Cada mañana, mientras espera el micro que lo llevará a la escuela, el niño mira el cine de su barrio desde la vereda de enfrente. Le parece un palacio. Mucho tiempo después, este niño volverá a esa cuadra y se encontrará con un edificio pequeño devenido en supermercado. No importa, las cartas ya están echadas.
En esa misma infancia, su madre le propone tomarse dos colectivos, desde su Mataderos natal, para llegar a la calle Lavalle y ver una película. A él no le suena tentador, la madre no le miente y le cuenta que la película en cuestión dura tres horas. El niño duda, la madre le asegura que la película le va a gustar, pero le promete algo más: comer una pizza en la pizzería Roma. Ante semejante plan, el niño dice que sí. Viajan, llegan a Lavalle 777, al Ambassador, se sientan en las butacas, la película comienza, Julie Andrews corre y canta en las montañas.
El niño no entiende nada pero se larga a llorar y le dice a su madre que quiere ser eso, y llora, y sigue llorando en la pizzería, en el viaje largo de vuelta a su casa. Como vivían en una casa pequeña, el cuarto de este niño estaba pegado al de sus padres, así que escucha, y se acuerda, como si fuera hoy, que la madre le dice al padre “Carlitos se puso a llorar y dijo que quería ser eso” y el viejo Rottemberg contesta: “¿Qué quiere decir eso? ¿Quiere ser cantante o novicia?”.
Carlos Rottemberg lo logró. Desde ese día es empresario teatral. Y aunque no empezó inmediatamente a sus ocho años el camino fue lineal, sin dudas.
Hace unos meses cumplió medio siglo como productor en Buenos Aires y 48 en Mar del Plata, un verdadero récord. Produjo en total 1026 títulos. Tiene 16 salas, que a juzgar por esa niñez marcada por el fanatismo por los edificios teatrales, parece una verdadera victoria. Las diez salas de la capital porteña se nuclean en cuatro edificios: el del Multiteatro tiene cuatro salas; el del Multitabarís, tres; dos en el Metropolitan y la del Liceo. En Mar del Plata son seis en tres edificios. En uno, tres salas: Bristol, Lido y Neptuno; en otro dos: Atlas y América, y la tercera, el Mar del Plata. Además de sus proyectos permanentes, que son dinámicos y van surgiendo, como es menester para programar todas esas salas, en 2023 inició un camino impensado para él, el teatro musical junto con otras dos productoras (MP y Ozono): comenzó con Matilda, siguió Escuela de rock; en 2025, La sirenita y en pocos meses se estrenará Charlie y la fábrica de chocolate, todas en el Gran Rex.
“La novicia rebelde la vimos el viernes, el sábado fui al Ambassador con mi viejo a verla de nuevo, el domingo fui con mi abuela. En 32 días la vi 14 veces. La última fue en el cine Fénix de Flores donde la hice bajar a mi abuela de un colectivo. Luego la pasé en el Ateneo en 1976, tengo todas las versiones en casa y cuando quiero llorar la veo de nuevo”, relata este hombre indispensable de la escena teatral, tomando un café con vista al puerto marplatense.

–¿Y qué querías ser entonces? ¿Novicia, cantante o te diste cuenta de otra cosa?
–A partir de ese momento soy exhibidor de cine. Desde los 8 años estudié lo justo para pasar de grado, después para pasar de año; pero lo único que me importaba saber era cuántas semanas duraban las películas. Pedí tener el diario en casa porque estaban los avisos de los cines y así podía ver cuántas semanas llevaban las películas en cartel, yo quería seguir el recorrido.
–¿Cómo hacías? Estamos hablando de un tiempo sin Internet.
