Ipanema merecía algo mejor

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Todas las herramientas de la comunicación han sido utilizadas para examinar el episodio enojoso de Ipanema que involucró a una joven santiagueña, pero se ha dejado de lado una perspectiva esencial, que es la de los monos.

Desde los días de Darwin a mediados del siglo XIX y sus trabajos sobre la evolución de las especies la ciencia ha avanzado en direcciones que han puesto más en caja las sobreestimaciones egocentristas de la antropología, que trata del hombre, física y moralmente considerado.

El primatólogo Frans de Waal, holandés, uno de los biólogos con estudios focalizados en psicología que más profundamente estudiaron el comportamiento de las especies animales y su medio natural, falleció en 2025. Por añadidura, hace medio año, desapareció Jane Goodall, la etóloga y conservacionista inglesa, sin formación académica previa, pero considerada una de las más valiosas discípulas de Konrad Lorenz, Premio Nobel de Medicina en 1973.

Goodall había atraído la atención del mundo por descubrir rasgos culturales entre los chimpancés en virtud de la transmisión de percepciones y conocimientos de unos a otros. Se atenuaba, así, la idea dominante de que solo aprendían por los ejercicios repetitivos a que los sometían los hombres. De Waal, por su parte, había demostrado en un experimento el sentimiento de justicia innato en estos primates.

Fueron aquellas dos pérdidas inmensas para quienes se han aplicado en el último medio siglo a cambiar la perspectiva de la humanidad sobre la interconexión entre los animales, los hombres y el ambiente en que habitan. A la muerte de Goodall, El País de Madrid encabezó su obituario con el telegrama que esta había enviado en viaje de estudios al famoso paleontólogo Louis Leakey: “Ahora debemos redefinir las herramientas. Stop. Redefinir al hombre. Stop. O aceptar a los chimpancés como humanos”.

De Waal llegó a preguntarse en uno de sus libros, muchos años antes de que la ciencia determinara que compartíamos con los chimpancés 98/99 por ciento de nuestro genoma, si tenemos suficiente inteligencia o no para entender la inteligencia de los animales. En sus obras, traducidas a veinte idiomas, de Waal sugirió por qué no estudiamos a los monos para estudiarnos a nosotros mismos. Solo los maledicentes dicen que los hinchas de River tienen con las gallinas un mayor grado de similitud que todos los demás con los chimpancés.

Hubiera sido interesante saber a qué reflexiones habrían arribado aquellos científicos a la luz de la querella todavía abierta por la imitación de las actitudes de un mono hecha en Río de Janeiro por la abogada santiagueña Agostina Páez. Fue una provocación de poca monta comparada con el escándalo que se suscitó en Buenos Aires el 3 de octubre de 1920, cuando llegó la selección de fútbol de Brasil para afrontar un partido amistoso con la selección argentina.

Crítica, diario sensacionalista de la tarde y de fuerte predicamento popular dirigido por Natalio Botana, uruguayo y tío de uno de nuestros más apreciados politólogos e historiadores, recibió al equipo visitante con una ilustración en la que se observaba a un conjunto de primates. Su título fue: “Monos en Buenos Aires”.

“Ya están los macaquitos en Buenos Aires”, insistió el vespertino en el texto que acompañaba al dibujo.

La ilustración con la que el diario Crítica recibió, en 1920, a la selección de Brasil

Por la lluvia el partido se postergó hasta el miércoles 6, aunque LA NACION, sin referencia alguna a lo planteado por Crítica, adujo discretamente que habían gravitado otras cuestiones “sensibles”. Aquel miércoles, a las 15, el equipo argentino ya estaba en la cancha de Sportivo Barracas donde se mediría con la divisa rival, pero los brasileños no aparecían. El público, calculado por LA NACION en más 3500 asistentes, comenzó a impacientarse.

A las 16, se asomaron los brasileños. A esa altura se sabía que por razones de dignidad frente a lo publicado por Crítica se negaban a entrar en la cancha varios jugadores brasileños: Telefone, Rodrigo, Japones, Junqueira, Fortes y Zezé. Era comprensible, pese a los halagos de que fueron destinatarios hasta salir del país.

