Jessica y Diana Mitford: de chicas colgaban posters de Hitler y Lenin en su cuarto; de grandes vivieron enfrentadas por sus ideas

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De chicas compartían la misma habitación: en una de las paredes colgaban fotografías de Hitler y esvásticas, en la otra un poster de Lenin junto a una hoz y un martillo. En pleno auge del nazismo y del comunismo en Europa, las diferencias políticas entre las seis hermanas Mitford fueron titulares de los diarios. Sin embargo, la batalla más cruel se libró puertas adentro del castillo inglés donde vivieron. Se dio entre Diana (1910-2003), la fascista, y Jessica (1917_1996), la comunista, quienes se convirtieron en enemigas íntimas a raíz de sus ideologías.

Cultas, osadas y estrafalarias, las Mitford continúan siendo fuente de inspiración de series, podcasts, documentales, biografías y novelas. Outrageous, llamada en español Escandalosas, es la serie de época que se sumerge en la vida de las mujeres más infames de la elite británica. Se estrenó a mediados del año pasado la primera temporada y está disponible en streaming. Es la voz de Nancy, la hermana mayor y la escritora, el hilo narrativo de la historia que da cuenta de las excentricidades, los odios y las pasiones dentro de una tribu emparentada con los Churchill y los Kennedy. Los padres las habían cridado para casarse con un lord y ocuparse de la casa, aunque nada salió de acuerdo con lo planeado: las chicas eran de armas llevar.

La familia Mitford

Nobles y rebeldes

Por otro lado, la picante autobiografía de Jessica, Nobles y Rebeldes (Libros del Asteroide, 2014), publicada originalmente en 1960 bajo el título de Hons and Rebels, narra los primeros años de la familia en las afueras de Londres. Hons aludía con sarcasmo al honor, pero también las gallinas con las que jugaban y de las que básicamente se alimentaban porque, más allá de los títulos, llevaban una vida austera. En la mansión, o en la “ciudad medieval amurallada”, tal como la define Jessica, los padres las aislaron del resto del mundo. A través de juegos y lecturas, las seis crearon un idioma secreto donde cada una tenía un sobrenombre. Pero esta complicidad duró poco.

Las diferencias comenzaron a ser insondables. De mayor a menor, Nancy declaró más tarde ser una “socialista de salón”; Pamela optó por el amor hacia los caballos y hacia otra mujer; Diana, considerada la socialité más bella de su época, se casó con un “camisa negra”; Unity pasó su vida obsesionada con Hitler y su fanatismo la hizo pegarse un tiro; Jessica luchó en la Guerra Civil Española a favor de los republicanos y Deborah se casó con un duque y se dedicó a su palacio. Al comparar sus diferentes personalidades se puede decir que Pamela y Deborah fueron las que tuvieron vidas más aburridas. Entre la mayor y la menor se llevaban catorce años de diferencia.

Diana Mitford y Unity posan realizando el saludo nazi

Las chicas, hijas del barón David Bertram Ogilvy Freeman-Mitford y Sydney Bowles, crecieron sin educación formal, aunque tuvieron acceso a una extensa biblioteca heredada de los abuelos. Los padres decían que el colegio era innecesario, “demasiado caro”. Además, las iban a hacer jugar al hockey, y eso engrosaría sus delicadas piernas, sostenían. Simplemente con leer un texto y repetirlo, iban a aprender. La madre y las institutrices se encargaron de enseñarles. En cambio, Tom, el único hermano varón, fue a la escuela desde los 8, aunque murió muy joven en la guerra.

Otra de las rarezas es que consideraban a los médicos innecesarios; preferían llevarlas al veterinario del pueblo si enfermaban. A Diana la operaron de apendicitis sobre la mesada de la cocina. Además de pollo comían cantidades de puré de papas ya que eso les daría “un cutis más lozano”, opinaba la madre. Cada vez que alguna de ellas mostraba signos de indocilidad, ella optaba por llevarlas a pasear por París o hacer una travesía en barco.

