NOLSALP. Con esta sigla solo enigmática en apariencia –significa “No odiamos lo suficiente a los periodistas”–, Javier Milei volvió a reflotar el execrable eslogan que incita a la violencia indiscriminada contra la prensa. No solo hacia los que son venales, mienten, exageran o directamente son operadores disfrazados de periodistas. El Presidente ilustra uno de sus posteos en las redes sociales con los logos de varios medios de comunicación, la mayoría de ellos del todo ajenos a la denunciada red de espionaje rusa que pagó notas para denostar al gobierno libertario.
La revelación funcionó como excelente excusa para darle de vuelta máquina a su grito de guerra preferido: NOLSALP. Debería sincerarse y reconocer que lo fastidian más que nada los comunicadores que investigan con seriedad los chanchullos del poder actual, se llamen $Libra, Andis, las inconsistencias de Adorni o la lista larga de funcionarios beneficiados con abultados créditos del Banco Nación.
La revelación de Santiago O’Donnell, en su sitio Filtraleaks, que catalogó como “campaña de propaganda y desinformación del Kremlin en la Argentina” le vino como anillo al dedo a Milei. Creyó encontrar allí, de paso, un inmejorable argumento para intentar apagar de una vez las llamas que mantienen incandescente el caso Adorni.
La noticia llega con delay porque se refiere a coberturas del año 2024 que, de hecho, ya habían trascendido en parte hace unos meses. Milei elucubra que lo que se filtró ahora es solo la punta de un iceberg. Es probable. Al momento lo que se sabe es que se pagaron 283.000 dólares por la publicación de 250 artículos en contra del líder libertario y de los enemigos de Rusia, en veinte sitios web con perfil kirchnerista o de izquierda. También figuran empresas como Infobae, El Cronista, A24 y C5N.
Si la anulación del fallo adverso sobre YPF no logró desplazar de la vidriera mediática los tropiezos de Adorni, menos parece factible que lo pueda hacer con esta lista de impresentables “ensobrados” de Rusia.
Adorni tampoco ayuda: casi no hay día en que no se sospeche de una nueva erogación dispendiosa del chamuscado jefe de Gabinete. Eso renueva el interés de los medios, como el viaje a Aruba, que habría realizado a fines de 2024. Y que también contrató a un abogado penalista de un estudio de fuste que en su momento defendió a Alfredo Yabrán. Todas novedades que tomaron estado público después de que levantara la conferencia de prensa prevista para el miércoles último porque los acreditados en la Casa Rosada lo esperaban relamiéndose.
Es inevitable asociar el empecinamiento de Manuel Adorni con aquel chiste de Jaimito sobre el misterioso alumno que cuando nadie lo veía escribía insistentemente en el pizarrón la palabra “pis”. La maestra invitó a los chicos de la clase a que cerraran los ojos junto con ella para darle la chance al culpable de que enmendara su error y borrara aquello sin identificarse. Pero cuando todos abrieron los ojos de vuelta leyeron: “Pis y caca. El enmascarado no se rinde”.
Algo de eso hay en la porfía del jefe de Gabinete de no dar un paso al costado en medio de nuevas evidencias que lo complican más y del propio presidente de la Nación que no para de abrazarlo en cuanto acto público se lo cruza. Parecen niños caprichosos que, con tal de hacer su gusto, niegan la realidad de que se trata de un tema terminado y sin retorno que solo lastimará más la credibilidad de la gestión libertaria si se posterga la decisión indefinidamente.
Adorni luce mezquino al no renunciar por su propia voluntad. Impide suturar el innecesario desgaste que le ocasiona al Gobierno desde hace varias semanas.
Los hermanos Milei se empeñan en retenerlo y le arman nuevas reuniones en premio a su indiscutible lealtad, en flagrante y muy costosa contradicción con la cantidad de funcionarios que vienen tirando por la borda desde que llegaron al poder por motivos muchísimo más insignificantes.
Raúl Alfonsín quiso que la reforma constitucional de 1994 contribuyera a morigerar el poder presidencial. Por eso propició la creación de la figura del jefe de Gabinete, casi a la manera de los primeros ministros europeos. Y así quedó plasmado en el artículo 100 de la renovada Carta Magna que le asigna la responsabilidad de “ejercer la administración del país”.
Pero la norma nació como letra muerta. Los mandatarios que se sucedieron desde entonces –débiles, como Fernando De la Rúa o muy fuertes, como Carlos Menem– redujeron a los jefes de Gabinete a ser meros coordinadores de los ministros y no verdaderos fusibles que en caso de crisis pudiesen ser reemplazados sin comprometer la gobernabilidad del presidente de turno. Por el contrario, al sostener a ultranza a Adorni en su cargo, Milei se contamina de la degradación que padece su principal funcionario.
Algo parecido le sucedió, en otro plano, a Mauricio Macri en su período presidencial al atarse todo su mandato al anodino Marcos Peña, lo que volvió más insustancial desde lo político a su gobierno y sin reflejos contundentes en las etapas más tormentosas. Cristina Kirchner, en cambio, durante sus dos gobiernos, cambió de jefe de Gabinete varias veces sin hacerse el más mínimo problema.
Es un cargo con demasiada visibilidad que exige una gran fortaleza y autoridad en el mando, atributos que Adorni ha perdido.