Por mucho tiempo la grasa ha sido catalogada como el ingrediente negativo de la alimentación diaria. En la conversación pública se le señaló como responsable del aumento de peso y de múltiples enfermedades, lo que llevó a su exclusión sistemática de dietas y recomendaciones.
Hoy, ese enfoque ha quedado corto. La evidencia científica ha demostrado que el problema no es la grasa en sí, sino cuáles se consumen y en qué proporción.
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El cuerpo humano necesita grasa para funcionar. Sin ella, procesos básicos como la producción de energía, la protección de órganos vitales o la absorción de ciertas vitaminas simplemente no ocurren de forma adecuada. Lejos de ser un exceso prescindible, algunos tipos de grasa son indispensables para sostener la salud a lo largo de la vida.
No todas cumplen el mismo papel
Desde el punto de vista nutricional, las grasas se clasifican según su composición. Las saturadas y las trans han sido asociadas con un mayor riesgo cardiovascular cuando se consumen de manera habitual, especialmente porque elevan el colesterol LDL, conocido como colesterol malo. Estas se concentran, sobre todo, en productos ultraprocesados, frituras, embutidos y ciertos alimentos de origen animal.
En contraste, las grasas insaturadas ocupan un lugar distinto. Tanto las monoinsaturadas como las poliinsaturadas participan en funciones clave del organismo y, cuando reemplazan a las grasas menos saludables, se relacionan con mejores indicadores metabólicos. Este cambio de enfoque ha sido respaldado por expertos en nutrición citados por medios internacionales como GQ.
Estas grasas intervienen en la estructura de las membranas celulares, permiten la producción de hormonas y facilitan la absorción de vitaminas A, D, E y K. También cumplen una función protectora, al actuar como aislante térmico y amortiguador de órganos internos, además de aportar una fuente concentrada de energía.

El impacto en el corazón y el cerebro
Uno de los mayores consensos científicos se da alrededor de los ácidos grasos omega-3, un tipo de grasa poliinsaturada que el cuerpo no puede producir por sí mismo. Su consumo regular se ha vinculado con una disminución de los triglicéridos, un mejor equilibrio del colesterol y una menor probabilidad de eventos cardiovasculares graves.
Además, estos lípidos participan en procesos relacionados con la función cerebral y la respuesta inflamatoria. Estudios citados por instituciones internacionales señalan que una dieta que incluya omega-3 se asocia con menor inflamación sistémica y con beneficios potenciales en la salud cognitiva y emocional.
¿Cuánto es suficiente y cuándo se vuelve un exceso?
Aunque las grasas saludables cumplen funciones esenciales, su consumo no está exento de límites. Organismos como la American Heart Association y el National Institutes of Health recomiendan que entre una cuarta parte y poco más de un tercio de las calorías diarias provengan de grasas, con un margen reducido para las saturadas y una exclusión casi total de las trans.
Superar estos rangos de manera sostenida puede aumentar el riesgo de sobrepeso y enfermedades crónicas, incluso cuando las fuentes sean consideradas saludables. Por eso, el énfasis no solo está en la calidad, sino también en la moderación.
¿Dónde están las grasas que sí aportan?
Las principales fuentes de grasas saludables se encuentran en alimentos de consumo habitual. Aceites vegetales como el de oliva, canola o girasol; frutos secos y semillas; pescados azules como el salmón, la caballa o la sardina; y alimentos como la palta y la yema de huevo aportan lípidos de alto valor nutricional.
También existen fuentes menos evidentes, como ciertas algas comestibles, que contienen pequeñas cantidades de omega-3. En todos los casos, la recomendación apunta a priorizar alimentos frescos y preparaciones sencillas, en lugar de productos industrializados.
Más que eliminar la grasa de la dieta, la evidencia actual invita a comprenderla. Saber elegir, combinar y moderar estos alimentos permite aprovechar sus beneficios sin asumir riesgos innecesarios. En esa diferencia, sutil pero decisiva, se juega buena parte de la relación entre alimentación y salud a largo plazo.

