Hace poco manejé un tramo largo, de noche, sola. Para no quedarme dormida, fui charlando con un bot de IA. ¿Eso sigue siendo charlar o debería llamarse de otra manera? Cuando mi amigo Dan saca a pasear a su perra Chela, escucha un audio hecho con IA que le cuenta qué tiene en la agenda del día, lo mezcla con las noticias y le recuerda abrigar a Chela si hace frío. ¿Eso es escuchar un podcast, o sería un yo-cast, hecho solo para él?
Estas nuevas acciones son individuales, privadas. Pero hay otras, igual de novedosas, aplicadas al mundo de lo público. Es paradójico: las organizaciones que trabajan para el bien común –ONGs, centros de investigación, organismos multilaterales– están hoy en crisis: les recortaron fondos y se vieron arrastradas a guerras culturales que desacreditan sus causas. Sin embargo –o tal vez por eso mismo– algunas están más creativas que nunca.
Jacaranda Health, una ONG con base en Kenia, desarrolló un sistema de mensajes de texto con IA para embarazadas que viven lejos de cualquier centro médico. El servicio responde entre diez mil y doce mil preguntas por día en inglés y swahili, detecta señales de riesgo y, cuando es necesario, alerta a una enfermera para que llame a la paciente. Las mujeres que lo usan tienen un 20 por ciento más de probabilidades de completar sus controles prenatales. Jacaranda no reemplazó el sistema de salud: lo llevó hasta donde antes no llegaba.
AsyLex, una ONG suiza, hace algo parecido con el sistema legal. Los refugiados que buscan asilo enfrentan formularios complejos en idiomas que no hablan, y con plazos perentorios. AsyLex usa IA para ayudarlos a completar esos trámites, sin costo, con más de doscientos voluntarios coordinados digitalmente. La burocracia no desapareció, pero se volvió más manejable.
El Banco Interamericano de Desarrollo lleva 66 años de trabajo en América Latina, con proyectos de educación, infraestructura, seguridad o salud, entre muchos otros. El año pasado creó su primera plataforma de conocimiento basada en IA, que le permite interrogar toda esa experiencia en pocos segundos. En las pruebas iniciales, el sistema encontró conexiones que en general los humanos no vemos: propuso, por ejemplo, aplicar ideas de un programa de formación policial en un país, para mejorar la capacitación docente en otro. Nadie en su sano juicio suele relacionar policías con docentes. La IA sí.
Lo que tienen en común estos casos es que alguien tomó la decisión de usar las nuevas capacidades que ofrece la IA para resolver un problema colectivo real. La IA no genera esas soluciones sola. Por diseño, tiende a producir respuestas esperables: las más probables, no las más creativas. Hay que empujarla, forzarla para encontrar soluciones a temas públicos que afectan a millones de personas.
Y hay que hacerlo con los ojos abiertos. La misma herramienta puede ser usada por actores maliciosos, o incluso conspirar contra los objetivos que los humanos le fijemos, como demuestran numerosos estudios de estos últimos meses. La IA ya se usa para sembrar desinformación, vulnerar privacidad o profundizar desigualdades. Los modelos tienen sesgos incorporados y sus resultados pueden ser inexactos. Usarla sin controles públicos sofisticados es peligroso. Pero no usarla también lo es: hay demasiados problemas sin resolver –demasiadas embarazadas sin atención, demasiados refugiados perdidos en el laberinto burocrático– como para descartarla por principio.
Las organizaciones que usan IA para el bien común todavía no saben cómo llamar a estas nuevas acciones que están inventando. Tal vez tampoco tienen del todo claro adónde van. Pero están yendo. Y eso, por ahora, importa más que el nombre.