–Es una historia muy larga que termina en un psiquiatra. Al doctor le dedico un capítulo del libro que escribí cuando cumplí 22 años como empresario del espectáculo, No hay más localidades. Juan Enrique Kusnir fue el que les dijo a mis papás que se quedaran tranquilos, que lo que yo tenía era vocación. Es que yo estaba convencido de que era el dueño de los 42 cines del centro. En la pared de mi cuarto pegué una pizarra de corcho, pero no para colgar las cartitas de las chicas, sino para poner los programas de las películas que estaban en cartel. A mis 10 años ya vivíamos en Caballito, tenía el subte en la esquina, línea A, estación Acoyte, me bajaba en la estación Congreso, agarraba Callao, a la derecha estaba el cine Callao, Callao 27. Seguía caminando hasta Corrientes y doblaba a la izquierda, había un viejo cine que se llamaba Cataluña, que después fue el Cosmos; volvía a Corrientes y Callao y ahí estaba el cine Los Ángeles y, enfrente, Corrientes 1753, estaba el Alfil y al lado el Losuar. Avanzaba, me salteaba el Teatro Astral porque el teatro no era lo mío en ese momento, e iba haciendo desde el Premier al 1500 toda la línea hasta Maipú, en Maipú doblaba a la derecha y al 300 estaba el Teatro Casino. Volvía para Esmeralda y a la derecha estaba el Cine Ideal y a la izquierda, el Suipacha, el Princesa y el Biarritz. Ya había hecho todo Corrientes y las transversales, ahí tomaba Lavalle desde el Luxor, al 600, hasta el Iguazú, al 900; llegaba a la esquina de la 9 de Julio y Lavalle, cruzaba Cerrito y estaba el Metro.

–¿Hacías ese recorrido solo tan chico?
–Sí, me dejaban mis papás hacerlo y lo hacía con monedas mías porque siempre laburé, vendía lavandina, vendía libros en la Librería del Estudiante, en Junín y Bartolomé Mitre cuando empezaban las clases, vendía revistas. El cuento es que pedía en cada cine un programa, llegaba a mi casa, les ponía los esquineros y los colgaba en mi pared de corcho. Los miércoles, a las 7 de la tarde, pasaba un camioncito de la imprenta que tiraba, como los diarios, los programas del jueves. Entonces yo iba a las 7, a hacer ese recorrido por las salas. Si el programa no cambiaba, me salteaba ese cine porque ya tenía el de la semana anterior. Pero si cambiaba tenía que entrar. Como la última función empezaba mucho más tarde que ahora, yo estaba autorizado a dormirme más tarde los miércoles, pese a que tenía que ir a la escuela al día siguiente. Como yo me consideraba el dueño de los cines, tenía que esperar a que terminase la última función porque bajaba el programa y subía el próximo. Y yo hacía eso exactamente igual con Letraset en mi pared de corcho con mis 42 salas. Por supuesto me sabía de memoria las direcciones y los teléfonos a tal punto que le pedía a mi papá que me tomara examen. Mi papá decía “Trocadero” y yo rápido debía responder “Lavalle 820”. Así fue que mis papás me mandaron al psiquiatra creyendo que estaba loco.
–¿Era una locura? ¿Cómo lo ves ahora?
–No, creo que era una fantasía. Tenía claro qué quería ser de grande, nunca lo dudé, desde los ocho años soy empresario de espectáculos. En una Olivetti con dos dedos iba poniendo cuántas semanas duraba cada película. Así que cuando empecé a trabajar a los 17 años sabía perfectamente cómo se manejaban los cines.
–¿A los 17 años? ¿Menor de edad?
–Firmé como menor emancipado para hacerme cargo del Teatro Ateneo y, cuando cumplí 18 años, el 11 de abril de 1975, ya era empresario. Hasta las 8 de la noche exhibía cine y luego levantaba la pantalla para dar teatro, algo novedoso porque hasta ese momento las salas eran de cine o de teatro. Mi primer debut teatral fue con la obra Parra, la vida de Florencio Parravicini, protagonizada por Pepe Soriano. Acordamos estrenar el 24 de marzo de 1976 porque Semana Santa era en abril, obviamente no debutamos.

–El primer debut de Rottemberg es el debut que no fue. ¿La estrenaron?
–Sí, dos semanas después, antes de Semana Santa. Y en 1979 leí la última obra de teatro porque me considero un mal lector de teatro.
–¿Qué querés decir con ser un mal lector de teatro?
–En 1976 recibí una comedia de Neil Simon, Capítulo 2. Nadie me daba bola porque no me conocían aunque ya tenía alquilado el Ateneo. Recién en 1979 la pudimos estrenar con Carlos Estrada, Fernanda Mistral, Gabriela Acher y Víctor Laplace, dirigidos por “Cocho” Paolantonio. Después de tres años y pico queriendo hacerla, cuando se estrenó no fue nadie. Yo vivía con mis viejos y mi mamá tenía un Fiat 600 turquesa que me prestaba. Del Ateneo tomaba Rivadavia y en el semáforo de Rivadavia y avenida La Plata tengo perfecto el recuerdo de cómo me angustié porque entendí que no sabía leer teatro. “¿Cómo me voy a dedicar a esto? Si me hubieran explicado que lo que había que hacer para producir teatro era leerlo me hubiese dedicado a otra cosa”, pensaba, pero antes de que cambie el semáforo, me di cuenta que yo tenía que ser el vehículo entre el talento y el público. Al día siguiente llamé a cinco autores y nos reunimos. Eran Tito Cossa, Carlos Gorostiza, Ricardo Halac, Ricardo Talesnik y Carlos Somigliana. A partir de ahí cambió la historia. En esa reunión les dije que me ponía en sus manos.