LA NACION, uno de los diarios argentinos de mayor cercanía con Brasil desde que Sarmiento, a pesar de las diferencias con Mitre, solicitó a este viajar a Río para solucionar como efectivamente lo hizo problemas pendientes de la guerra tripartita contra Paraguay, escribió: “Desde su llegada, la brillante delegación carioca ha sido objeto de múltiples agasajos, en los cuales se ha evidenciado por igual el aprecio que los footballers visitantes merecen por sus altas calidades deportivas y la sinceridad de los afectos que suscita su patria en la comunidad de ideales que a ella nos une”.

Bellas y emocionadas palabras del diario. Insuficientes, sin embargo, para que el grupo de jugadores más afectados por expresiones de otra matriz desistiera de su posición. Al fin, seis jugadores brasileños entraron en el campo de juego. Osvaldo Gómez, una suerte de Chiqui Tapia brasileño que presidía la delegación extranjera, se ofreció para ponerse los pantaloncitos cortos e integrar el equipo. Los argentinos elevaron la apuesta: propusieron que cuatro jugadores de la selección local integraran la desmedrada selección brasileña.

Todo terminó arreglándose a medias y en apuros por las intermitentes protestas del público: se armó un seven como en el rugby. Jugaron siete contra siete y el score favoreció por 3 a 1 a la Argentina, cuyo arco estuvo defendido por Antonio Tesorieri, una de las glorias boquenses y del fútbol amateur.

Con esta historia que de tanto en tanto vuelve a narrarse en el periodismo argentino se entenderá que no siempre el pasado fue mejor ni menos conflictivo. De todos modos, hace tres meses el horno no estaba para bollos y menos para que al salir el 14 de enero del Bar Barzin, en Ipanema, después de haberse trenzado con dos amigas en rencilla banal con los mozos que las habían atendido, alguien tarareara por lo bajo a la abogada santiagueña Agostina Páez alguno de los versos de Jobin y Vinicius de Moraes, mundialmente asociados a la playa célebre por sus garotas: “Olha que coisa más linda, mais cheia de graça/ É ela a menima que ven e que pasa…”.

Por el contrario. Como dicen ahora los muchachos, embocaron a la abogada, e influencer con miles de seguidores al menos hasta entonces, con una denuncia judicial por la comisión de tres supuestos delitos de discriminación, algo grave en Brasil. En reafirmación, y tal vez como tiro por elevación a otros de que los actos racistas son en Brasil un crimen, aunque fueren cometidos por turistas, la Policía Civil de Río de Janeiro difundió por su red el video que consagró a Agostina como visitante indeseada.

La legislación antidiscriminatoria prevé penas de 2 a 5 años a quienes violenten cualquier aspecto protegido de la identidad de las personas. Es un ordenamiento fundado en la Constitución brasileña de 1988 y en una corriente de pensamiento, traducida en política de Estado, que propendió en Brasil desde antiguo a la integración de la vasta franja ciudadana de la negritud a fin de fortalecer la cohesión social en un país, por otra parte, de raíces pacíficas.

Brasil no tuvo la necesidad de casi todos los países de la región de una revolución para independizarse en 1822 con el Grito de Ipiranga de la metrópoli lusitana ni para emigrar a fines del siglo XIX del Imperio a la República. Hubo más efusiones amistosas que gestos de ironía cuando los sombreros se agitaron en la despedida final del emperador Pedro II en 1889, cuando debió embarcarse con su familia hacia el exilio.

Seguramente las cosas no habrían pasado a mayores en la polémica más reciente si Agostina no hubiera personificado de maravillas, desde la mirada de un director teatral, alguno de los movimientos característicos de los primates no humanos que hizo al retirarse de Bar Barzin. El problema es que su actuación no iba a pasar por el escrutinio de un redivivo Sergio Renán, sino de un juez encargado de aplicar la ley penal prevista para casos de esta gravedad en Brasil. ¿No pensó en el menosprecio a sus coterráneos cuando se asentaron alrededor de Buenos Aires como parte de las migraciones internas que comenzaron en los albores de la industrialización, en los años treinta y les propinaban el alias de “cabecitas negras”?

Agostina Páez realizó movimientos racistas contra el personal de un bar en Brasil

Al margen de lo condenable, la mímica de Agostina fue en exceso buena. Neutralizó cualquier duda de que se había emperrado en devolver agravios por agravios. Menos afortunado, como valor testimonial en favor de su argumentación de que había contestado a gestos obscenos de la otra parte, fue la mano que uno de los mozos involucrados en la gresca por una factura de consumición deslizó rápidamente, casi de forma imperceptible por la zona de sus genitales, según se percibe en otro de los videos grabados.