La lucha de Jessica por distinguirse la llevaron a ser una autodidacta de amplia cultura. En los Estados Unidos, donde pasó la mayor parte de su vida, terminó por convertirse en una importante periodista de investigación mientras militaba, primero en el comunismo, y después, cuando se desilusionó con las estructuras de ese partido, a favor de los derechos civiles. Los planes para fugarse de la mansión familiar habían empezado desde chica, cuando sintió que el mundo exterior estaba plagado de injusticias y que nada tenía que ver con su círculo.

Una diosa de la revista Vogue

Sin embargo, desde el día en que nació sus ojos estaban puestos en su hermana Diana, siete años mayor: “Parecía una diosa cazadora en la tapa de Vogue, con su altura, su atlética figura, su larga cabellera rubia y la perfección de sus facciones, más modernas que griegas», dice. A los 18 años, el compromiso de Diana con el millonario Bryan Guiness, un poeta multimillonario, fue resistido por la familia (pregonaban la austeridad y decían que era “demasiado rico”) pero observado de cerca por Jessica; admiraba la determinación de su hermana de oponerse y hacer lo que se le diera la gana. Para las dos, el primer romance fue, ante todo, la posibilidad de escapar.

La rebeldía de Diana, apodada Honks, no fue solo casarse con Guiness, sino que más tarde fue amante de Oswald Mosley, fundador de la Unión Británica de Fascistas, un hombre casado. Así sumó un nuevo escándalo familiar. Finalmente logró divorciase de Guiness y ser la nueva esposa del seguidor de Benito Mussolini. Rápidamente se convirtió en la mujer más odiada por los ingleses.

Unity, Orla, Pamela, Nanvy (sentada en la ventana), Diana y Jessica (abajo) caracterizadas para la serie

Por su parte, Jessica confiesa su sentimiento de soledad desde muy chica: “No tenía con quien compartir mis ideas socialistas”. Creó una cuenta en un banco y fue ahorrando plata desde los 13 años para fugarse. Finalmente lo hizo junto a su primo, emparentado con los Churchill, Esmond Romilly. El joven era un militante antifascista en el colegio y después se transformó en un periodista que defendió esa causa. Ella se había enamorado antes de conocerlo y fue incondicional con él, al igual que Diana con Mosley.

Jessica y Esmond lucharon juntos en la Guerra Civil Española y su padre, furioso, la mandó a buscar con un destructor de la marina británica. La forma en que en el libro ridiculiza a los diplomáticos en Bilbao, tratando de convencerla para que suba al barco y vuelva, tentándola con la deliciosa comida que había a bordo, es desopilante. Decca, tal como le decían, nunca pensó en abandonar su sueño y por eso cuando era adolescente “recortaba imágenes de guerrilleras que aparecían en los diarios, mujeres determinadas, de fuerte personalidad, de mirada expresiva y mejillas marcadas”.

Jessica: el reportaje de investigación y la sátira

Después de estar en España la pareja se fue a vivir a Estados Unidos. En 1941 él murió siendo voluntario de Canadá en la guerra en Europa. Años más tarde, casada con un abogado laboralista, publicó un libro que fue éxito en ventas; se llamó Muerte a la americana: El negocio de la pompa fúnebre en Estados Unidos (1963, Simon & Schuster). A través de su ingenio y humor logró unir dos géneros que parecían incompatibles: el reportaje de investigación y la sátira. Se ubicó en el podio de la crónica social de la década del 60, género poco habitual para una mujer de su época.

Nobles y rebeldes, la novela en la que cuenta parte de su historia

Cuando abandonó Gran Bretaña Jessica fue consciente de que nunca más volvería a ver a su familia. Pero además de padecer internamente este conflicto, la oveja roja del clan tuvo una vida marcada por tragedias de las que se sobrepuso gracias a trabajar férreamente a favor de sus convicciones progresistas. A la muerte de su primer marido, se sumó la de dos de sus cuatro hijos a edades muy tempranas. Logró escribir un total de 12 libros. En California, donde vivió en la última etapa, se dedicó a la música, y hasta formó su propia banda y fue telonera.