–¿Cuándo virás del cine al teatro?
–Así como me convertí en productor televisivo con la vuelta de los almuerzos de Mirtha, esto también fue por casualidad. Yo hacía las dos cosas. Hasta las 8 de la noche me ponía un vestido y a las 8 y 5 me ponía el otro. Levantaba la pantalla para que apareciera la escenografía. Pero en 1992, a mi hijo Tomás [hoy en día es productor teatral y sigue los pasos del padre], que tenía 6 años, le compramos una VHS. Una noche le pregunté qué película podíamos ir a ver el fin de semana. Y Tomás me contestó: “¿para qué, si tenemos eso?”. Y me señaló la videocasetera. Me fui a la habitación y le dije a Linda [Peretz, entonces su mujer]. “Voy a dejar el cine. Si Tomás, que nació con el cine, me dice eso, en unos años no va a ir nadie. Antes que el público me deje, yo me voy”. Y hoy el cine pasa el peor momento de su vida, era una muerte anunciada. A mí lo que siempre me interesó fue tratar de estar un minuto adelantado.
–Mencionaste la vuelta de los almuerzos a la televisión, ¿cómo fue?
–Fue impensado para mí haber provocado el regreso del programa de Mirtha Legrand en 1990. Como empresario yo produje Potiche, su despedida teatral en el Atlas de Mar del Plata, en 1989, 1990. Cuando salíamos del teatro, en la típica cena con el elenco se daba una cosa increíble: Mirtha encabezaba la mesa incluso en mesas redondas. Yo que había sido televidente del programa, hasta 1980, lo reviví. Por eso me levanté, no existían los celulares, y en un restaurante donde estábamos comiendo, en Salta y Brown, pedí el teléfono para llamar a Buenos Aires y hablar con Daniel Tinayre. Le dije que quería producir el programa porque Mirtha ya lo estaba haciendo todas las noches. Tinayre, que siempre la cuidó mucho, me dijo que los que sabían de televisión, por delicadeza no los nombro, le aseguraban que el programa estaba acabado. Sin tener idea de tele le dije que quería producirlo. Volví a Buenos Aires y me puse a pensarlo. El canal donde había tenido su último contrato, ATC, la Televisión Pública, aceptaba un magazine de 13 a 15, pero en el clásico living, y no los almuerzos porque decían que con la crisis no se podía mostrar gente comiendo cuando tanta gente no podía comer. Por lo tanto, a regañadientes, con Tinayre de director íbamos a ir a firmar ese contrato. Ahí pasó una cosa increíble: el sábado anterior a la fecha fijada para firmar el contrato con René Jolivet, el interventor de ATC, fuimos con mi papá a tomar un café a la confitería de Figueroa Alcorta y La Pampa. Se acercó un conocido a saludarlo, un antiguo proveedor de comida para los empleados de la fábrica de cuero que tenía mi padre. Y en ese momento y en esa confitería se me cruzó la solución para la vuelta del programa: simultáneamente con la transmisión había que ofrecer diariamente almuerzos a sectores carenciados. Eso no solamente le quitaba la cuota de frivolidad que aquella primera época, del 68 al 80, había tenido el programa, sino que además le aportaba un costado solidario. De la confitería me fui directo a verlo a Tinayre y le conté la idea, le encantó. El lunes fuimos a ATC, Jolivet nos atendió, no terminó de escuchar la palabra almuerzos y ya nos dijo que no, otra vez, y cuando le planteé el tema, al menos dudó. Le garantizaba que iba a haber de 100 a 200 almuerzos en simultáneo, con el mismo menú que se comiese en el programa. Lo llamamos a Monseñor Laguna, responsable de Caritas, para contarle la idea, le pareció excepcional. Con Caritas de por medio, Jolivet nos pidió que fuésemos a Casa de Gobierno a ver a Fernando Niembro, Secretario de Prensa de la presidencia. Nos escuchó, se retiró, le preguntó a Carlos Menem y volvió a los tres minutos con la respuesta afirmativa. Nos dijo que volviéramos a ATC, que él le avisaba a Jolivet que cambiara el nombre en el contrato y que, en lugar de un programa de interés general, ponga Almorzando con Mirtha Legrand. Esa noche, en el restaurante del hotel Alvear y con el contrato firmado, Mirtha se enteró que volvía con los almuerzos hace exactamente 35 años.
