DEBRECEN, Hungría.– Debrecen, una ciudad de 200.000 habitantes ubicada junto a la frontera con Rumania, será recordada por la historia como el símbolo del apogeo y la decadencia del régimen de Viktor Orban.
El primer ministro que gobierna desde hace 16 años, corre el riesgo de perder el poder el domingo próximo, repudiado por una mayoría de electores que lo acusa de haber implantado una autocracia institucional, instaurado el sistema de corrupción más vasto de la historia moderna del país, conducido el país a la ruina económica y –sobre todo– de traicionar a la Unión Europea (UE) para jugar el papel de peón al servicio de Rusia en el tablero geopolítico internacional.
Hasta hace pocos años, la segunda urbe del país era una de las principales fortalezas del partido gubernamental Fidesz. Después que Orban llegó al gobierno, y de las generosas trasfusiones de dinero público enviado por Orban a partir de 2010, Debrecen perdió su reputación de ciudad provinciana –aburrida y descuidada– para transformarse en modelo de desarrollo y prosperidad, con el centro impecable, edificios de aspecto irreprochable, calles limpias, bicisendas, tranvías de última generación, plazas con juegos infantiles y una envidiable atmósfera de seguridad a 220 kilómetros de Budapest, capital de Hungría, que era uno de los países más pobres y atrasados de Europa.
Ese sorprendente salto al modernismo era el primer resultado visible de la bonanza artificial inducida por la creación de un parque industrial de 1500 hectáreas creado por Orban en la zona vecina de Mikepercs para convertirla en 2030 en una especie de Detroit europeo del automóvil eléctrico mediante la generosa política de exenciones impositivas acordadas por el gobierno. A partir de 2015, las dos grandes marcas alemana de lujo, Audi y Mercedes, instalaron sus plantas de ensamblado, seguidas por una inversión de 2000 millones de euros, realizada por BMW.
La presencia de esos tres gigantes se convirtió en un anzuelo irresistible que llevó a decenas de inversores a trasladarse con armas y bagajes a Mikepercs para instalar fábricas de baterías eléctricas, autopartes, neumáticos, así como usinas de procesamientos de las materias primas y metales raros imprescindibles para satisfacer la voracidad de la industria de la movilidad eléctrica. En pocos años, Hungría creó un espejismo industrial sin precedentes con la implantación de numerosas factorías, la promesa de crear 9000 empleos directos y una lluvia de inversiones por valor de 24.000 millones de euros.
La burbuja estalló con la llegada del gigante chino Contemporary Amperex Technology Co. Limited (CATL), que lanzó un cañonazo de 7300 millones de dólares para financiar –en tiempo récord– la construcción de la mayor fábrica de baterías eléctricas de Europa. La factoría, concebida para llegar a tres unidades de producción, fue proyectada para responder a la demanda de dos millones de baterías lithium-ion por año, un nivel imposible de alcanzar por ninguna otra empresa europea.
El problema es que la utopía industrial creada por el gobierno de Orban es que no tuvo en cuenta dos detalles cruciales: el primero es que la fabricación de baterías eléctricas consume altísimas cantidades de agua y energía. En ese momento los habitantes comprendieron que los procedimientos empleados por CATL generaban un peligroso vertido de residuos tóxicos en el suelo, que terminarían penetrando en las napas freáticas. “Dicho en otras palabras, estábamos creando una contaminación ambiental que perdurará durante siglos”, recuerda el ingeniero Gabor Bogos, de 42 años, que se escandalizó cuando conoció la totalidad del proyecto. Sus temores se confirmaron durante la sequía del verano boreal de 2026, que secó el lago que irrigaba las plantaciones vecinas y puso en evidencia la gravedad de la polución.
Para justificar la implantación de nuevos sitios industriales, política conocida como «Orbanomics“, el gobierno argumentaba que permitiría a los jóvenes permanecer en el país y, al mismo tiempo, combatir la “fuga de cerebros” que desangra el país. “Es falso”, replica Dora Gyorffy, profesora de economía en la Universidad Corvinus, en Budapest. “La juventud emigra espantada por la falta de democracia y para escapar a la ausencia de perspectivas”, explica.
El incidente más grave, sin embargo, fue la llegada de enormes contingentes de mano de obra extranjera, principalmente de China y Filipinas. Desde el punto de vista político, esa ola inmigratoria destruyó de un solo golpe toda la estrategia desarrollada por Orban desde 2005, cuando aún estaba en la oposición, de proteger la pureza de la sangre y de las convicciones religiosas de los 10 millones de húngaros. La llegada de “trabajadores extranjeros invitados” destruía el compromiso de ofrecer “trabajo bien remunerado” a todos los habitantes de la región de Debrecen. Los chinos y filipinos “invitados por el gobierno” incluso aceptan salarios inferiores y condiciones de alojamiento intolerables en cualquier otra parte de Europa.
Desde entonces, las manifestaciones populares se multiplican. Pero el episodio no constituyó un traspié insignificante. “Debrecen siempre fue un laboratorio del sistema Orban. Por lo tanto, cualquier éxito o fracaso tiene una repercusión nacional”, le advirtió Laszlo Mandi, líder de la oposición en el concejo comunal.
Colmo de ironía, fue en Debrecen, otrora fanática del actual primer ministro, donde nació un petitorio nacional dirigido a Orban, exigiendo que se coloque al servicio de los húngaros en lugar de ser considerado como el dirigente que “vendió su país a China”. Para un líder que se proclama “nacionalista”, la humillación no es baladí. Pero hoy, en vísperas de elecciones legislativas cruciales, esa primera advertencia parece haber tenido un aspecto premonitorio.
