El presidente colombiano, Gustavo Petro, se pasó un año entero confrontando con Donald Trump. Los dos líderes tuvieron desencuentros en temas clave para Colombia y Estados Unidos, como migración, seguridad y narcotráfico, y expresaron su desagrado mutuo con agravios y calumnias, del estilo de “lunático” o “cómplice de genocidio”.
Petro le mojó la oreja al magnate de entrada, solo seis días después de que Trump asumiera su segundo mandato en 2025, rechazando la llegada de dos aviones con colombianos deportados de Estados Unidos. Meses después, en una sonada provocación, intervino en una manifestación pro-palestina en Nueva York, a sabiendas de la cercanía de Trump con Israel.
Trump, por su parte, lo acusó de narcotraficante, le aplicó sanciones a él y su familia, le sacó la visa de Estados Unidos e insinuó posibles operativos armados.

Estados Unidos y Colombia, durante años el socio más fiel de Washington en América Latina, tomaban una distancia al parecer insuperable, y dejaban en suspenso una relación que se convirtió en tóxica. Los presidentes conservadores de Colombia sintonizaban bien con la Casa Blanca. Demócratas o republicanos, daba igual. Pero esa amistad binacional no se sostuvo entre el exguerrillero de izquierda y el magnate neoyorquino.
El distanciamiento de estos meses se disolvió con una sola llamada, a comienzos de este mes, donde de pronto los dos líderes conversaron cordialmente. Sobre todo, acordaron verse en febrero, en un borrón y cuenta nueva que hizo retroceder sorpresivamente el calendario hasta los días en que Washington y Bogotá se entendían de memoria. Acá no pasó nada.
La conversión de Petro fue categórica y repentina: “Hoy traía un discurso y tengo que dar otro, el primer discurso era bastante duro”, dijo ante una multitud de seguidores, al comienzo de un mitin con simpatizantes justo minutos después de la reconciliación telefónica.
Sin duda el presidente colombiano era quien más tenía para ganar con la vuelta a la calma. ¿Pero cuál es la jugada de Petro, que no daba el brazo a torcer y subía la apuesta ante cada contrariedad con su adversario? Solo días antes del llamado dijo que de ser necesario volvería a “tomar las armas” para defender la soberanía del país.
“A Petro le conviene por un lado a nivel personal, para levantar las sanciones que le impuso Washington a través de la inclusión en la lista de la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC). En segundo lugar, está el efecto interno. A Colombia le conviene recomponer el deterioro en las relaciones con Estados Unidos, y esto ha sido celebrado aún por la oposición. También hay un interés electoral, sin lugar a duda, porque estos asuntos de política exterior se habrían convertido en un punto muy importante en la contienda electoral de este año por el Parlamento y la presidencia”, dijo a LA NACION Jorge Restrepo, director del Centro de Recursos para el Análisis de Conflictos (CERAC), con sede en Bogotá.
Restrepo y otros expertos saben que la motivación que movió la estantería fue el operativo de las fuerzas norteamericanas en Venezuela y la posibilidad cada vez creíble de incursiones similares en Colombia. “A mi juicio, lo más probable es que el gobierno estadounidense hubiera comenzado a utilizar la fuerza en contra de grupos armados involucrados en el narcotráfico en Colombia”, señaló.
Bomba de tiempo
Para Theodore Kahn, director del equipo de Análisis de Riesgos Globales de Control Risks, en Bogotá, Petro estaba asustado por lo que se veía venir. Tenía que desactivar esa bomba de tiempo. “Creo que realmente tenía miedo, que pensaba que el escenario de un ataque era probable e inminente. Yo no necesariamente comparto esta evaluación, pero creo que la tenía. Petro veía en general que la tendencia iba hacia una posible desestabilización del país”, explicó a LA NACION.
En las ganancias y pérdidas de su nueva postura, Petro quizás deba moderar los gestos antiimperialistas con los que se posicionaba frente al Tío Sam y con los que buscaba sacar réditos políticos. A cambio, Colombia no solo disipa la amenaza inminente de ataques, sino que recupera un socio tradicional de primer orden.
El presidente colombiano confirmó que el encuentro con Trump será el 3 de febrero en la Casa Blanca. “Ya veremos los resultados de esa reunión, es determinante. Mi intención es que el colombiano y la colombiana en general de cualquier lugar del país no sufra y esté tranquilo”, dijo en referencia al temor a una ofensiva.
Petro no solo sostuvo la bandera palestina en Nueva York durante un acto contra la guerra de Gaza, en septiembre, un conflicto alejado de los intereses y necesidades de los colombianos. También se volvió enseguida un ardiente crítico de los bombardeos de aviones y drones estadounidenses a las presuntas narcolanchas, que dejaron decenas de muertos. Pero el verdadero enemigo de Colombia no estaba en las calles de Nueva York o en las aguas del Caribe. Estaba dentro de sus fronteras: la violencia de las drogas y otros negocios del crimen.
“La alianza con los Estados Unidos al primero que le sirve es a Colombia, y esa alianza que tiene Colombia desde hace mucho tiempo (de hecho, somos un país aliado de la OTAN) hay que protegerla pese a la presencia de un gobierno que acaso se pueda calificar de radical en los Estados Unidos. No se trata de una servidumbre, sino de los intereses de Colombia. Por ejemplo, Colombia es incapaz de controlar el tráfico de narcóticos sin esa alianza”, dijo Retrepo.

