Días en los que se juega la reelección

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Solo 48 horas les fueron suficientes a Javier Milei para pasar del inútil exitismo sobre cómo vive la sociedad al implícito reconocimiento de que ella está sufriendo. A la gente común se le pueden pedir sacrificios, pero nadie puede negarle el mérito del sacrificio. Primero, en un reportaje en la televisión pública frente a dos economistas, el Presidente dijo, sin que nadie lo contradijera, que el “consumo está en niveles históricos”. Parecía que hablaba de otro país. Pero dos días más tarde le pidió “paciencia” a la sociedad argentina frente a la situación de la economía; esa petición pública se interpretó como su primer reconocimiento de que el severo ajuste que aplica desde hace dos años tiene consecuencias en la vida cotidiana de los argentinos. Algunos economistas explicaron aquel desmesurado alarde sobre el consumo como el resultado de una fórmula matemática demasiado confusa y arbitraria. Significa el reparto entre el número total de ciudadanos de lo que queda después del total de los gastos del país (incluidas las exportaciones, las importaciones y los desembolsos del Estado, entre otras cosas). Distribuyen ese resultado de igual modo entre un multimillonario y un jubilado que percibe el haber mínimo. Un divertimento intelectual. Nada más. Otros economistas prefieren detenerse en los datos del propio Indec, que reflejaron, según un artículo de Florencia Donovan en LA NACION, que la producción industrial cayó un 4 % en febrero comparada con enero. Fue la caída de mayor nivel interanual. Una baja importante se dio en alimentos y bebidas -casi un 7%-, aunque cayeron con mayor intensidad la ropa, el calzado y los vehículos, pero estos no son elementos imprescindibles para la vida de las personas. En síntesis, la industria no puede encontrar una tendencia definitiva de crecimiento desde hace quince años, aunque registró en ese largo período algunas subas esporádicas y breves. El analista Sergio Berensztein, también un respetado encuestador, le incorporó al malhumor una información política: “En pocas semanas, escribió, el Gobierno perdió el capital político y la iniciativa que había mostrado desde el triunfo electoral de octubre pasado”. Esa pérdida debe atribuirse seguramente a la situación de la economía más que a cualquier otra cosa, aunque también influyeron, en medio de la escasez y la inopia, el griterío político dentro del Gobierno y las denuncias de presunta corrupción de funcionarios libertarios. Pero estos conflictos intervienen en el ánimo social solo cuando existe un malestar colectivo por el decurso de la economía. Nunca las cuestiones políticas, institucionales o morales fueron más determinantes que la percepción y las certezas de la economía. Por otro lado, también es fácilmente comprobable la noción social de la estabilidad económica después de las permanentes turbulencias de los gobiernos de Cristina Kirchner, Alberto Fernández y Sergio Massa. La estabilidad puede cotejarse si bien se miran la inflación mensual, todavía alta pero mucho más baja que durante los gobiernos kirchneristas, y el estable precio del dólar, cuya cotización ha sido el histórico termómetro de los argentinos para ponderar la economía. Pero estabilidad no es sinónimo de consumo o crecimiento. Los sectores industriales que más prosperan son los del petróleo, el gas, la minería y el trabajo eterno del campo que naturalmente están lejos de los centros urbanos y promueven, más ahora cuando existen muchísimos progresos tecnológicos, poca creación de mano de obra.

