicóloga cognitiva Anne Mangen y doctora en filosofía de la Universidad de Stavanger, dedicó estudios a tratar de indagar cuestiones como la comprensión y la atención. “La lectura –advierte– se ha vuelto un territorio disperso, un ejercicio que exige habilidades que no siempre se consolidan en la formación escolar”. Para ella, esa diáspora se replica en la vida cotidiana, donde proliferan analfabetismos que no se detectan en censos, pero se sienten en la experiencia diaria, desde la dificultad para interpretar un formulario hasta la incapacidad de captar el tono de una conversación.
“En la expansión del concepto de analfabetismo proliferan analfabetismos que no se detectan en censos, pero se notan en la experiencia diaria, desde la dificultad para interpretar un formulario hasta la incapacidad de captar el tono de una conversación –sigue Mangen–, obliga a pensar en múltiples dimensiones, cognitivas, sociales, emocionales, digitales, espaciales, normativas. Cada una revela un modo distinto de extravío, una grieta en la transmisión de saberes que antes circulaban sin necesidad de ser explicitados”. La alfabetización clásica ya no basta para sostener una vida compartida en un entorno saturado de estímulos y demandas de interpretación constante.
El analfabetismo en la convivencia se manifiesta en la dificultad para interpretar turnos, prioridades, silencios, distancias
La pregunta inicial funciona como umbral, ¿qué significa hoy no saber?, y desde allí se despliega una exploración que busca comprender cómo se multiplican los analfabetismos contemporáneos y qué revelan sobre la fragilidad de los códigos comunes que sostienen la convivencia.
La erosión de los códigos
La vida urbana ofrece escenas que parecen triviales hasta que se observan con la atención de un etnógrafo. Un grupo de pasajeros se agolpa frente a la puerta del transporte antes de que quienes están dentro puedan descender, un niño recibe una consigna escolar sencilla y queda paralizado ante la secuencia de pasos, un adulto se detiene en medio de una escalera mecánica sin registrar el flujo que interrumpe. Cada gesto revela un desajuste en la transmisión de códigos que antes circulaban sin necesidad de explicación. La antropóloga francesa Michèle Petit sostiene que “la convivencia depende de una lectura fina de los matices que parece desvanecerse en la prisa contemporánea”.

El analfabetismo en la convivencia se manifiesta en la dificultad para interpretar turnos, prioridades, silencios, distancias. Se trata de una pérdida de sensibilidad hacia las señales que organizan la vida compartida. Investigaciones del Centre for Urban Studies de la University College London muestran que la percepción del espacio social se ha vuelto más errática, con individuos que registran menos las microseñales que regulan la interacción. Ese desajuste se vuelve visible en una fila que se desarma, en una conversación que se vuelve monólogo, en un aula donde las consignas deben repetirse una y otra vez porque la lógica de la tarea no se infiere.
El espacio público se convierte en un territorio difícil de descifrar. El analfabetismo espacial se expresa en la incapacidad de interpretar códigos sociales de sentido común comprensibles aún para quienes, en un pasado no tan lejano, experimentaban todavía dificultades para escribir o leer. “Las ciudades requieren una alfabetización del movimiento –analiza la socióloga Saskia Sassen, que ha dedicado gran parte de sus investigaciones a la convivencia urbana–, una competencia que combina atención, anticipación y lectura del entorno. Esa competencia se debilita cuando la experiencia cotidiana se fragmenta en estímulos dispersos, cuando la mirada se fija en una pantalla y pierde la continuidad del entorno”.
El analfabetismo emocional se expresa en la dificultad para reconocer gestos, tonos, matices afectivos
El analfabetismo normativo se vuelve evidente en la interacción diaria. Normas básicas que antes se transmitían por imitación, desde ceder el paso hasta modular la voz en un espacio compartido, requieren ahora explicaciones explícitas. La psicóloga social, socióloga y tecnóloga Sherry Turkle advierte que “la socialización ya no se produce por ósmosis”, una afirmación que resuena en escuelas donde los docentes deben enseñar cómo pedir la palabra o cómo esperar un turno, tareas que antes formaban parte del aprendizaje tácito.
