Este nuevo episodio Astrid aborda la figura de Ignacio Ezcurra, el reconocido periodista de LA NACION que falleció mientras cubría la guerra de Vietnam. Encarnación Ezcurra, su hija, reflexiona sobre cómo fue crecer con la ausencia de un padre al que nunca conoció personalmente, construyendo su retrato a través de testimonios, relatos familiares y las crónicas de sus colegas. Para ella, el proceso fue más una labor de testigo que de doliente, beneficiándose de una “galería privilegiada de los dolores ajenos” que le permitió, a través de los años, comprender la magnitud de la figura pública de su padre.
Al recordar la influencia de su entorno, Ezcurra destaca la figura de su madre, quien siempre protegió a sus hijos de las lecturas externas sobre la muerte de Ignacio, enfatizando que él simplemente era una persona que seguía su vocación. Sobre la persistencia de ese legado en su propia carrera, la periodista explica: “Hay una estrella que se enciende en el cielo cada vez que alguien me dice ‘yo me hice periodista por tu papá’”. Este reconocimiento no solo habla de la calidad profesional del cronista, sino de una pasión que, según ella, continúa vigente. Consultada sobre el enojo o los reproches ante una ausencia tan marcada, admitió que, como cualquier hija, pasó por momentos de cuestionamiento, pero que nunca cayó en el papel de víctima debido a la entereza con la que su familia gestionó la pérdida.
Un punto de inflexión en este camino personal fue el viaje que realizó junto a su hermano y su hija a Vietnam, al cumplirse 50 años de la desaparición. Este recorrido geográfico y emocional funcionó como un rito de despedida necesaria. “Fuimos portadores de algo que no era nuestro”, señaló en referencia a las cartas y objetos que llevaron al templo budista para honrar la memoria de su padre. La experiencia culminó con la inclusión de Ignacio Ezcurra en el Museo de los Vestigios de la Guerra en Ho Chi Minh, un acto de justicia histórica que permitió cerrar un ciclo pendiente.
Finalmente, la cronista reflexiona sobre el peso de la tradición familiar y la cámara fotográfica Pentax, que hoy utiliza su hija. Para Encarnación, este legado no es solo material, sino una forma de entender la vida y el oficio. “Aunque no haya tenido la oportunidad de enseñarme a lavarme los dientes, creo que hemos tenido esa bendición”, concluye sobre lo que significa ser hija de un hombre que, pese a los riesgos, priorizó su vocación de contar la historia más cruda de su tiempo, convirtiéndose en una fuente de inspiración constante para nuevas generaciones de periodistas.