En medio de ese contradictorio paisaje, funcionarios que frecuentan la cresta del poder aseguran que si Milei llegara al año próximo con una inflación que comience con cero tendrá la reelección asegurada. Otros mileistas agregan que ese nivel de inflación será importante, salvo que se lo consiga a cambio de una continua parálisis del consumo social. Si esa es la condición, la situación de la economía debería cambiar exponencialmente. Un imprescindible artículo publicado por Guillermo Oliveto en LA NACION el lunes pasado señaló que, según una encuesta nacional de Pulso Research, el 65% de las familias argentinas tiene dificultades importantes para llegar a fin de mes, y que se profundiza la resignación social de consumos, sobre todo de alimentos, bebidas y, más que nada, de carne. Consignó también que el 60% de los encuestados bascula entre la bronca, la impotencia, la frustración, el hartazgo y el enojo, y que el 66% está preocupado por la posibilidad de perder el trabajo. Esto suele suceder cuando muchas personas están asediadas por familiares, amigos o conocidos que se quedaron sin trabajo. El mismo informe de Oliveto dio cuenta de que las ventas en supermercados en el primer bimestre de 2026 comparadas con igual bimestre de 2025 cayeron un 4,5 %; gran parte de la venta de los supermercados son artículos que están en las góndolas de alimentos y artículos de limpieza. Después de escuchar a 14 focus groups, Oliveto rescató la frase que la gente común repitió: “Es tiempo de volver a hacer las cuentas. Ya no hay espacio para ningún descontrol”. “Control”, dice, es una palabra incansablemente reiterada. El derrumbe está tocando el zócalo del consumo social.

La paciencia social no es infinita ni ciega ni absoluta

Esa pronunciado declive del consumo se debe también a que los bancos dejaron de dar créditos en la mayoría de los casos, sobre todo porque aumentó notablemente la morosidad de los que tienen deudas. Otro fenómeno contradictorio es que los argentinos compraron 25.000 millones de dólares en el último año, pero no los usaron para el consumo ni para la inversión. Solo los guardaron. Por las dudas. Nada es seguro en el país del constante zigzagueo. En rigor, el consumo de bienes cae después de que una familia paga sus compromisos imprescindibles: tarifas de electricidad y gas, salud, colegios, expensas o alquiler de viviendas. Una única certeza es casi unánime entre los economistas: la Argentina necesita mucha inversión para imaginar una sociedad que regrese al consumo normal y seguro. La inversión tiene dos obstáculos. Uno de ellos es que aún rige un cepo parcial al giro de dividendos, pero se trata de una cifra que no es menor. Es la acumulación de ganancias de empresas extranjeras que no pueden enviar a sus casas matrices las ganancias acumuladas durante cinco años, los que van de 2019 hasta principios de 2024. Ningún compañía internacional está dispuesta a colocar dólares en un país que no permite el libre movimiento de su dinero o del dinero de otras empresas. Es, en efecto, una cantidad importante de dólares y el Banco Central tiene módicas reservas de moneda norteamericana. La otra dificultad consiste en el ruido político que espolea el propio Presidente, cuando, por ejemplo, zamarrea en público a los empresarios y con especial saña al industrial más importante del país. “Si el Gobierno hace eso con los empresarios nacionales, qué podemos esperar los que estamos fuera del país. No necesitamos ni merecemos un eventual maltrato”, se escuchó al ejecutivo más importante de una empresa extranjera. Habría algunas excepciones: ¿será cierto que los laboratorios medicinales lograron un acuerdo con Milei para conservar sus privilegios? Dice el rumor que lograron convencerlo de que le pida a Estados Unidos una reciprocidad por la concesión para que la autorización de la FDA, la agencia norteamericana de control de medicamentos y alimentos, sea suficiente en el proceso de importación de remedios norteamericanos, mucho más baratos que los argentinos. Ese intercambio consistiría en que los Estados Unidos hagan lo mismo con los medicamentos argentinos autorizados por la local Anmat. Estados Unidos nunca aceptará eso. Todo quedaría igual que antes. Podría ser solo un rumor, pero el lobby medicinal es tenaz e intenso. Veremos. En el exterior hay dos miradas sobre Milei: una es la que lo elogia porque advierte la todavía inicial y rápida solución que promueve para la vieja crisis económica argentina, y la otra es la que se detiene también en las formas de un líder agresivo y, muchas veces, grosero. Es fácil escuchar entre los diplomáticos extranjeros que no existe en el exterior un consenso unánime sobre el presidente argentino. Según la historia, por lo general han sido los sectores opositores al partido gobernante los que provocaron el escándalo político en una nación. En la siempre extravagante Argentina sucede al revés: es el jefe del Estado el que enardece la política. No tiene remedio.