La prensa brasileña, desde O Globo, Folha y Estado do San Pablo informaron con detalles sobre el asunto y en las redes se reclamó con insistencia que la turista argentina fuera punida.

Las caudalosas crónicas periodísticas de ambos países han abarcado, como decíamos, todos los aspectos del caso Páez, menos uno: el papel del mono, pato de la boda en tantas enojosas situaciones entre argentinos y brasileños. Si se incluyera esa omisión nada desdeñable en el análisis de lo ocurrido y producto, acaso, del narcisismo inconsciente de los seres humanos según me ha señalado un agudo observador, se podría descalificar el comportamiento de Agostina hasta por su anacronismo.

Los cronistas de fútbol están familiarizados con el registro de ademanes y cánticos en estadios de fútbol de América, y también de Europa, de burla a jugadores por el color de la piel. Por muchos motivos, la Confederación Brasileña de Fútbol lleva una lista de jugadores argentinos implicados en injurias y, otro tanto, se halla estampado en la memoria de instituciones argentinas dedicadas al “más popular de los deportes”

Pero admitamos que el fútbol es un mundo aparte. Si se eleva la mirada por encima de fenómenos sociológicos y psicológicos de actualidad como el sucedido en Ipanema, se percibirá que solo entre la generación de argentinos más veteranos permanece el tenue recuerdo de la asiduidad con la que afloraban antes en nuestra sociedad dichos en cierto modo ingenuos, pero que los brasileños no podrían calificar hoy sino como constitutivos de figuras delictivas.

Más que con animus injuriandi, con la actitud sobradora de quienes percibían a la Argentina del pasado con un grado de superioridad manifiesto respecto del Brasil, los padres y los abuelos de mi generación hablaban de modo natural de los “macacos” para referirse a los brasileños. La vigésima edición del Diccionario de la Real Academia Española, de 1984, dice en su segunda acepción del macaco: “Cuadrumano muy parecido a la mona, pero más pequeño que ella, con cola y hocico saliente y aplastado”. Los brasileños andan con menos vueltas: macaco es mono.

En mi niñez hoy remota conocí gentes afables, despojadas de agresividad en el lenguaje cotidiano, que invariablemente decían “macaco”, en lugar de apelar a la nacionalidad brasileña de la persona de la que hablaban. Lo hacían por la fuerza de un hábito inveterado y no por la voluntad de proferir un insulto.

Llevo el recuerdo entrañable de un hombre por quien sentía alto aprecio y a quien pregunté, en la vaga, pero incisiva curiosidad de la temprana edad, por qué decía de alguien “macaco”. Retengo su desconcertante respuesta en la memoria: “Porque los portugueses -colonizadores de la república hermana, acoto- son de magra contextura”.

En un largo siglo se trastocó todo a partir del involucramiento de Brasil del lado de los aliados en la Segunda Guerra Mundial, que derivó en la muerte de 2500 de sus soldados en la batalla de Montecasino, Italia, y de la relación privilegiada que Estados Unidos conferiría como gratificación en adelante al país hermano. ¿Qué otra política norteamericana podíamos esperar después de haber sostenido la Argentina la neutralidad hasta principios de 1944, en que los días del Tercer Reich empezaron a ser contados?

Solo ahora las relaciones con la Unión parecen estar en tren de un vuelco de importancia: con Lula, en Brasil, hostil a la política errática del presidente Trump, y Milei, en la Argentina, tan asociado a Trump que nos ha acercado peligrosamente a las orillas de otra guerra. El tiempo dirá si se trata de fenómenos circunstanciales o si anclarán en políticas permanentes de la proyección de Brasil y la Argentina en el mundo.

En 1910, la riqueza anual que producía la Argentina equivalía a la del conjunto de los países latinoamericanos. En 1950, las fuerzas económicas desplegadas por la Argentina y Brasil se emparejaron. En 1956, un presidente proveniente de Minas Gerais, Juscelino Kubitschek, encandiló a América con el sueño, que pronto bajó a tierra, de llevar la capital de Brasil a lo que hoy es Brasilia. Dice la tradición que solo Don Bosco, en su fervor místico, había recibido en 1883 la revelación de que una ciudad surgiría en esas tierras de nada.

