El lugar no parece el más adecuado para jugar al paso a los dardos. La cartulina redonda que se asemeja a un blanco precario incita a los eventuales participantes a hacer puntería.
Todo sucede en la puerta principal de la Facultad de Medicina. “Tiro al facho” se llama el “entretenimiento” que custodian militantes que, supuestamente, cursan allí. En el centro aparece la foto del presidente Javier Milei rodeado por fotos de Donald Trump, Benjamin Netanyahu, Jorge Rafael Videla y José Alfredo Martínez de Hoz. Una buena mescolanza de épocas, nombres y nacionalidades. Alguien viraliza esas imágenes en las redes sociales.
La estrecha relación que se intenta establecer entre gobiernos democráticos no peronistas electos por el voto popular después de 1983 con el régimen que derrocó a María Estela Martínez de Perón no es nueva. “Macri basura, vos sos la dictadura”, era un cántico recurrente con el que se pretendía mortificar a la administración de Cambiemos, asociándola con el represivo gobierno de facto de cuyo infausto comienzo se cumple medio siglo. Ahora también se vincula de un modo similar a la gestión libertaria con el Proceso de Reorganización Nacional.
Alejandro Horowicz, en su libro El kirchnerismo desarmado, asevera que “el ‘Proceso’ no es una práctica esencialmente –estrictamente– militar. No concluyó, persiste” y habla de un “alfonsinismo sistémico”, que no puede zafar de las intermitentes crisis cambiarias y del reinado supremo de la “patria financiera” sobre las demás actividades económicas. Algo que se constata en el reciente informe del Indec que indica, precisamente, que el sector que más creció en 2025 es el de la intermediación financiera.
Más allá de los condicionamientos económicos que con matices se mantienen imperturbables en el tiempo, resulta banal y grave vincular políticamente a gobiernos democráticos con la dictadura. En aquella etapa cualquier crítica del calibre que recibió en su momento Macri y hoy Milei hubiese sido suficiente motivo para que quien la profiriese fuese desaparecido o asesinado.
De todos modos, Cambiemos fue contradictorio con el tema: era innecesariamente provocador cuando hablaba del “curro” de los derechos humanos, no porque no haya habido excesos en esa materia –que los hubo en su manipulación ideológica y en el reparto avieso de subsidios económicos–, sino porque parecía una consigna meramente tribunera solo para polemizar. En el otro extremo, María Eugenia Vidal promulgó en 2017 una absurda ley que obliga a reconocer oficialmente en los actos públicos bonaerenses la cifra de 30 mil desaparecidos, fuente de discordias numéricas e inconducentes nunca zanjadas.
Si la izquierda y el kirchnerismo enfatizan que la descendencia de la dictadura hay que buscarla en el macrismo y en los libertarios, estos a su vez tienden a equiparar la violencia guerrillera con la represión militar. Es lo que el actual gobierno manifestó en los dos aniversarios anteriores del golpe al difundir sendos videos protagonizados por Juan Bautista Yofre y Agustín Laje. Aunque el Gobierno no anticipó qué hará en esta ocasión, se espera un mensaje de similares características bajo la consigna de “memoria completa”. En cuanto a la idea de suprimir en algún momento el feriado del 24 marzo es algo que sobrevuela al oficialismo, aunque no es de fácil resolución ya que para derogarlo se necesita la aprobación del Congreso.
La paradoja de la izquierda y el kirchnerismo, que se autoperciben impolutos fiscales republicanos, es que callaron y dejaron mucho que desear cuando las papas quemaban. El Partido Comunista rotulaba a Jorge Rafael Videla como un general “moderado” y para qué hablar del bochorno histórico del peronismo, cuyo candidato en 1983, Ítalo Luder, estaba dispuesto a avalar la autoamnistía que el régimen castrense se dictó a sí mismo antes de irse. Y mucho peor se comportó el PJ tras ser derrotado por Raúl Alfonsín cuando decidió no avalar el juicio a las Juntas ni integrar la Conadep (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas). A eso se agrega que otro gobierno peronista, el de Carlos Menem, indultó a esos mismos comandantes, en 1990, un año después que a las cúpulas guerrilleras. Luego los Kirchner volvieron a poner entre rejas a los militares (pero no a los cabecillas de las organizaciones armadas) y se convirtieron en los “cruzados” de los derechos humanos, un tema que primero el periodista Horacio Verbitsky le acercó al brevísimo presidente peronista Adolfo Rodríguez Saá y que luego repitió con el matrimonio austral que anteriormente no se había interesado en esa temática ocupado como estaba en las ejecuciones hipotecarias a las que habilitaba la circular 1050, en tanto que Alicia Kirchner con puesto público en su provincia desde 1975, siguió siendo funcionaria tras el golpe.
Si nos retrotraemos más atrás de 1983 (reinstalación de la democracia) y de 1976 (comienzo de la última dictadura militar) vemos algo muchísimo peor en otro gobierno peronista, el muy fugaz de Héctor J. Cámpora, que tan pronto asumió abrió indiscriminadamente las puertas de la cárcel de Devoto y de otros penales. Así quedaron libres cantidades de guerrilleros que ya estaban condenados y que volvieron a cometer graves atentadoss.
La frivolidad y la desaprensión a la hora de gobernar suelen detonar consecuencias monstruosas.
