Confesiones en el taxi

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Nuestra mente suele ubicar las confesiones en escenarios sacados del cine y las series: un habitáculo de roble oscuro en el interior de una iglesia, el consultorio parco de un terapeuta, el cuarto de interrogatorios de una comisaría. Pero la vida también ofrece ámbitos mucho más corrientes para abrirse ante otros, como una fila en el supermercado o la sala de espera de un médico. Mis confesionarios favoritos, he descubierto, son los taxis.

La primera experiencia no fue presencial. Mi infancia transcurrió sin taxis, en ciudades patagónicas que, por sus dimensiones, permitían ir caminando a todas partes. Pero a los 11 o 12 años tropecé, en un zapping de madrugada, con Taxicab Confessions (“Confesiones en el taxi”), un ciclo de HBO que grababa a pasajeros con cámaras ocultas. Tras entrar en confianza, compartían con el chofer frustraciones laborales, deseos homicidas, luchas con las adicciones e incluso aventuras íntimas -muy- subidas de tono. Al final de cada episodio, se les revelaba que habían sido grabados y firmaban las autorizaciones pertinentes para emitir el material.

De más está decir que todo aquello dejó una impresión profunda en este joven televidente trasnochado. ¿Por qué -me preguntaba con insistencia- esa gente elegía contarle cosas tan personales a un desconocido dentro de un auto? ¿No era mejor, acaso, reservar esas conversaciones a su grupo más cercano, padres, parejas, amigos?

Veinte años después, Mario Luis Small, sociólogo graduado en Harvard, cree tener una respuesta. En momentos de vulnerabilidad, afirma, recurrimos a quienes tenemos más a mano. No importa que sean desconocidos: nos vence la necesidad de hablar. Por eso, según Small, casi la mitad de las personas con las que discutimos temas importantes no integra nuestro círculo íntimo.

Una encuesta realizada en el Reino Unido en 2021 por la plataforma Free Now parece respaldar esta hipótesis. De acuerdo con la empresa, casi el 25% de los británicos que usaba taxis admitió confesar secretos propios a sus choferes. Las revelaciones más comunes fueron infidelidades, diagnósticos médicos y problemas financieros.

En mi experiencia personal, en Buenos Aires se confiesan más los choferes que los pasajeros. Es como si el psicólogo o el cura te interrumpiera en plena catarsis para decir: “Ahora me toca a mí”. Un conductor me contó, muy apenado, que odiaba manejar su taxi. Estaba, según su relato, a una materia de recibirse de arquitecto, pero un incendio en las oficinas de su universidad había eliminado todos los registros académicos. Sus opciones eran repetir la cursada o salir a trabajar con el auto. Eligió el auto.

En ocasiones, alcanza con una pregunta inocente para abrir la puerta a una confesión inesperada. “¿Qué tal?”, pregunté medio en piloto automático a un taxista que me fue a buscar al aeropuerto de Ezeiza. “Bien -respondió, buscando mis ojos en el espejo retrovisor-. Tuve una época muy oscura, pero dejé las drogas y me siento mucho mejor”. “Qué bueno”, atiné a decir, algo aturdido por esa honestidad abrupta. “¿Hace mucho que dejaste?”. “Sí”, respondió. “Bah, desde anoche”.

Meses atrás, le consulté a otro chofer cómo venía su día. “Se murió mi mujer”, contestó con voz queda y la mirada vidriosa. “Fue hace dos meses. Estuvimos juntos cuarenta años y no logro recuperarme. Mi único consuelo es que, más temprano que tarde, voy a volver a estar con ella”. Busqué darle algún tipo de consuelo, pero no logré demasiado.

No siempre tengo energía para charlar. Imagino que muchos choferes tampoco. Unos colegas me recomendaron tiempo atrás la opción “silenciosa” que ahora incluyen las apps para reservar viajes. Marcás una casilla en el celular y listo: notifica al conductor y reina el silencio durante el trayecto. Nada de confidencias ni reflexiones profundas; solo música en la radio y el susurro del aire acondicionado.

Lo probé -con una buena dosis de culpa-, pero no funcionó. Tarde o temprano, alguien siempre habla.

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