Pese a insistentes reclamos de mudanza de Itamaratí, la diplomacia argentina remoloneó hasta fines de los sesenta antes de abandonar las delicias de Ipanema y de su magnífica embajada en Botafogo. Las dos primeras representaciones extranjeras en acogerse al propósito fundador de Kubitschek, y que supieron interpretar sus sucesores, fueron las de los Estados Unidos, algo obvio para la época (1962), y la de la entonces Yugoslavia, algo mucho menos obvio, salvo por el hecho de que cuadraba en la época por la intensidad de los vínculos personales entre el mariscal Tito y el presidente Joao Goulart, y la admiración de su gobierno por la economía regulada desde Belgrado, que amenguaba la ortodoxia comunista.

Seis años después de que los militares derrocaran (1° de abril de 1964) a un populista de izquierda como Goulart, el viejo Brasil había pasado a ser irreconocible por razones de más peso que las de la hazaña de haber trasladado en tiempo récord su capital en Río a un desierto tierra adentro, a 900 kilómetros de distancia. Lo que en rigor cambió a Brasil fue un desarrollo económico impresionante en apenas poco más de un lustro. Hizo el famoso “milagro brasileño” de la mano de tres economistas excepcionales: Antonio Delfim Netto, Roberto Campos y Claudio Simonsen.

Hacia 1970 resultaba evidente que Brasil se había convertido en la potencia que los argentinos observaban por primera vez con el celo que los obligaría a despojarse en adelante de los ya irrisorios aires de superioridad frente a los vecinos. Fue el fenómeno desconocido más de medio siglo después por la señorita Páez, cuyas disculpas ulteriores también deben anotarse.

Las transformaciones con valor histórico no tienen como fecha de apertura un día, un mes, o un año. ¿Cuándo nació el uso masivo de Internet? Los giros de extraordinaria significación refieren a épocas, no a datos de exactitud matemática puntualizados por el almanaque.

Hay coincidencias llamativas en cómo se concatenan los saltos cualitativos en las sociedades. En la intersección de las décadas del sesenta al setenta quien esto escribe había cesado en la función de corresponsal viajero de LA NACION para la región, pero tomaba nota, como si aún lo fuera, de los hechos que parecían destacados, sobre todo de los que informaba Journal do Brasil, entonces el mejor diario de América latina.

Hice eso con el episodio lamentable en que un general brasileño humilló en lugar público a un general argentino en misión oficial en Brasil, en medio del debate candente de aquellos días por el aprovechamiento de los cursos de agua compartidos, como el Paraná. Desde esos años nunca más volví a oír con regularidad de boca de argentinos la palabra que ofusca: “macacos”.

La idiosincrasia de las sociedades es compleja. A pesar de lo que llevamos dicho, los argentinos se hallan todavía habituados a propinar el apodo de “Mono”, con intensidad afectiva, a congéneres de las más diversas jerarquías. No conozco, en cambio, brasileños que cuelguen de un coterráneo el mote de “Macaco”. Imagino, sí, lo que habrán pensado cuando el inaudito presidente Alberto Fernández proclamó que habían llegado “desde la selva”.

Alberto Fernández junto al presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, el día de la polémica frase sobre el origen de brasileños, mexicanos y argentinos.

El fútbol nos ha obsequiado “monos” con frecuencia en la defensa de los arcos: desde Agustín Irusta a Navarro Montoya y Burgo o, en otras posiciones, el habilidoso “wing izquierdo” de River, Oscar Más. El general Edelmiro J. Farrell, presidente de facto que en junio de 1946 entregó el poder al general Juan Perón, fue para todos el “Mono” Farrell. En las veladas pugilísticas del Luna Park de los cincuenta se celebraban los rasgos fisonómicos de un púgil aguerrido, de peso liviano, a quien inmortalizaron como el “Mono” Gatica.

El Mono Navarro Montoya, un histórico en el arco xeneise

Cuarenta años después de su muerte, los amantes del jazz añoran a un pianista, Enrique “Mono” Villegas, y entre los arquitectos a quienes convocaba a sus nutridas tertulias Luis Grossman, tan querible colaborador por décadas de este diario y profesor titular de Diseño en la carrera de Arquitectura de la UBA, tallaba otro “Mono”: el arquitecto Ricardo Gersbach.