La dimensión emocional también se ve afectada. El analfabetismo emocional se expresa en la dificultad para reconocer gestos, tonos, matices afectivos. Escenas mínimas lo ilustran, un adolescente que interpreta una ironía como agresión, un adulto que no distingue entre una crítica y un ataque, un grupo que no percibe el malestar de quien queda al margen. Estudios del Yale Center for Emotional Intelligence muestran que la capacidad de identificar emociones ajenas disminuye cuando la interacción se vuelve intermitente y mediada por dispositivos. Esa disminución repercute en la empatía mínima necesaria para sostener la vida en común.
El tiempo, por último, se vuelve un lenguaje que muchos ya no dominan. El analfabetismo del tiempo se manifiesta en la incomprensión de ritmos, esperas, pausas, secuencias. “Una consigna que exige varios pasos se vuelve un laberinto –afirma Turkle–, una espera breve se percibe como intolerable, una pausa se interpreta como vacío. La vida cotidiana se llena de fricciones que no provienen de grandes conflictos, sino de la incapacidad para leer los compases que organizan la convivencia”.
Cada una de estas escenas compone un mosaico de extravíos silenciosos. “La erosión de los códigos comunes no irrumpe con estridencia –añade Turkle–, se desliza en los intersticios de la vida diaria, en esos momentos en los que la coordinación mínima entre cuerpos, voces y miradas deja de producirse de manera natural”.
La modernidad acelerada
La escena tecnológica contemporánea se presenta como un territorio donde la destreza aparente convive con una profunda desorientación. Un dedo que se desliza con soltura sobre una pantalla no garantiza comprensión, criterio ni orientación. “La información no equivale al conocimiento”, advierte el sociólogo Manuel Castells, una frase que adquiere un peso particular en un tiempo en el que la hiperconexión promete acceso ilimitado mientras multiplica los extravíos. “La modernidad acelerada –completa– produce sujetos que navegan con soltura entre aplicaciones, aunque tropiezan ante la lógica que las sostiene”.
El analfabetismo algorítmico emerge como una de las formas más silenciosas de desconocimiento
El analfabetismo digital se manifiesta en esa paradoja: “Usuarios capaces de operar dispositivos sin comprender sus riesgos, sesgos o mecanismos de verificación”, dice Saskia Sassen. Investigaciones del Oxford Internet Institute muestran que la mayoría de los internautas confía en la intuición para evaluar la veracidad de un contenido, incluso cuando los indicadores de fiabilidad están disponibles. La especialista Danah Boyd lo resume con crudeza. “La alfabetización digital no consiste en usar tecnología, sino en entenderla”, aclara la especialista en tecnología y medios sociales. “Esa distancia entre uso y comprensión se amplía en un ecosistema donde la velocidad desplaza a la reflexión”.

El analfabetismo algorítmico emerge como una de las formas más silenciosas de desconocimiento. “La vida cotidiana se organiza a través de sistemas que recomiendan, ordenan, filtran, priorizan –completa Boyd–. Sin embargo, pocos comprenden cómo se moldean sus decisiones, gustos y percepciones”. El filósofo Byung-Chul Han señala que “la transparencia algorítmica es una ilusión”, una afirmación que ilumina la opacidad con la que operan los mecanismos que estructuran la experiencia digital. “Esa opacidad produce una dependencia inadvertida, una delegación de criterio que se naturaliza sin debate”, confirma Byung-Chul Han.
La sobreabundancia informativa genera otro extravío, el analfabetismo informacional. La incapacidad para jerarquizar, filtrar o distinguir entre dato, opinión y propaganda se vuelve un obstáculo cotidiano. Estudios del Pew Research Center muestran que la saturación de contenidos reduce la capacidad de evaluar fuentes, incluso entre usuarios con formación académica. La periodista científica Amanda Ripley sostiene que “la complejidad mal gestionada se convierte en ruido. De ese modo se describe la sensación de quienes se enfrentan a un flujo incesante de mensajes que compiten por atención sin ofrecer orientación”.
La aceleración tecnológica también repercute en el cuerpo. El analfabetismo corporal se expresa en la pérdida de habilidades básicas de presencia, atención, escucha, contacto. Escenas mínimas lo revelan, conversaciones interrumpidas por notificaciones, miradas que se desvían hacia una pantalla, cuerpos que comparten un espacio sin registrar la presencia del otro. Investigaciones del MIT Media Lab muestran que la multitarea digital reduce la capacidad de sostener la atención profunda, un fenómeno que afecta la calidad de los vínculos y la percepción del entorno.
