Keith Richards y Tom Waits: una “hermandad chatarra”, noches de bourbon y grandes canciones de dos piratas del sonido

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Se conocieron formalmente en 1985, durante las sesiones del disco Rain Dogs en Nueva York. Waits buscaba a alguien que no tocara “bien” en el sentido académico, sino que tuviera “mugre en las uñas”. Keith llegó al estudio no como una estrella de rock, sino como un artesano de la herrumbre. La conexión fue instantánea porque, más allá de la música, los unía el coleccionismo de lo obsoleto: radios viejas, instrumentos desafinados, historias de marineros y una obsesión por el blues del Delta que suena como si hubiera sido grabado bajo el agua en una noche de tormenta.

Por entonces, Tom Waits estaba en un proceso de metamorfosis radical: había decidido asesinar a su personaje de “trovador ebrio de piano bar” de los años 70 para convertirse en un arquitecto de la vanguardia industrial. Por su parte, Keith Richards buscaba desesperadamente una salida al sonido pulido y a la producción “plastificada” de la época. Ambos compartían cierto desprecio por la “pureza” digital y festejaban lo que Keith definió en su autobiografía, Life (2010), como “the rattle” (el traqueteo), ya sea la vibración de las cuerdas contra los trastes de metal, el crujido de la madera de una guitarra vieja o el zumbido de un amplificador de válvulas que parece que va a explotar.

Tom Waits; para él, la música es casi un objeto táctil

Recolector de curiosidades y fabulador profesional, los gustos musicales de Waits son una amalgama de polkas deformes, marchas fúnebres de Nueva Orleans, el jazz de los años 30 y el estrépito de la maquinaria pesada. Para Waits la música es un objeto físico, casi táctil: “Me gustan los sonidos que suenan como si estuvieran ocurriendo dentro de una caja de zapatos, algo privado, un poco sucio y lleno de secretos”, declaró en una entrevista con la revista Spin en 1985. También recordó cómo el ritmo de un tren de carga influyó en su forma de golpear un teclado.

Keith Richards quedó fascinado con la capacidad de Waits, de crear belleza con desperdicios

Por su parte, Keith Richards es un declarado admirador del Chuck Berry más primitivo, el góspel y el reggae. Lo que lo atrajo de Waits fue la falta total de pretensión y esa capacidad casi chamánica de crear belleza con desperdicios. Para Keith, la genialidad de su amigo radica en la perspectiva: “Tom es un tipo que puede encontrar una orquesta entera en un tacho de basura; tiene esa visión de rayos X para la música en la que otros solo ven ruido”, comentaría años después a la publicación Guitar Player, al reflexionar sobre por qué siempre termina atendiendo el teléfono cuando Waits llama para una colaboración.

El método de la imperfección

La grabación de Rain Dogs dejó anécdotas que hoy son patrimonio del submundo del rock. Se cuenta que cuando Keith llegó al estudio, traía consigo un arsenal de guitarras de lujo, pero tras conversar diez minutos con Tom, terminó eligiendo las más viejas y maltratadas para que combinaran con la voz de “bourbon y ceniza” del cantante.

Durante la grabación de “Big Black Mariah”, la pieza que define el sonido industrial y “sucio” que forjaron juntos, la comunicación no era técnica, sino puramente sensorial. Waits no le pedía a Keith que tocara en una tonalidad específica. Según relata Barney Hoskyns en la biografía Lowside of the Road: A Life of Tom Waits, el músico le daba instrucciones visuales: “Keith, tocá como si fueras un tipo que está tratando de prender un auto viejo en medio de una tormenta de nieve y solo tiene una cerilla”. Richards, lejos de confundirse, simplemente asentía con la ceniza del cigarrillo a punto de caer, ajustaba su Telecaster y daba exactamente con el tono oxidado y desesperado que la canción necesitaba.

Esa dinámica se mantuvo a lo largo de las décadas. En las sesiones de Bone Machine (1992) o más recientemente en Bad As Me (2011), la atmósfera siempre era la de dos chicos jugando en un desguace de autos. Una vez, Keith llegó al estudio con un regalo peculiar para Tom: una pieza de metal retorcido que había encontrado tirada en un camino rural de Connecticut. No era un instrumento, era simplemente “un objeto con carácter”. Pasaron una tarde entera tratando de ver cómo ese pedazo de chatarra podía sonar si se lo golpeaba con un martillo de madera.

