“¿Está bien?” El hombre pasa los 70 y, al apurarse a cruzar La Pampa, en la esquina de Cramer, trastabilló y alcanzó a poner los brazos para que su cara no se estrellara contra el asfalto. No menos de tres transeúntes lo ayudamos a levantarse, después de las preguntas del principio, tras observar que solo estaba algo dolorido y, sobre todo, molesto por el papelón. Se tomó de mi brazo y del de una muchacha que rozaría los 40, ojos grandes, rostro amable y dispuesta a ayudar. Al ver que se paraba sin mayor dificultad, observé a mi alrededor. Otras cinco personas habían apurado el cruce para acercarse por si podían hacer algo.
“¿Seguro está bien? ¿Qué pasó?”, lo interrogó la muchacha. “No sé, me distraje y no vi esa cuña levantada en el piso”, esbozó, casi como una queja, el hombre. Siguieron conversando al cruzar la avenida. Al llegar a la otra vereda, se separaron; él seguía meneando la cabeza, tal vez con bronca por la inestabilidad que empiezan a mostrar los años.
A mí me alegró la mañana comprobar que, en la ciudad de la furia, donde las redes y el círculo rojo se llenan de insultos desagradables (empezando por las máximas autoridades), el buen gesto, la preocupación por el prójimo, en fin, la solidaridad, es un valor que todavía paga.