La dimensión comunitaria tampoco queda al margen. El analfabetismo comunitario se manifiesta en la dificultad para participar en proyectos colectivos, sostener vínculos, construir acuerdos. “La conectividad no garantiza comunidad –indica la socióloga de Princeton Zeynep Tufekci–. La observación se confirma en grupos que se organizan con rapidez pero se disuelven ante la primera fricción. La hiperconexión produce redes amplias pero frágiles, vínculos inmediatos pero inestables, una sociabilidad que se expande en superficie mientras pierde densidad”.
Cada una de estas formas de analfabetismo revela para Sassen “un desajuste entre la velocidad del entorno y la capacidad humana para procesarlo. La modernidad acelerada exige competencias que no siempre se desarrollan, una lectura crítica del mundo digital que permita orientarse en un paisaje saturado de estímulos, automatismos y decisiones delegadas. En ese desajuste se juega una parte decisiva de la experiencia contemporánea, una tensión entre la promesa de acceso ilimitado y la realidad de una comprensión cada vez más fragmentada”.
Una mirada múltiple
La reconstrucción de los códigos comunes exige una mirada que combine memoria cultural y sensibilidad hacia lo que aún puede nacer. “La vida social se sostiene en rituales mínimos que parecen insignificantes hasta que desaparecen –señala Sassen–. Un saludo que abre un espacio compartido, una espera que reconoce la presencia del otro, una cortesía que modula la fricción cotidiana”. El antropólogo social de la Universidad de Oslo Thomas Hylland Eriksen recuerda que “las sociedades se mantienen unidas por gestos que nadie registra. La potencia de esas prácticas no requieren solemnidad para transmitir sentido. Cuando esos gestos se erosionan, la convivencia pierde su andamiaje invisible”.
La reconstrucción de los códigos requiere nuevas alfabetizaciones que amplíen el repertorio social
La escuela ocupa un lugar decisivo en este proceso. No se limita a transmitir contenidos, también enseña modos de estar con otros, formas de escucha, ritmos de participación, maneras de disentir sin quebrar el vínculo. Investigaciones del Harvard Graduate School of Education demuestran que los entornos educativos que trabajan explícitamente la convivencia generan estudiantes con mayor capacidad de cooperación y regulación emocional. “La escuela es el primer laboratorio democrático –explica la pedagoga Deborah Meier, responsable de ese estudio–, un espacio donde se ensayan los códigos que luego sostendrán la vida pública. Esa función se vuelve crucial en un tiempo en el que la transmisión tácita ya no está garantizada”.
La familia y la comunidad también participan en esta tarea. La transmisión de normas implícitas, desde cómo se conversa hasta cómo se comparte un espacio, se ha vuelto menos estable. Cambios en las rutinas, fragmentación de tiempos y multiplicación de pantallas debilitan la continuidad de esos aprendizajes. “La cooperación necesita una dramaturgia”, una estructura de interacción que se aprende en la práctica cotidiana. Esa dramaturgia se deshilacha cuando los vínculos se vuelven intermitentes o cuando la presencia se sustituye por una conexión permanente pero superficial.
La reconstrucción de los códigos requiere nuevas alfabetizaciones que amplíen el repertorio social. La instrucción digital permite comprender los entornos tecnológicos sin quedar atrapados en su opacidad. La formación emocional fortalece la capacidad de reconocer matices afectivos y sostener la empatía. La educación convivencial ofrece herramientas para interpretar señales implícitas y coordinar acciones en espacios compartidos. La enseñanza crítica habilita la lectura profunda de discursos, imágenes y narrativas que circulan con velocidad. La preparación espacial recupera la capacidad de orientarse en entornos complejos, desde una ciudad hasta una institución. Cada una aporta una pieza para recomponer el tejido social.
La pregunta final se impone con una fuerza serena: ¿qué tipo de sociedad queremos ser si ya no compartimos los códigos mínimos para vivir juntos? La respuesta no se encuentra en recetas ni en nostalgias, sino en la capacidad de imaginar rituales nuevos que acompañen las transformaciones contemporáneas sin renunciar a la densidad del encuentro humano. “La reconstrucción de los códigos no es un retorno al pasado –concluye Turkle–, es una apuesta por una convivencia que vuelva a ser legible, hospitalaria, capaz de sostener la complejidad sin perder la delicadeza de lo común”. En ese horizonte se juega la posibilidad de una vida compartida que no dependa de explicaciones constantes, sino de una sensibilidad renovada hacia los gestos que nos permiten reconocernos