Sus encuentros conservaron desde el inicio ese aura de misterio y bohemia. A menudo se los veía en bares de mala muerte, no para ser vistos por la prensa, sino para escuchar la “música del ambiente”. “Keith es como un radar humano; puede captar frecuencias que el resto de los mortales ignoramos porque estamos demasiado ocupados tratando de ser limpios y ordenados”, recordó Waits en una charla con la revista Rolling Stone en 2011, subrayando que esa sensibilidad es lo que los mantiene unidos más allá de los discos.

Herrumbre y verdad

Como dos forajidos que se respetan, la admiración que se profesan roza lo místico. Para Waits, su colega es una figura que trasciende el tiempo: “Keith es un pirata, no hay otra forma de decirlo. Tiene una sabiduría que parece venir de antes de la invención de la electricidad”, asegura Tom en el documental Under the Influence. “Cuando Keith toca, no parece que esté haciendo música nueva, sino que está desenterrando algo que ya estaba ahí, algo antiguo y necesario; compartir un estudio con él es como sentarse al lado de una fogata en una cueva: te sentís seguro, pero sabés que algo salvaje está acechando en las sombras”.

Keith Richards, en una instantánea de 1976

Richards, que no es dado a los elogios gratuitos, responde con una calidez inusual. “Tom es un bicho raro, y lo digo como el mayor de los elogios que puedo dar. Es el único tipo que conozco que puede escribir una canción sobre un piano que ha sido arrojado por un acantilado y hacer que suene como la cosa más hermosa del mundo”, afirmó el guitarrista en el programa de radio de la BBC, Desert Island Discs. Para Keith, la conexión es de sangre y destino: “Somos como hermanos de otra madre, que se encontraron en un callejón oscuro a las tres de la mañana. Él me hace recordar por qué me enamoré de la música en primer lugar: por el ruido, por la emoción cruda y por esa maravillosa falta de reglas”.

Esta amistad nunca necesitó del marketing. Lo que los mantiene unidos es una ética que celebra el error humano sobre la precisión de la máquina. Cuando Keith Richards presentó a Tom Waits en el Salón de la Fama del Rock and Roll, en 2011, lo llamó con orgullo “el bardo de los marginados” (“The bard of the outsiders”). Waits, por su parte, aceptó el honor diciendo ante la audiencia que si el mundo fuera un lugar mínimamente justo, “Keith Richards sería el dueño de todas las estaciones de radio del planeta”.

Tom Waits, un viejo -y querido- pirata de la música

Hoy, aunque habitan realidades muy distintas —con Keith girando en jets privados y Tom recluido en su granja de California— se mantienen en contacto a través de métodos rústicos, como señales de humo. Se envían libros de poesía raros, discos de blues de 78 RPM, con esa cantidad enorme de estática y ruido de superficie y, de vez en cuando, vuelven a encerrarse en una habitación para grabar algo que suene a chatarra, a noche cerrada y a esa verdad innegociable que solo se encuentra cuando dos viejos piratas deciden que el resto del mundo está demasiado limpio para su gusto.

Discografía compartida

  1. Rain Dogs (1985-Tom Waits): Keith Richards participa en guitarras y coros en los temas “Big Black Mariah”, “Union Square” y “Blind Love”.
  2. Talk is Cheap (1988-Keith Richards): Tom Waits participa en coros en el tema “Sleep Tonight”.
  3. Bone Machine (1992-Tom Waits): colaboración en el tema “That Feel”, la única canción coescrita oficialmente por ambos. Keith aporta guitarra y voz.
  4.  Bad as Me (2011-Tom Waits): Keith Richards toca la guitarra en los temas “Chicago”, “Satisfied”, “Hell Broke Luce” y el tema homónimo “Bad as Me”.
  5. Vintage Vinos (2013-Keith Richards): inclusión de la colaboración “Satisfied”.
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