–Pasaron cincuenta años de aquellos comienzos, el repaso parece algo inevitable. ¿Cómo ves estas décadas de tu vida?
–Si hay algo que me emociona es el recorrido. Tomás me dijo una cosa que me gustó: “papá, yo laburo, vos sos más institucional, porque todos te llaman para preguntarte cosas”. Yo lo cuento con un ego muy alto y con mucho orgullo porque digo, ¿cómo llegué a que me llame el dueño del Gran Rex a mí? Si yo era el que recorría buscando el programa del Rex. ¿Cómo llegué acá? Esa pregunta es de las cosas que me emocionan. Yo recién hablé de ego. A los 18 años decidí que ni en las producciones, ni en los teatros míos, esté mi nombre. Un día Linda me dijo “qué bajo tenés tu ego que no te ponés”. Yo tenía una lectura distinta: lo debo tener tan alto que no me interesa, quiero que sepan quién soy sin decirlo. Si lo cuento yo se rompe la magia.
–¿Sacaste algunas conclusiones de estos cincuenta años?
–Veo los puntos que originaron un cambio en la actividad. Por ejemplo, cuando hace 27 años planteé destruir el teatro Blanca Podestá para convertirlo en cuatro salas, lo que hoy es el Multiteatro, fue nota por la novedad y años después hice lo mismo en el Tabarís. Siguiendo el consejo de Romay que me decía que era mejor tener varias salas para que un éxito pague otros fracasos. Traté de ver la profesión como un todo. Eso me permitió transitarla más relajado. Todos hablan de lo difíciles que son los actores. Yo vivo con los actores y no tengo ningún medicamento que tomar contra ellos. Al contrario, tengo grandes amigos. Lo mismo pasa con las temporadas. Puede haber una mala, pero a la larga… Siempre miré la película. Nunca vi la foto. A la gente le da pudor hablar de éxito, yo digo todo lo contrario. Quiero el éxito, lo necesito y lo busco. Casi todo es fracaso. Pero estamos buscando siempre el éxito, es la zanahoria. Cuando uno va al médico quiere que acierte con el diagnóstico, que tenga éxito. El ingeniero que hace el cálculo para construir una casa, ¿vos querés que tenga éxito o que se te caiga el techo? Cuando viajás en avión, ¿querés que el piloto tenga éxito y te deje en Europa o que se caiga en el Atlántico? Todos queremos el éxito. A mí me preguntan siempre cómo quiero ser presentado. Tienen miedo de decirme empresario. Yo digo que soy empresario con un orgullo que no se pueden dar una idea. Porque el tema es la ética, no el rol. ¿Qué mal se habrán hecho algunos deberes para que haya actividades con buena prensa y otras con mala? Yo soy empresario y eso me enorgullece. Subo la apuesta: soy empresario capitalista al 100% porque no quise nunca venderle ni tener vinculación alguna con el Estado. El camino, por supuesto, es más sinuoso, es el más difícil. Se trata de convocar al público. Pero a la vez es la libertad total. Libertad absoluta. Libertad de expresión. Quise probarme a mí mismo mostrando que podía convocar al público a través de los artistas. Por eso digo capitalista al 100%, con el capital. Porque a los que te dicen que son empresarios y tienen alguna preventa del Estado yo los llamo planeros de guante blanco. Hay planeros de los que se ven y hay planeros de guante blanco que incluso levantan el dedo para señalar a los otros. Planero de guante blanco es otra cosa. Que no cuente conmigo. Por supuesto que es peor. Los otros por lo menos lo necesitan para morfar.

–¿Cómo ves este momento teatral?