Uno de los libros escritos por Jessica mitford, llegó a escribir 12 obras

Diana: en prisión “fascinada” con la figura de Hitler

1930: Hija del segundo barón Redesdale, la honorable Diana Freeman-Mitford (1910-2003), quien en 1936 se convirtió en la segunda esposa de Sir Oswald Mosley, sexto baronet, político inglés y líder de la Unión Británica de Fascistas (Foto de Keystone/Getty Images)

Lady Diana, como le decían, no se quedó atrás en el plano de la escritura, sino que también colaboró con varios diarios y lanzó su autobiografía Una vida de contrastes (1977_Hamish Hamilton). En entrevistas publicadas en los 2000, justo antes de su muerte, manifiesta abiertamente no haberse arrepentido de sus ideas nazis y de seguir “fascinada” con la figura de Hitler. Nunca se ocupó de sus hijos, ni de la casa y siempre tuvo un séquito de empleados alrededor. De todas las hermanas fue la que mejor envejeció, decían los medios.

A su vez, en la correspondencia que mantuvieron entre las seis durante casi un siglo son visibles las luchas, celos, y envidias entre ellas. Cuando Diana y Mosley fueron arrestados por el gobierno británico a raíz de su fascismo, Nancy y Jessica se opusieron a su liberación. Aplaudían el hecho de que la pareja estuviera encarcelada en una prisión para criminales. Nancy misma fue quien alertó a Winston Churchill de que su hermana y su cuñado eran un peligro para el país.

“Malévola” y desheredada

Jessica Lucy Freeman-Mitford, comunista declarada, a quien su hermana Diana, fascinada por el nazismo, llamaba

Diana a su vez nunca dejó de acusar a su hermana Jessica de “malévola” y se alegró de que su padre la hubiera desheredado por comunista. Sin embargo, antes ella había renunciado a sus títulos nobiliarios y la poca fortuna que quedaba en la familia. El barón Freeman-Mitford no era bueno para las finanzas, tuvieron que vender propiedades. Incluso la madre, para ahorrar, lavaba a diario, y a mano, nueve servilletas de tela.

Pero Diana no fue la única nazi del clan que conmovió a la sociedad. Unity viajó a Alemania para esperar durante años que, en una confitería de Munich, Hitler reparara en ella. Finalmente sucedió, pero cuando estalló la guerra entre Alemania y Gran Bretaña se pegó un tiro quedando inválida de por vida. Jessica dice que, desde chicas, con Unity: “Coincidimos con que teníamos que luchar en lados opuestos, e incluso imaginar cómo sería el hecho de que una de nosotras tuviera que dar una orden para que ejecuten a la otra”.

La escritora inglesa Jessica Mitford (sentada), a los seis años, leyendo con su hermana Unity, de nueve años, en el jardín de Asthall Manor, su casa en Oxfordshire, 1923. (Foto de Evening Standard/Getty Images) (Foto de © Hulton-Deutsch Collection/CORBIS/Corbis via Getty Images)

Volviendo al odio entre Jessica y Diana, vale la pena preguntarse qué tuvieron en común estos dos personajes tan opuestos, tan extremos. En primer lugar, podemos decir que las une la gran competencia, la fuerte necesidad de llamar la atención y de diferenciarse que tuvieron. Ambas crecieron sin amigas en medio de un ambiente familiar estricto, pero a su vez muy poco convencional. Las dos cuestionaron el sistema impuesto y disfrutaron de las polémicas cada vez que se hicieron públicas. Pero, ante todo, irradiaron la seguridad y confianza de pertenecer a una clase social privilegiada, un descaro que terminó por convertirlas en protagonistas de las tragedias que desencadenaron los fanatismos del siglo XX.

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