El gobierno colombiano dijo esta semana que el combate conjunto entre Estados Unidos y Colombia contra el Ejército de Liberación Nacional (ELN), especialmente en la frontera con Venezuela, será central en la reunión en Washington. El ELN, una vieja guerrilla comunista, pivotea entre Colombia y Venezuela. El chavismo les dio santuario para descansar y salir a ejecutar en Colombia sus acciones por una sociedad más justa: narcotráfico, minería ilegal y contrabando.
Estas idas y venidas con Estados Unidos dieron que hablar en la política colombiana y convergieron en una reunión de la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores, un cuerpo consultivo de la Presidencia. Petro señaló como prioridad mantener una comunicación activa con Washington, planteando que la cooperación se base en el respeto mutuo y en la búsqueda de objetivos comunes para el continente.
El sueño de Bolívar
Petro se ocupó a la vez en la semana de darle otro cauce a su vocación latinoamericanista, reiterando el planteo de recrear la Gran Colombia, una república que promovió en su día el prócer venezolano Simón Bolívar y que incluía las actuales Colombia, Ecuador, Venezuela y Panamá.
“Esta es la Gran Colombia, era la idea de Bolívar, y propongo por voto constituyente de la población que la reconstruyamos como una confederación de naciones autónomas”, dijo Petro, y acompañó su texto con un mapa de aquella construcción política.
Por ahora, le interesa anudar relaciones con la presidenta de Venezuela, Delcy Rodríguez, a quien le propuso combatir juntos el narcotráfico. También es clave normalizar la frontera y reactivar el comercio bilateral, esencial para las dos economías.

En el horizonte asoman las elecciones legislativas de marzo y las presidenciales de mayo, otro factor decisivo por el que Petro necesitaba restaurar la normalidad. Petro mismo no va a competir, pero el candidato del oficialismo podía pagar el precio de sus desencuentros con Trump.
¿Cuánto durará la nueva relación? Se necesita la voluntad de las dos partes para que funcione una pareja. No dependerá solo de Petro sino también de Trump para que esta incipiente tolerancia gane desarrollo.
“Uno de los posibles escenarios es que en la reunión en Washington se alcance algún tipo de acuerdo. Colombia claramente podría cooperar con Estados Unidos. Las Fuerzas Armadas tienen buenas capacidades y todavía hay buena inteligencia sobre los grupos armados”, dijo Kahn. Pero puede que no se entiendan bien y vuelvan al escenario anterior, de insultos y provocaciones, añadió.
Existe una tercera alternativa: que todo se vaya a pique, como la reunión donde Trump humilló al presidente ucraniano, Volodimir Zelensky, una sesión de bullying con el vicepresidente JD Vance. Ahí quedó claro que visitar la Casa Blanca no es garantía de que te vayan a montar la alfombra roja. Según Kahn, esta tercera opción “es probablemente el escenario de mayor presión militar de Estados Unidos contra Colombia”.