–Con mucha preocupación. Así como siempre traté de ver la película, hoy siento que el teatro que yo llamo de la calle Corrientes corre un riesgo enorme. No sé qué va a pasar dentro de 20 años. Los que tenemos como yo 68 años todavía vivimos de las últimas estrellas que el público conoció con la tele gratuita. La calle Corrientes con sus enormes y costosos edificios teatrales no se sostiene sin estrellas. Los empresarios me miran como tantas veces me pasó en mi vida pensando que estoy loco. Pero si en los años 70 yo le decía a un empresario que Lavalle, como calle de los cines, en pocos años no iba a existir más me hubieran tildado de loco [muestra una foto en la que se ve la calle Lavalle atestada de gente]. En un momento tuvieron que prohibir que se hagan más cines porque era peligroso si tenía que entrar una ambulancia, por ejemplo. Esta particularidad que tiene Buenos Aires de ser una gran plaza teatral es porque están las estrellas que la gente ve en la televisión: Porcel, Olmedo, Calabró, Susana, Mirtha, Darín, Brandoni, Francella, Suar, Nicolás Cabré, incluso Bossi y Fátima surgieron del programa de Tinelli y ahora Rada que creció muchísimo con el de Pargolini. Nosotros nos sostenemos con el éxito de China Zorrilla, nos sostenemos con el éxito de Thelma Biral, con Moria Casán. Este es el único tema en 50 años que a mí me ha quitado el sueño y no porque lo vaya a vivir yo, lo va a vivir Tomás.
–¿Tiene solución?
–En Turquía, en Brasil, en España, en Estados Unidos, en Colombia, en todos lados hay plataformas como acá. Pero también hay ficción gratuita. La única solución es hacer una mesa intersindical y apostar a producir ficción. Yo propuse hacer una cooperativa, si el programa es un éxito ganamos todos, y si perdemos, no perdemos tanto. Siempre dije que había que reinvertir en la empresa teatral. ¿Por qué tenemos tantos teatros? Porque vendimos 22.600.000 entradas. Y las 22.600.000 entradas están a la vista y tienen que ver con los teatros. Cuando yo empecé hace 50 años, Buenos Aires ocupaba el séptimo lugar en importancia en el mundo teatral. Nos ganaba España, nos ganaba México, nos ganaba París. Hoy, después de Nueva York y Londres, todos los teatreros te ponen a Buenos Aires. Y además, Nueva York y Londres se nutren con el turismo, tanto internacional como nacional. Acá lo hacemos entre nosotros, desde la punta del mundo. Y en Mar del Plata ni hablemos, porque lo que era un estacionamiento ahora es el teatro Mar del Plata. Los edificios teatrales sobreviven a las personas y a las empresas, a veces como público no nos damos cuenta cuando vamos a un teatro que hubo alguien hace 80, 100 años que lo construyó. Vamos al Ópera, alguien lo hizo en 1936 y se llamaba Clemente Lococo. Me gusta pensar que va a quedar esa huella.

–¿Cómo está la temporada?
–Va a terminar un 15% menos respecto al año pasado.
–¿Ya te diste cuenta en las primeras semanas de funciones como hacés año a año?
–Yo anoto todo en una libretita, acá en Mar del Plata; en Buenos Aires, no. Y con los números que me da diciembre, hasta el 8 de enero y la preventa de la segunda quincena ya está. Esos números se mantienen hasta que termina la temporada.
–¿Te amarga?
–¿Viste que hablamos de ver la película completa? Pensé que iba a ser peor porque LA NACION hace unos días mostró en tapa la foto de Brasil llena de argentinos y el embotellamiento en Punta del Este. Ya sucedió en los 90 con un tipo de cambio similar. Hay que tener en cuenta que, más allá de lo económico, ésta es una ciudad balnearia y ese es su principal atractivo. Si falta agua en Cataratas, la gente no va; lo mismo sucede si falta nieve en Bariloche. Si tocan tres días feos en la costa viene menos gente porque cambió la forma de vacacionar. Cuando éramos chicos y veníamos por la ruta angosta que llamábamos trágica, las vacaciones se organizaban y planificaban más. Hoy, con la autovía y los pronósticos del clima tan a mano, la gente decide en el momento. También aparecieron los cruceros, ¿quién iba a imaginar que desde el puerto de Buenos Aires saldrían decenas de miles de personas rumbo a Brasil? Y cuando empezás a sumar entre el crucero, los de Brasil y los que están en Uruguay… Todos esos que están ahí, faltan en otro lado. Si el dólar costase 5 mil pesos, estarían en la Costa Atlántica. Es lógico. Seamos pragmáticos.