La suerte de Milei depende de igual manera del inestable escenario internacional después de la guerra que Estados Unidos e Israel le declararon a Irán. El país gobernado por los criminales y autoritarios ayatollah se acerca y se aleja para consentir una tregua. Por ahora, esa guerra en el corazón de la producción internacional de petróleo y gas está provocando un futuro inmediato gravemente incierto. El responsable de la Agencia Internacional de Energía, Fatih Birol, acaba de advertir que estamos viviendo “el mayor riesgo para la seguridad energética de la historia”. A su vez, la directora del Fondo Monetario, Kristalina Georgieva, ha dicho que la guerra volcó las previsiones económicas mundiales y alumbró una crisis energética indudable. El diario El País, de Madrid, señaló en un dramático editorial que “ya no es solo el cierre del estrecho de Ormuz (…) más de 40 instalaciones petroleras y gasistas en varios países de la región han sido atacadas” por uno u otro bando en guerra. Esto es así de grave: según varios analistas de la situación internacional, aunque se restablezca plenamente el tráfico en el estrecho de Ormuz, los daños que ya existen tardarán años en ser reparados. Podría haber una mayor inflación mundial, con su repercusión en todos los países, y un aumento en las tasas de interés que afectará especialmente a los países muy endeudados (la Argentina está entre ellos). La misma Georgieva previno: no habrá un regreso limpio y ordenado de la actividad económica internacional tras el conflicto en Medio Oriente. La Argentina cuenta con el auxilio de sus propias y enormes reservas de petróleo y de gas no convencionales. Eso le hará menos dura la transición hacia la normalidad, pero no le evitará el aumento del combustible y, por lo tanto, de la inflación, al menos en el futuro inmediato. Para empeorar las cosas, existe en Washington el liderazgo del imprevisible y voluble Donald Trump. Un día declara la victoria definitiva; otro día le da un plazo inmodificable a los que mandan brutalmente en Teherán para que liberen el estrecho de Ormuz, y al día siguiente modifica ese plazo que antes era inquebrantable. Paradójicamente, Trump depende ahora del gobierno de los chinos, sus viejos enemigos en el comercio internacional, para alcanzar una pausa en la guerra. Milei, también. Los líderes de China están detrás de la mediación de Pakistán entre la Casa Blanca e Irán.

Si quiere pasearse hasta su relección el año próximo, Milei deberá hacer algo más que esperar los futuros resultados de la economía y confiar en que el peronismo se conformará con poner a Axel Kicillof como único candidato alternativo. Sectores del justicialismo ya están trabajando en una candidatura más sólida que la del gobernador bonaerense. También deberá hacerse cargo del peso que significa perseverar con la continuidad de Manuel Adorni como jefe de Gabinete. Beneficiario de jubiladas filantrópicas y de extraños manejos financieros, el jefe de los ministros está impedido de ir al Congreso a rendir cuentas de la gestión del Gobierno. Le escapa al cuestionamiento parlamentario. Pero su concurrencia al Congreso no es opcional; su informe una vez por mes al Parlamento es un mandato constitucional. Es cierto que el Presidente tiene un problema difícil de resolver. Necesita a alguien que haga como si fuera el jefe de Gabinete, aunque no lo sea en la realidad de los hechos. La verdadera jefa de Gabinete de Milei es su hermana Karina si se escucha con atención cómo se refieren a ella los funcionarios que importan. Adorni es, en esa función, irremplazable. Otra vez: el peor adversario electoral de Milei es la mezcla de la penuria económica con las denuncias de supuesta corrupción. La paciencia social, que el Presidente pidió, no es infinita ni ciega ni absoluta.

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