Hoy lidera un Estudio en crecimiento (con sede, nada menos, que en la exclusiva Rue des Artisans), pero el camino de Rob Ortiz estuvo lejos de ser lineal. “Nací en Tartagal, viví mis primeros años en Buenos Aires y, con la crisis de 2001, nos volvimos a Salta, donde hice el secundario”, nos cuenta. “Desde que tengo memoria estuve muy conectado con lo creativo: en esa época, en vez de ir a fútbol, iba a clases de arte y cerámica”, dice sobre una vocación que quedó en pausa durante un buen tiempo.

Hacer el CBC de Psicología le sirvió para confirmar que no era lo suyo. “Después, estudié gastronomía, trabajé y me pude mantener solo, pero seguía sin estar convencido”. Qué mejor, entonces, que ir a lo esencial. “Todavía me veo preguntándome: ‘¿Qué era lo que me gustaba de verdad?’ Y volví a lo que hacía de chico: arte, dibujo, manualidades. Ahí mismo empecé a estudiar Diseño de Interiores en ORT”.

Un PH, una oportunidad y el impulso
“No tenía pensado armar un Estudio; fue una consecuencia de hechos apasionados y afortunados, de pruebas y errores”, recuerda, seguramente pensando en uno en particular. “Había lanzado una marca de ropa y objetos de playa. Hice todo el diseño, el producto, el packaging, pero me quedó claro que entendía nada de comunicación: no sabía cómo venderlo”.
En paralelo, apareció un PH que hizo historia en su vida. “Pude comprar primera mi casa y decidí encargarme personalmente de la reforma, que diseñé y luego llevé a cabo con un constructor. Ese fue mi primer proyecto integral. Casi al mismo tiempo, una clienta me pidió que la ayudara a terminar una obra que había quedado trunca por diferencias con su arquitecta. La agarré, la reformulé y la terminamos”.

Todo empezó a ordenarse de manera orgánica. “Yo venía de ‘fracasar’ con algo y, sin darme cuenta, estaba armando otra cosa. Este PH fue el primer proyecto mío que salió publicado en Living. A partir de ahí, no paré más”.

Sin contactos en el rubro, Ortiz construyó su propio camino. “No venía de una familia relacionada con la arquitectura ni con el diseño o la construcción. Así que, como no tenía a nadie que me abriera puertas, salí a buscarlas: iba a eventos, recorría y me presentaba a las marcas”.
Las redes también jugaron un rol importante. “Mi cuenta de Instagram estaba bastante activa porque viajaba mucho. Para 2018, tenía como 10 mil seguidores, todo un número para ese momento, lo que me empezó a posicionar”, repasa. “El resto fue la alternancia constante entre ir buscando e ir aprovechando las oportunidades”. Con el tiempo, esa tendencia se convirtió en estructura. “Fue un crecimiento progresivo y sostenido” dice, orgulloso y agradecido.

Vida, trabajo y todo junto
En paralelo al crecimiento profesional, su vida personal también atravesó un cambio determinante. “Con mi expareja teníamos el deseo de ser padres y empezamos un proceso de adopción que fue largo. Titi llegó en un momento de mucha intensidad en el Estudio, que es mi segunda casa. Entonces, ella también se convirtió en parte de todo eso”.

Hoy, su Estudio está formado por un equipo fijo de siete personas, a las que se les suma un elenco estable de proveedores y artesanos para acompañar un volumen de trabajo que oscila entre los 9 y 15 proyectos por año.
Volver, pero distinto
“Fue el segundo gran punto de inflexión en mi carrera”, dice Rob Ortiz sobre su primera participación en Experiencia Living. “Habíamos hecho una propuesta muy fuerte y tuvo mucha repercusión. Eso también te obliga a volver con la vara alta”.


“Cuando empecé a mirar el entorno de Remeros Beach —la laguna, el turquesa, el atardecer que se cuela por los ventanales— entendí que, esta vez, tenía que ir por otro lado”.
Como en todas las Experiencias, en esta también hay un cliente imaginado. “Para la cuarta edición, pensamos en una pareja que viene de vivir en Tulum, pero no por eso quise hacer algo de playa; buscaba algo relajado, pero también elegante”. El resultado es un espacio calmo, orgánico y sensorial. “Es una propuesta mucho más zen de lo que había pensado, y se terminó de ordenar bajo un concepto claro: ‘Lo esencial entre capas’, el nombre que le dimos al departamento. Me interesaba trabajar lo que no se ve, pero está. Como las capas que vamos sacándonos con el tiempo”.

Ese equilibrio atraviesa todo el proyecto: “Es como un momento de la vida donde dejás de ser tan joven, pero tampoco sos completamente adulto. Hay una dualidad ahí que me interesaba mostrar”.
Lo que viene
Mientras continúa con múltiples obras en marcha, Rob se prepara para un nuevo desafío. “Vendí mi PH y me compré una casa viejita en Saavedra. Y lo que iba a ser una reforma importante, terminó en un proyecto desde cero, el primero de este tipo para el Estudio”, comparte, aclarando que, aunque lo siente como un gran desafío, también lo vive como un paso natural en la evolución de su firma. “Está bueno probar y apostar en tu propia obra, resolver en algo tan personal y ahí aprender”, dice, súper entusiasmado con esta nueva etapa de su vida y de su trabajo.
Entre obras, crecimiento y nuevos desafíos, hay algo que no cambia: “Trabajar de haciendo cosas lindas sigue siendo un placer para mí, tanto hoy como el primer día”.