Los adeptos a bailes cuarteteros se han atrevido no solo a relegar de una figura el nombre inscripto en el Registro Civil, sino a moverla, además, de casillero de género. Cargamos así con la “Mona” Giménez. Incluso la medicina nacional se suma con un “mono” ilustre: Eduardo “Mono” Trigo, maestro de la cirugía torácica, fallecido en 2005.

Brasil tiene otros hábitos, otra cultura, otras leyes, otros usos y costumbres que los nuestros y debemos respetarlos. La situación de Agostina ha sido, sin duda, manifiestamente más difícil que la de aquellos mozos con quienes se entreveró en discusión a mediados de enero, en Ipanema.

La sociedad santiagueña fue con ella más crítica que contemporizadora en función de la misma sensibilidad, y con diferentes énfasis y estilos, que aúna a los argentinos con los brasileños en defensa de los derechos humanos. Sin embargo, a medida que transcurrían los meses y permanecía retenida en Brasil, una incipiente corriente de “Bueno, ya es suficiente con lo que han hecho como lección con Agostina”, se fue fortaleciendo en la provincia, según fuentes de crédito de este diario.

Tal vez el juez de Río interviniente en el caso ya habría dictado sentencia de no haberse producido un nuevo hecho. Mariano Páez, padre de Agostina, en inconcebible necedad generada por los efectos del alcohol en un local nocturno de La Banda, imitó los gestos del escándalo producido por su hija en Brasil. Un video de la escena y las informaciones de que Mariano Páez es hombre adinerado afirmaron en el fiscal del caso el criterio de justicia en la indemnización de 150.000 dólares para los cuatro trabajadores que interpusieron demandas por daño moral contra Agostina.

El padre de Agostina Páez, la abogada e influencer argentina que estuvo detenida en Brasil por presuntos gestos racistas, se llama Mariano Páez y aqui repite los mismos gestos de su hija.

Mientras barruntaba si esa no es una compensación excesiva y quedaba a la espera de aquella resolución judicial, eché un último vistazo, a fin de cerciorarme de la exactitud de algunos datos, a las ediciones de LA NACION de octubre de 1920 de cuyo contenido hemos comentado. Juan Trenado, compañero de tareas y eficientísimo encargado del Archivo del diario, me llamó la atención sobre el aviso de un estreno cinematográfico que habíamos publicado en la edición del 4 de octubre de 1920, a página casi entera, al día siguiente de llegar el seleccionado brasileño. Informaba que en el Empire Theater ya estaba en cartelera “Tarzán, el Hombre Mono”, sobre el aristócrata inglés que había sido criado por simios en la obra literaria de Edgar Rice Burroughs.

Acuciado por el hallazgo, volví a repasar el contenido de la página siete de la edición del 7 de octubre. El resultado de 3 a 1 del encuentro futbolístico entre Brasil y la Argentina había sido desplegado bajo un título a una columna. Nada en relación con la cantidad de páginas que hoy devora el fútbol. Desvié la mirada hacia una columna próxima y advertí que, con las mismas proporciones asignadas al fútbol, el diario había informado sobre un certamen de esgrima y del cotejo de la jornada anterior: Jockey Club vs. Círculo Militar.

El aviso de

Al leerlo, volví a decirme, por enésima vez en la vida, que no hay periodismo sin curiosidad que lo acicateé. En el primer lance, en la Sala de Armas del Jockey, Oscar Viñas había batido al teniente primero Juan Perón.

Mala tarde la del 6 de octubre de 1920 para quien ha gravitado en la política argentina más que nadie en los últimos ochenta años. En los siguientes enfrentamientos de esa tarde en la peana o perímetro reglamentario del Jockey, Perón volvió a ser batido, informó LA NACION, por los caballeros Floro Lavalle, Juan A. Madariaga y César Viale.

Nadie, confiemos, pecará en inferir un encadenamiento de hechos entre los cuatro infortunios al hilo padecidos por el teniente primero Perón en el lujoso ámbito que veintitantos años más tarde desdeñaría como el templo de la oligarquía argentina y la infausta noche del 15 de abril de 1953. Ocurrió esto en horas oscuras en que el fuego de la política, excitado con otro tipo de combustibles, consumió uno de los grandes palacios de Buenos Aires, su biblioteca, su mobiliario, sus obras de arte.

Trágico final del Jockey Club de la calle Florida que los esgrimistas de los cuatro lances caballerescos del 6 de octubre de 1920, incluido el teniente primero Perón, estuvieron seguramente aquel día lejos de imaginar.

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